Sergio Fabián Montero tenía 61 años y fue encontrado sin vida este miércoles en su casa. Durante décadas convirtió las calles 8 y 12 en su escenario, repartió sonrisas, hizo bromas, protagonizó fuertes cruces en la calle y se volvió parte del paisaje de la Ciudad. Detrás del maquillaje blanco y la quietud del personaje, sin embargo, había una historia de excesos, adicciones, pérdidas y una transformación que él mismo describía como una forma de salvarse.
En La Plata, alcanza con nombrar a Pachu para que aparezca la imagen de un hombre inmóvil, vestido para la ocasión, con el rostro y las manos pintados de blanco, convertido en estatua sobre una vereda del Centro. Está en los recuerdos de quienes caminaban por calle 8, en las tardes comerciales de calle 12, en marchas y en los actos públicos. Para algunos era una postal inevitable; para otros, una presencia capaz de arrancar una sonrisa, iniciar una conversación inesperada o provocar una respuesta incómoda.
Sergio Fabián Montero, conocido como Pachu, murió este miércoles a los 60 años. Fue encontrado sin vida en su casa, como informó en exclusiva EL DÍA. Su escenario era la calle, su público estaba de paso y su fama se alimentaba de encuentros fugaces que, con el tiempo, se convirtieron en parte de la memoria platense.
Pero detrás de La Estatua había mucho más que un hombre maquillado que permanecía quieto durante horas. Había un músico que aprendió a tocar el piano, un organizador de fiestas que supo moverse en la noche dorada de los años 80, un consumidor que perdió casi todo por la cocaína, un padre, un artista callejero, y un hombre que encontró en su propio personaje una manera de reconstruirse. También había un temperamento que no siempre pasaba inadvertido: Pachu hablaba, contestaba, hacía chistes y sus ocurrencias derivaban en polémicas con quienes se cruzaban con él. Estaban quienes pasaban y les dejaba un recuerdo de madera como también otros tantos que detestaban sus comentarios fuera de lugar.
En una entrevista que le concedió a El Día años atrás, Montero repasó los capítulos de una vida que parecía escrita con el mismo desorden con el que se movía por la ciudad: anécdotas desopilantes, momentos de oscuridad, recuerdos entrañables y una convicción que repetía como una declaración de principios. “La Estatua le ganó a ese ser maligno que era Pachuli”, dijo entonces, al explicar la distancia que había logrado construir con su pasado.
Un perfume, y qué perfume
Antes de convertirse en La Estatua, fue Pachuli. Y el apodo, como tantas cosas en su vida, nació de una travesura. En una entrevista mano a mano con EL DÍA, años atrás, contó cómo creció.
Tenía apenas 12 años cuando se coló en una fiesta del Club Universitario. Su hermano se había comprado un frasquito de perfume Pachuli (Patchuly, originalmente de la India) y el chico decidió utilizarlo sin demasiadas precauciones. Donde correspondía una gota, se puso una cantidad que terminó impregnándole el cuerpo y la ropa.
El aroma era tan intenso que llamó la atención del comisario de Gonnet, quien lo sacó del baile convencido de que detrás de semejante fragancia podía esconderse algo más que un perfume. En aquellos años, el olor quedó asociado, de manera equivocada, con la marihuana. Montero recordaba la escena con una mezcla de humor y asombro: lo revisaron en busca de drogas, pero no encontraron nada. La solución del policía fue tan sencilla como memorable: debía volver a su casa, bañarse y recién entonces regresar al baile. “Y ahí me quedó el apodo: Pachuli, Pachu”, contó.
Durante años, aquel sobrenombre acompañó a un joven que se internó en la noche platense cuando los boliches y las fiestas parecían ofrecer una promesa interminable. Pero el apodo que había nacido de una anécdota inocente acabaría ligado, en su propia narración, a uno de los períodos más duros de su vida.
En los años 80, Pachu encontró su lugar en el mundo de las fiestas. Fue organizador de eventos en una época en la que Metrópoli se había convertido en uno de los centros de la vida nocturna platense. Según recordaba, llegó a ganar el equivalente a unos mil dólares semanales, una cifra que para un joven de veintipocos años representaba una fortuna. Compraba motos, autos, tablas de windsurf y hasta tuvo la ocurrencia de cortar un Renault 4L por la mitad para convertirlo en una pieza promocional con palmeras.
