14 de Noviembre de 1999 | 00:00
NOTA II
"Buenos muchachos". Así -como la protagonizada por Robert De Niro- debería llamarse cualquier película que se intentara sobre la historia de José Luis Salas y su grupo más antiguo y conocido de comisionistas. Es que así los definen -en especial al dueño de la mesa de dinero- todos los que los conocieron, amigos, vecinos, familiares pero también, llamativamente, sus clientes, los que por estos días se desesperan por sus ahorros, desaparecidos del mapa desde la muerte de Salas.
Buen tipo, buena persona, encantador, serio, sencillo, amable, campechano... aunque reservado. Estos calificativos se repitieron decenas de veces en las charlas mantenidas con diversas fuentes en busca de datos y descripciones de José Luis, el hombre que llegó a tener más de 2.000 clientes que le confiaron, en conjunto y de acuerdo a estimaciones divergentes, entre 50 y 100 millones de dólares a lo largo de los últimos siete años. También la vida austera que llevaba, sin grandes lujos ni ostentaciones, fue una constante en la mayoría de los relatos.
Sin embargo, la investigación de EL DIA permitió encontrar datos -conocidos por pocos y confesados por menos- que hablan de un Salas protagonista de festejos caros, con algún sesgo inusual, y de frecuentes viajes de placer a paraísos lejanos. El turismo en lugares cuya sola mención se asocia con doradas playas, la "marcha" y la diversión sin descanso era también la pasión de varios comisionistas. De hecho, la pasión era tan compartida que en ocasiones se juntaban en grupos de tres o cuatro para hacer esos viajes.
Así lo contó uno de los comisionistas, Pablo Villanueva ante la Justicia: "Salas hizo uno de sus viajes a Europa con Jorge Suárez (otro de los buscadores de clientes) y la hermana de Tiscornia (otro comisionista). También fue al Caribe con un amigo que además era cliente y varias veces a Colombia, a visitar a Pablo Rafaelli (un amigo de la adolescencia que vivió varios años en ese país aunque luego volvió a La Plata y se hizo comisionista). A su vez, Suárez, Etcheverry y otros comisionistas solían ir juntos a Brasil y Marbella". Los viajes que Salas hacía exclusivamente con su familia eran los que realizaba en cada Semana Santa al Vaticano.
Es que José Luis y el "grupo chico" de comisionistas funcionaba como una barra de amigos. Se juntaban para los cumpleaños, para comer asados, para tomar café, para -como se dijo- irse de vacaciones al exterior. Para charlar de la vida. Los comisionistas entrevistados para esta investigación aseguran que, sin embargo, ese nivel de confianza no daba para que hablaran "de trabajo", del negocio. Juran que Salas mantenía todo en un gran misterio.
De hecho, funcionaban como un grupo. Varios se conocían desde muy jóvenes -tienen actualmente entre 35 y 40 años promedio- y cada uno era amigo o por lo menos muy conocido de alguno de ellos; relación que, justamente, les permitía ingresar al círculo áulico.
Los datos disponibles hablan, en fin, de una barra de muchachos de barrio que -confiesan- años atrás nunca hubieran imaginado llegar a manejar la plata grande que supieron tener entre manos.
El aporte de Villanueva ante el fiscal de la causa menciona como parte de ese grupo chico de comisionistas a Claudio Manosio, Raúl Matías, René Miranda, Manasero, Jorge Suárez, Luciano Tiscornia, Etcheverry, Julio Borelli y Pablo Rafaelli. Orestes Borelli montó la informatización de la mesa de dinero hace unos dos años e integraba el círculo de confianza.
Tiscornia era vecino de Salas y a su vez amigo de Villanueva. Rafaelli había cursado la secundaria en el Nacional con Salas y éste era padrino de una de sus hijas. Orestes y Julio Borelli son hermanos y a éste último Salas le vendió su casa. Un año atrás se incorporó Jorge Giacomelli, cuñado de Salas, aunque no parecían tener una relación previa muy estrecha.
Era gente joven, emprendedora, con sueños de yuppies, de inversiones y regatas, en busca de un negocio con poco esfuerzo. Tipos con labia, entradores, que manejaban a la perfección la jerga del management.
