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Un grial atemporal

Con el regreso de la dupla Marcelo Lombardero/Alejo Pérez a la lírica, el Teatro Colón cierra su temporada con esta controvertida obra de Richard Wagner

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9 de Diciembre de 2015 | 01:38

NicolAs Isasi

El Teatro Colón estrenó el viernes pasado la última ópera de la temporada. El reto fue traer al siglo XXI una ópera que siempre se presentó en Buenos Aires pero llevaba 29 años de ausencia en nuestro país. Una obra que asciende lentamente hasta el solo de arpa final, y que produjo fuertes controversias en el mundo operístico desde su mismísima creación.

La dirección musical estuvo a cargo de Alejo Pérez y la dirección escénica de Marcelo Lombardero. Ambos habían trabajado juntos en el Teatro Argentino con otras óperas wagnerianas. Luego de aquellos años, Pérez siguió su camino por el viejo continente afianzándose en el Teatro Real de Madrid y Lombardero continuó con varios trabajos de ópera independiente.

Parsi (puro) fal (loco), Parsival o Parzival es el nombre del protagonista en sus diversas obras homónimas, al igual que en esta ópera con libreto y partitura de Richard Wagner. El compositor alemán se basó en los poemas “Parzival” y “Titurel” del escritor medieval Wolfram von Eschenbach, para llevar a cabo el gigantesco proyecto que denominó Bühnenweihfestspiel (festival escénico sacro) que rondó por su cabeza entre 1865 y 1882, aunque la escritura definitiva de la obra fue a lo largo de los últimos 5 años. La ópera se estrenó el 26 de julio de 1882 en el Festival de Bayreuth en Alemania.

La propuesta estética y actoral de Lombardero fue efectista y logró su cometido en gran parte de la platea. Cabe aclarar esto porque la función duró más de 5 horas y para el primer intervalo ya se veían decenas de butacas vacías, aun tratándose del Gran Abono. Pero Wagner tenía esa desmesura al momento de sus composiciones, y su pensamiento al momento de la escritura correspondía a la idea de una obra de arte integral (gesamtkunstwerk) donde cada disciplina artística por separado se unía en un todo. Precisamente esa unión que pensaba Wagner desde el texto y la música debería tener una mirada que integre todas las partes. Y allí es donde la puesta de Lombardero intenta ser provocativa pero deja de lado ciertas cuestiones indisolubles del texto wagneriano.

El claro del bosque de Montsalvat, territorio de los Caballeros del Grial, está representado por una zona en los suburbios de una ciudad actual, con los muros destrozados y las letras del cartel de un hotel desvencijadas. Un poste de luz inclinado supone también la presencia de una cruz. Mientras que el segundo acto presenta una tarima elevada en el centro con proyecciones de gráficos digitales con números, letras, símbolos y alguna que otra imagen en azul. La imagen resulta casi una parodia de la película “X-men”, donde Klingsor ocupa el lugar del Profesor Xavier en la escena junto a Kundry.

El vestuario maneja la misma paleta de colores y queda perdido en la totalidad del escenario. Ningún personaje se destaca, salvo por sus intervenciones vocales. Lo que más llama la atención, y en un comienzo hasta preocupa, es la decisión de poner a estos personajes armados con grandes escopetas, implorando y orando ante la platea en unas semanas convulsionadas por los ataques terroristas ocurridos en un teatro parisino algunas semanas atrás.

El telón de boca servía de tamiz para diversas proyecciones. La primera mostraba un recorte exactamente igual de lo que se veía por detrás. En los siguientes actos tuvo otras participaciones importantes, pero sin dudas el mejor efecto fue a lo largo de la caminata en el primer acto, donde la proyección de frente y la trasera (back projection) se movían al ritmo de sus pasos.

La muerte del cisne es un elemento clave dentro de la obra, pero resulta extraño que aquellos que preguntan por su muerte son personajes armados que tienen a sus espaldas un par de cabezas de animales colgadas. Asimismo, Lombardero declaró antes del estreno: “Yo traté de eliminarle todo el componente religioso a la obra” aunque en realidad es algo innato dentro de la pieza porque trabaja sobre un romance medieval lleno de magia, filosofía y hace especial hincapié en cuestiones religiosas. No podemos olvidar que hasta el gran amigo de Wagner, el filósofo Friedrich Nietzsche, llegó a considerarlo un músico más de la decadencia y que su obra Parsifal, como escribió Daniel Gómez “le había parecido una retrogradación wagneriana en pos del cristianismo”. Lo que no se puede negar es el rasgo netamente religioso de la obra que, pensando en la eliminación de arias y recitativos clásicos de la ópera como género, Parsifal pareciera ser una especie de gran oratorio.

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