Su paso por el Conservatorio Gilardo Gilardi y su habilidad con el piano alimentaban la idea de que podía construir un futuro ligado a la música. Pero la noche también tenía su costado más oscuro. En un pub llamado Sauvage, sobre la calle 49 entre 9 y 10, alguien le ofreció probar cocaína. Fue el comienzo de una caída que él mismo describió sin rodeos. “Esa vez probé la cocaína y no paré más hasta que perdí todo”, confesó.
En su relato, el dinero, los vehículos y hasta el piano terminaron consumidos por una adicción que lo alejó de la vida que había imaginado. Pasó por centros de rehabilitación, médicos y terapeutas, y debió reconstruirse en condiciones muy diferentes de aquellas en las que había conocido el "éxito nocturno".
“Pude haber sido un excelente músico y solo soy un artista callejero, pero no cualquiera”, decía con una mezcla de orgullo y arrepentimiento. En esa frase convivían la conciencia de lo que había perdido y la reivindicación de lo que había logrado construir después.
Así se transformó en "estatua"
El nacimiento de La Estatua ocurrió lejos de La Plata, durante los años 90, cuando la crisis económica y sus problemas personales lo llevaron a instalarse en Mar del Plata junto con su pareja, que estaba embarazada. Los primeros tiempos fueron difíciles: vivían en una pensión precaria y buscaban la manera de ganarse la vida en la calle.
Montero, reconocido hincha de Gimnasia, comenzó como artista callejero bajo el nombre de Valentín, el Muñeco Viviente. Trabajaba en las escalinatas de la Catedral, pero la falta de autorización municipal amenazó con dejarlo sin su principal fuente de ingresos. Desesperado, recurrió al entonces obispo, monseñor Arancedo, y le contó que era un adicto en recuperación, que iba a ser padre y que necesitaba un permiso para trabajar. El religioso le entregó una carta de recomendación y, según recordaba, el trámite municipal se resolvió en menos de una hora.
La calle, mientras tanto, le enseñaba a observar. Cerca de la Catedral vio trabajar a Daniela Bocaccio, una artista que hacía de estatua viviente. La miró y pensó que él también podía hacerlo. Un sacerdote le regaló dos túnicas blancas y, con pocos recursos, empezó a desarrollar el personaje que terminaría acompañándolo durante el resto de su vida.
Antes hubo otros experimentoss: uno de ellos fue La Fuente de los Deseos, una creación artesanal hecha con dos macetas y un aireador de pecera. La gente se acercaba, pedía un deseo y dejaba monedas. Pachu contaba que aquella idea le permitió mejorar su situación económica y abandonar la pensión para mudarse a un departamento.
Más tarde llegó el trabajo como maniquí viviente en las vidrieras de una cadena de indumentaria. La gente se amontonaba para verlo y las promociones comerciales comenzaron a multiplicarse. Llegaron contrataciones para eventos y nuevas oportunidades que le permitieron recuperar cierta estabilidad.
La Estatua había nacido casi por necesidad, pero terminó convirtiéndose en su marca personal. Para Montero, no se trataba simplemente de quedarse quieto frente a una vidriera: era una manera de hacer arte, relacionarse con la gente y, sobre todo, mantenerse lejos de una noche que consideraba peligrosa.
Calle 8 y calle 12
El regreso a La Plata llegó años después, tras nuevas dificultades económicas. La ciudad que lo había visto crecer se convirtió en el escenario definitivo de su transformación. Dejó atrás la vida de los boliches y empezó a construir una relación cotidiana con los comerciantes, los vecinos y quienes transitaban por el Centro.
Con el tiempo, su figura se volvió tan reconocible como las galerías comerciales y las veredas que recorría. En invierno, según contaba, trabajaba desde las 8.30 hasta el mediodía en la puerta de la Galería Rivadavia, sobre calle 8. En primavera y verano, alternaba entre calle 12 y calle 8, con jornadas que podían extenderse hasta la noche.