José Luis los bancaba con una fe casi ciega. Pero aseguran que su madre, Doña Amira, desconfiaba. No le gustaba la excesiva amabilidad de algunos, las preocupaciones de su hijo. Al fin de cuentas, lo que ella tanto admiraba -perfil bajo, moderación en la conducta- con su hijo lo lograba, pero no con los amigos.
Con mayor o menor suerte económica, todos pertenecían a la clase media. Según el testimonio de Villanueva (un técnico electromecánico que ejercía la docencia en un instituto de discapacitados antes de entrar a la mesa), Manasero es odontólogo; Etcheverry, contador y Rafaelli, ingeniero. Miranda, en cambio -que se suicidó en el Bosque, de un tiro, el mismo día que se enteró que José Luis se había matado- trabajaba de remisero y estaba en una situación económica extremadamente crítica cuando Salas le ofreció trabajo. "Por eso -contó Villanueva-, René lo veneraba a José Luis, lo consideraba un padre".
La confianza, sin embargo, no alcanzaba para que Salas les presentara a un comisionista con el que los había comenzado a "correr" últimamente, poniéndolo como "modelo" porque traía "mucha plata" a la mesa. Les decía que se llamaba Pérez Irigoyen y que era funcionario de la SIDE.
Un dato saliente de la historia de este grupo es que varios comisionistas empezaron como clientes de Salas, confiándole sus ahorros y luego José Luis les propuso que se ocuparan de conseguir nuevos inversores. Les pagaba en general entre el 1% y el 1,5%, pero en verdad no había pautas fijas. Salas establecía la comisión por cada operación y para cada comisionista, según su exclusivo criterio.
"Y el pago que él fijaba no se discutía. Tenía una personalidad fuerte. 'Soy un patrón de campo a la paraguaya' decía para definir su manejo absolutista del poder", cuenta Villanueva.
En rigor, todos los clientes de Salas funcionaban en la práctica como comisionistas, si se tiene en cuenta que después del primer vencimiento de sus depósitos, si querían que se les mantuviera la tasa inicial, tenían que 'acercar' un nuevo inversor; de lo contrario, se les pagaba una tasa menor. Y ese mecanismo constituyó, en verdad, uno de los pilares más sólidos del sistema montado por José Luis.
Pero, claro, esos ahorristas no se sentían ni eran considerados comisionistas. Los del grupo áulico llegaron a tener hasta 400 clientes cada uno (no podían tener menos de 40) que colocaban ahorros que iban desde los 10.000 dólares hasta el millón.
La mencionada "sencillez" de Salas, su falta de ostentación, rendía frutos. Consolidaba la necesaria imagen de confiable que supo cultivar ante los clientes. Nadie hubiera imaginado que en estos años había incorporado a su patrimonio unos 16 inmuebles (aunque, y esto debe quedar claro, sus valores no expliquen ni remotamente el dinero de los ahorristas sepultado ahora en el mayor de los misterios).
Varios de los comisionistas, en notoria oposición a Salas, no ocultaron su enriquecimiento, medido en costosas casas nuevas, ropas de marcas exclusivas y varios autos importados tan llamativos como caros. Como se contó en la nota anterior, los vecinos de uno de ellos contabilizan un Porsche que deslumbraría al menos consumista de los mortales y otros cinco vehículos importados, cada uno valuado en torno de los 100.000 dólares.
Vestía habitualmente bombachas de campo y camperas. Se declaraba tradicionalista, amante de "todo lo que tenga que ver con la vida de campo". Y exhibía esa pasión. En el escritorio que había montado en casa de su madre tenía más de 50 mates y una excelente colección de platería criolla. Sus amigos sabían que tenía 120 cintos "gauchescos". Sus conversaciones con los clientes pasaban por esos temas. ¿Era una pose? Lo cierto es que de los relatos de sus clientes surge que muchos de ellos relacionaron siempre esa afición con la condición de "buen tipo, sencillo y confiable", que le asignaban.
* *
Uno de sus amigos-comisionistas recordó para esta investigación una noche de fiesta. Los últimos ingresos a la mesa de dinero daban para celebrar. Buenos Aires, Recoleta, Las Cañitas, después La Plata y un reparador sauna con baño turco en la zona de Plaza Rocha. Champán sin pizza a las cuatro de la madrugada entre las turbulencias tibias del hidromasaje. No había estado solo: sus siete "apóstoles", como les solía decir, lo habían acompañado.
