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Murió el Roña Castro: el recuerdo de su paso por La Plata, cuando desafió al público: “Si alguno se anima…”

De saco y corbata. El Roña y la foto de esa entrevista con EL DIA en 2002

Por Redacción

La muerte de Jorge “Locomotora” Castro invita a recuperar una de sus visitas a la región, cuando el excampeón mundial llegó a La Plata con una mezcla de boxeo, anécdotas desopilantes y promesas de espectáculo. En agosto de 2002, el Roña tenía un objetivo solidario en Ensenada, pero también se hizo tiempo para hablar de sus otras pasiones: el fútbol, los autos y, por supuesto, las peleas.

Con su sonrisa característica, el rostro curtido por los años de ring y un repertorio inagotable de historias, Castro se sentó a conversar con EL DIA. Tenía 34 años y seguía convencido de que todavía le quedaba mucho por hacer arriba del cuadrilátero.

Su visita tenía un motivo concreto: promocionar una exhibición boxística que se realizaría el 9 de agosto en la Casa de Cultura de Ensenada. La propuesta incluía siete combates preliminares, con la participación de boxeadores platenses, y un cierre a cargo del propio Locomotora, que prometía hacer guantes con distintas figuras del boxeo, entre ellas Marcelo Domínguez.

Pero el Roña no se conformaba con una exhibición entre profesionales. También quería involucrar al público. “Y si alguno del público se anima, lo hago subir y vemos qué pasa”, lanzó, fiel a ese estilo provocador que lo acompañó durante toda su carrera.

Contratapa del suplemento deportivo del jueves 1º de agosto de 2002

La velada tenía, además, un fin solidario: la entrada costaba cinco pesos y se pedía llevar un alimento no perecedero. Todo lo recaudado sería destinado a un hospital de la zona. Castro aprovechó la charla para remarcar que organizaba festivales desde hacía tiempo para ayudar a quienes más lo necesitaban.

Con la guardia alta y la cabeza en una revancha

Aunque la exhibición era el motivo de su paso por la región, Castro también habló de su carrera y dejó en claro que no pensaba retirarse. Por entonces, esperaba una respuesta del estadounidense Roy Jones Jr., a quien le había enviado una carta para proponerle una revancha.

Hasta había tenido que recurrir a una traducción al inglés para hacerle llegar el desafío. “Yo sé que algunos piensan que no le puedo ganar, pero yo no tengo que demostrar nada”, sostenía. Y enseguida apelaba a uno de los recuerdos más fuertes de su trayectoria: aquella pelea contra John David Jackson que logró resolver con una mano cuando parecía tener todo perdido.

A los 34 años, sin embargo, reconocía que ya no podía subirse al ring de cualquier manera. Quería rivales importantes y una buena bolsa. La experiencia le había enseñado que el boxeo exigía preparación y que cada combate debía valer la pena.

Del cuadrilátero a los fierros y la televisión

El personaje que llegó a La Plata era mucho más que un boxeador. Castro disfrutaba de la exposición mediática y sabía cómo convertir una conversación en una anécdota. En aquella entrevista también recordó el revuelo que había provocado una declaración televisiva sobre una supuesta relación con la vedette Alejandra Pradón. Entre risas, contó que había tenido que salir a desmentir sus dichos en distintos programas y que su mujer no se lo había tomado nada bien.

El fútbol era otra de sus debilidades. Hincha de Boca, había compartido la transmisión radial de un partido ante Nueva Chicago junto al periodista Alejandro Fantino, una experiencia que recordaba con entusiasmo.

Y estaban los autos. Castro tenía previsto acompañar a Eduardo Tálamo en una carrera de TC Pista y confesaba que su verdadera pasión era el Turismo Carretera. Incluso soñaba con armar un vehículo para competir. “Los fierros me vuelven loco”, resumía.

Una promesa para La Plata

Antes de despedirse, el Roña dejó una promesa para los platenses: aseguró que estaban organizando otro espectáculo en la ciudad y que pronto se conocerían la fecha y el lugar.

Aquella visita de 2002 retrató a un Castro en estado puro: desafiante arriba y abajo del ring, desenvuelto ante los micrófonos, apasionado por el automovilismo y dispuesto a aprovechar su popularidad para organizar una función a beneficio.

En Ensenada quería ofrecer una noche de boxeo y solidaridad. En La Plata, mientras tanto, dejó la puerta abierta para volver a hacer lo que mejor sabía: convocar al público y convertir cualquier aparición en un espectáculo.

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