El maquillaje tampoco tenía grandes secretos: crema, óxido de zinc, vaselina y talco eran parte de la preparación para lograr el aspecto blanco que lo distinguía. Detrás de esa apariencia había horas de trabajo, una rutina y la necesidad de generar ingresos suficientes para sostenerse.
Las estatuas, en teoría, no hablan. Él, en cambio, hacía comentarios -varios polémicos-, contaba chistes, regalaba pequeñas estrellas, maderitas y chupetines, saludaba a los chicos y buscaba provocar alguna reacción en quienes pasaban. Esa espontaneidad fue una de las claves de su popularidad, pero también una fuente de roces.
En la entrevista con EL DÍA de 2022, reconocía que había personas que no lo querían y atribuía parte de ese rechazo a sus propios errores. Admitía que algunos chistes podían molestar o interpretarse de una manera diferente a la que había pretendido. Su personalidad frontal, su tendencia a responder y sus ocurrencias callejeras formaban parte de un personaje que no siempre resultaba cómodo para todos.
Sabía que debía medir sus palabras, pero entendía que el humor y la conversación eran parte de su manera de trabajar. Su personaje no consistía solamente en permanecer inmóvil: necesitaba del vínculo con la gente, de esa interacción imprevisible que hacía que algunos se detuvieran a conversar y otros siguieran de largo. Desde ya hace varios meses que no se lo veía, y además la muerte de su hija Abril (25) en 2024 lo hundió.
¿Estatua concejal?
Participaba en movilizaciones y actos públicos, donde su figura adquirió otro significado. La Estatua dejó de ser exclusivamente una atracción comercial para convertirse en una presencia reconocible en reclamos de justicia y causas sociales. Su imagen aparecía en fotografías de acontecimientos ciudadanos, mezclada entre pancartas, manifestantes y curiosos. Para 2019 se postuló para concejal.
Montero tenía, además, una veta política. Se definía como peronista, había intentado organizar a los artistas callejeros y mantenía contactos con dirigentes de distintos espacios. En la entrevista contaba que utilizaba esas relaciones para transmitir reclamos de vecinos, advertir sobre problemas barriales y pedir soluciones para cuestiones cotidianas. También defendía la recuperación de la calle 8 como paseo comercial y proponía más espacio para los artistas callejeros y las actividades culturales.
Su ambición no pasaba por abandonar la vereda para convertirse en una celebridad televisiva. De hecho, era crítico de la televisión y de las dificultades que, según él, encontraba para cobrar por sus trabajos. Recordaba, sin embargo, sus participaciones en el histórico programa de Mauro Viale y una broma que terminó con la intervención policial y 48 horas detenido en la comisaría Primera. Había anunciado una entrevista con un supuesto asesino a sueldo, filmada de espaldas, y la puesta en escena terminó provocando una reacción que no había calculado.
Esa combinación de picardía, audacia y falta de filtros atravesaba sus historias. También la anécdota de una serenata en City Bell durante la dictadura, cuando fue con un amigo y un grupo de músicos a cantarle a una joven sin saber, o sin medir, que era hija de un general del Ejército. O el episodio en Mar del Plata en el que consiguió entrar a una playa privada haciéndose pasar por el hijo de un empresario de los medios, hasta que Moria Casán descubrió el engaño y terminó riéndose de la situación.
En el plano familiar, Montero hablaba de sus tres hijos y de los vínculos construidos a lo largo de distintas etapas de su vida, aunque en una infancia muy complicada para ellos. Reconocía las distancias y los "desencuentros", pero reivindicaba a su familia como una parte esencial de su historia. Su trabajo callejero le permitía vivir con ingresos ajustados y, cuando podía, ayudar económicamente a su hija que residía en Ecuador.
En el fondo, la transformación que más le importaba no era la que se veía en el espejo después de aplicarse el maquillaje. Era la que le había permitido encontrar un modo de vivir sin regresar a los ambientes que asociaba con la adicción.
“La calle enseña pero no educa”, había advertido al recordar sus años de excesos. En esa "escuela" informal había encontrado oportunidades, amistades y un oficio; también le costaron años de reconstrucción. Hoy, a sus 61 años, decidió terminar con su vida.
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