La sífilis alcanzó niveles récord en Argentina y los jóvenes aparecen en el centro de una tendencia que preocupa también en La Plata. Nunca hubo tanta información sobre las infecciones de transmisión sexual (ITS), tantas herramientas de prevención ni tantas posibilidades de acceder a un diagnóstico. Sin embargo, los contagios siguen creciendo.
Los números muestran la magnitud del fenómeno. Durante 2025 se notificaron 46.779 casos de sífilis en el país, la cifra más alta de toda la serie histórica y un 75,6% superior a la registrada apenas tres años antes, en 2022. El contraste es todavía mayor si se mira hacia atrás: en 1994 la tasa era de apenas 1,3 casos cada 100 mil habitantes y durante buena parte de los años siguientes los registros anuales se mantuvieron por debajo de los 10 mil casos.
Pero hay otro dato que acerca especialmente el problema a una ciudad universitaria como La Plata: el 76% de los casos corresponde a personas de entre 15 y 39 años y la mayor incidencia se registra entre los 20 y los 24 años.
Ese perfil etario se reproduce entre quienes llegan a realizarse los testeos gratuitos de VIH y sífilis que ofrece el Laboratorio de Salud Pública de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
Los primeros miércoles de cada mes se realizan allí entre 50 y 100 pruebas gratuitas, confidenciales y sin turno previo. Los resultados están disponibles en apenas 15 o 20 minutos y, según explica la bioquímica Rosana Toro, responsable del Centro de Asesoramiento, Prevención y Testeo, la mayoría de quienes se acercan son estudiantes universitarios, con un promedio de edad de 24 años.
La coincidencia entre ambas edades plantea una pregunta que atraviesa todo el fenómeno: ¿por qué las ITS aumentan precisamente entre generaciones que crecieron con mayor acceso a información sobre sexualidad y prevención?
MÁS TESTEOS, PERO TAMBIÉN MÁS EXPOSICIÓN
Para las especialistas de la UNLP consultadas, una parte del incremento puede explicarse porque hoy se testea más y existen mejores sistemas de notificación. Pero sería un error atribuir semejante crecimiento únicamente a una mayor capacidad para detectar los casos.
“La situación en Argentina es muy preocupante con respecto a la sífilis”, resume Silvia González Ayala, infectóloga e integrante del Consejo Asesor de Profesores Extraordinarios y Jubilados de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP.
Toro coincide. Reconoce que el aumento de los testeos permite descubrir infecciones que antes podían quedar fuera de las estadísticas, aunque aclara que eso no explica por sí solo lo que está sucediendo.
“Indudablemente existe una mayor exposición a los agentes de transmisión sexual”, sostiene.
González Ayala pone especialmente la mirada sobre la franja que va de los 15 a los 35 años y relaciona parte del problema con una percepción de cierta invulnerabilidad que puede resumirse en una frase: “A mí no me va a pasar”.
CUANDO EL MIEDO DEJÓ DE FUNCIONAR
Una de las explicaciones más fuertes aparece al comparar la situación actual con lo ocurrido durante las décadas de 1980 y 1990.
“Se ha perdido el miedo al sida”, sintetiza González Ayala.
Durante los primeros años de la epidemia, recibir un diagnóstico de VIH estaba estrechamente asociado con la muerte. Ese temor funcionó durante mucho tiempo como un poderoso incentivo para adoptar medidas de prevención.
La medicina modificó radicalmente aquel escenario. El VIH puede tratarse como una enfermedad crónica y una persona que recibe tratamiento y mantiene una carga viral indetectable no transmite el virus. Los avances representan uno de los grandes logros sanitarios de las últimas décadas, pero también modificaron la manera en que socialmente se percibe el riesgo.
“La prevención, que era un cuidado por miedo, ha quedado superada”, explica la infectóloga.
Eso también ayuda a entender otro fenómeno que los profesionales encuentran en los consultorios: personas que vuelven a contraer sífilis y se sorprenden porque ya habían atravesado la infección.
La sífilis puede curarse, pero haberla tenido no genera inmunidad. Una persona tratada puede volver a infectarse cada vez que se exponga nuevamente.
TENER INFORMACIÓN NO SIGNIFICA PODER CUIDARSE
Desde las ciencias sociales, Licia Pagnamento, profesora de Ciencias Sociales y Salud de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, propone ampliar la mirada.
No necesariamente desapareció la percepción del riesgo: cambió el riesgo que las personas perciben.
Si muchas ITS pueden tratarse y el VIH dejó de representar la sentencia que significaba hace cuatro décadas, las campañas construidas exclusivamente alrededor del miedo pierden efectividad. Y allí aparece una de las claves para comprender la aparente contradicción entre más información y más contagios.
Saber cómo prevenir una ITS no significa necesariamente poder trasladar ese conocimiento a una relación sexual concreta.
“Tal vez la información no alcance, sobre todo cuando están en juego la sexualidad y la forma de relacionarnos”, señala Toro.
Negociar el uso del preservativo, tomar decisiones autónomas o plantear determinadas condiciones supone la intervención de otra persona y, con ella, entran en juego el deseo, la confianza y las relaciones de poder.
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