Para ganar un Mundial, o para competir en una Copa del Mundo, conviven múltiples recetas. Hay selecciones que ganan el primer partido, entran en confianza y, salvo algún empate o derrota aisladas, ya no se detienen hasta el título, como los casos de Argentina en 1978 o en México 1986.
También hay quienes hacen de un golpe en su debut un juramento: toman el resto de los partidos como finales. Lo hizo Argentina en Qatar 2022 tras el golpe contra Arabia Saudita y, también, España en 2010 tras el estreno con derrota frente a Suiza.
Incluso el caso de Italia en 1982 es aún más insólito: pasó la primera fase con tres empates seguidos, ante Polonia, Perú y Camerún, y luego se consagró campeón con tres victorias ante Brasil, Argentina y Alemania. En definitiva, lo importante en los Mundiales no es cómo se empieza sino cómo se termina.
Qatar 2022 también dejó una enseñanza similar: que los equipos tienen vida biológica en los Mundiales y se arman en la competición.
En orden cronológico, primero sorprendió el baile con el que Estados Unidos sometió el sábado a Paraguay. El equipo de Pochettino fluyó en ataque y le llegó por todos lados al de Gustavo Alfaro, con Folarin Balogun y Christian Pulisic como figuras.
El martes, Argentina debutó a l a altura de un campeón y Lionel Messi se superó a sí mismo, lo que también es una definición: a Messi sólo le puede ganar Messi y contra Argelia lo hizo. El 3-0 tal vez haya sido un poco exagerado pero Argentina demostró que sabe dominar los partidos aún sin la pelota.
El miércoles fue el turno de una gran Inglaterra, que le convirtió cuatro goles a Croacia pero podrían haber sido más: el equipo de Thomas Tüchel y Harry Kane estuvo a la altura de las expectativas de una selección que siempre amaga y nunca concreta. La mayor goleada estuvo a cargo de Alemania, aunque la debilidad del rival, Curazao, obliga a un asterisco. Francia demostró la potencia de su delantera ante Senegal y se mantiene como favorito, pero en la primera fecha se esperaba más.
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