En esas reuniones, dicen, José se convertía en otro hombre: dejaba de ser el tipo austero que todos conocían. "Yo invito", decía siempre, y sonreía cuando en una sola noche se le iban decenas de billetes violetas en tragos, buenas comidas y placeres que compartía con sus amigos.
"Los gustos hay que dárselos en vida, varón", solía decir. Y él se los daba. Eso sí: siempre entre cuatro paredes, en reuniones secretas o, a veces, en la intimidad de su familia. Para el mundo exterior, él nunca dejó de ser el financista sobrio y bonachón que Doña Amira Rosa Berreiro había sabido criar.
* * *
Con sus amigos más íntimos -se contó en la nota anterior- Salas solía hablar admirativamente del Vaticano como síntesis perfecta de la espiritualidad más elevada y el poder más terrenal, el económico". Y le gustaba hacer menciones a la Biblia.
"Esas cosas", como las recuerda uno de sus amigos, eran fruto de una educación religiosa que recibió en su casa de la calle 2, donde vivió hasta grande con su hermana Cecilia y su madre Amira Rosa Barreiro, una odontóloga viuda que años después de jubilarse empezaría a mirar con malos ojos las "juntas" y las reuniones misteriosas de su hijo, "el negrito", como a veces le decía.
Había estudiado en el Colegio Nacional y ya con el título de martillero bajo el brazo conoció a Gabriela Giacomelli, su esposa y la madre de sus dos hijos, María del Rosario (3) y Octavio (1).
"A Gabriela la conoció en el barrio. Ella vivía en 60 entre 5 y 6 y se cruzaban seguido. Al principio se los veía muy enamorados", recuerda un amigo de la familia. A comienzos de los 90, cuando la financiera empezaba a dar sus primeros pasos, el noviazgo terminó en casamiento y la pareja se fue de luna de miel a Roma, una ciudad a la que José solía llamar su "segunda casa".
Pero no todas fueron rosas para el matrimonio Salas. Los primeros cinco años fueron duros. No tanto por el nivel económico, que para ese entonces ya se tuteaba con el bienestar, sino por los deseos frustrados de la pareja: José quería ser padre y no podía.
"Nos decía que era por cuestiones psicológicas, que ya iba a pasar. Pero estaba preocupado. Aunque lo disimulara, se sentía muy frustrado", cuenta un amigo, y agrega: "Lo que más deseaba en el mundo era tener un hijo. Se moría de ganas de ser padre. José al suyo no lo había podido disfrutar, porque se murió cuando él era chico, y siempre nos contaba que quería tener muchos pibes para poder ser un gran padre".
Finalmente el deseo se concretó: corría el año 96 y Gabriela dio a luz a María del Rosario. "El nombre fue en agradecimiento a la Virgen. Ellos rezaron mucho para poder ser padres", cuenta una vieja amiga de Amira Barreiro.
"Siempre fue una familia que sufrió mucho -agrega la amiga-. Primero fue lo de Cecilia, que nació con síndrome de Down, y después lo del padre de José Luis, que murió por un tumor cerebral. Para ellos fue muy duro".
Cuando nació su hija, José Luis dejó un poco de lado las actividades en la financiera y se volcó de lleno a la vida en familia. En esa época se pasaba mucho tiempo en el campo. Viajaba a Entre Ríos, donde tenía una casa, y ahí se iba a pescar o se pasaba las tardes curando carpinchos. Eso le encantaba.
Pocos datos de esa parte de la historia encajan con las características de un hombre que hubiera montado una "mentira" gigantesca, como pretenden algunos, un mecanismo en el que la plata ajena no se reciclaba. Del recuento de la vida de Salas que hacen sus amigos surge que él tenía plena confianza en que "la cosa" iba a funcionar en forma infinita. Como si existieran inversiones o colocaciones del dinero en terceros, que rendirían sus frutos.
¿Era un castillo de naipes? ¿O acaso Salas fue a su vez engañado por un falso empresario que prometía fabulosas ganancias? Ya se ha dicho aquí. Es difícil creer que alguien organizara semejante operación como un salto al vacío para el que no preparaba ninguna red. El suicidio de Salas parece marcar un final imprevisto, acaso la imposibilidad de enfrentar un fracaso. Y el dinero no puede haberse evaporado ni desaparecido en el momento del suicidio.
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