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ALEJANDRA LIBENSON (*)
Es sabido que ha ocurrido la muerte de un joven llamado Fernando. El relato público dice que inicialmente hubo señales de que algo no estaba del todo bien, dentro del lugar bailable, en la costa de Argentina, donde estaban los jóvenes.
Pese a que se supone que había adultos monitoreando lo que sucedía entre dos grupos de jóvenes, la respuesta fue la de expulsar con fuerza física a la calle la situación, lo que llamaríamos el “problema” y desentenderse.
Fuera del boliche, más tarde, en un ataque descarnado mataron a Fernando. Un golpe en la cabeza con una fuerza descomunal, provocó su muerte producto de una gran alevosía.
Al tratarse de un delito, quienes hayan sido materialmente los autores, deberán asumir las consecuencias. ¿Pero quiénes somos los responsables primarios? Nosotros, los adultos como sociedad. ¿Se podría haber evitado? Surgen muchas preguntas.
Lo cierto es que para que se llegue a una situación tan grave, algo se nos perdió en el camino. La mirada, el acompañamiento, la comunicación, el cómo transmitimos y educamos en valores en el interior de las familias.
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Ya desde los primeros aprendizajes se arman las matrices para los futuros comportamientos fuera de casa. Son el antídoto para tanto descontrol. Las instituciones, los padres, madres y cuidadores, les debemos a los niños-niñas y adolescentes el derecho a ser protegidos, desde un lugar de autoridad confiable, como transmisores de derechos y responsabilidades.
Y no se trata de ejercer poder bajo amenazas de premios y castigos, sino de darles herramientas para que luego puedan manejarse solos en la vida, conociendo sus propios límites y pudiendo decir: ¡Hasta aquí llego!
Así, se van armando las normas y los límites en el interior de las familias, la tolerancia a la frustración, y el poder medir las consecuencias de los actos propios.
Sin esta construcción del no, se replican ciertos modelos de impunidad, de masculinidad entendida como el ejercicio de poder y de sometimiento.
Entonces, ¿qué lugar se le estaría dando al amor y al respeto en las prácticas de crianza, especialmente en la educación de los varones? Además, creo que, también falló el ejercicio por parte del Estado de su rol de protector, y garante de que se cumplan ciertas normas y prohibiciones.
Sin estos diques y soportes de prevención y protección, los dejamos totalmente expuestos y desamparados. Vemos niños devenidos en adolescentes, sometidos también al gran grado de alcohol que circula indiscriminadamente, levantando ciertas barreras que hacen que el impulso no se detenga y se magnifique el nivel de agresión en grupos con líderes negativos que ya previamente poseen cierta violencia.
Algunos jóvenes, en grupos, potencian estos aspectos agresivos personales; y en muchos casos, si no se demuestran, los dejan afuera: si no los seguís, no pertencés y no sos aceptado. ¿Dejan de ser quienes son, para ser aceptados incluso a costa de sí mismos y su propia voluntad?
En tanto, si pensamos en los grupos deportivos como los rugbiers, habría que preguntarse qué tienen de especial, quiénes los conforman. Cómo se capacitan y se hacen cargo de su fuerza, qué valores sustentan, cuáles son los ideales que componen su mística. Y si tienen registro de cierto grado de agresividad propia de la práctica deportiva, ¿pueden diferenciarla del mundo real sin el uso de la violencia? ¿Qué lugar le dan al valor de la hermandad y amistad?
¿Cómo se les enseña el auto control y la toma de conciencia de su esquema corporal y el manejo de su poder físico? ¿Existen pactos de silencio incluso ante situaciones de tanta gravedad?
Mas y más preguntas.
¿Qué tenemos qué ver nosotros los adultos entonces? Todo. Ellos no pudieron manejar sus fuerzas, aceptar las diferencias y no confrontar desde el odio.
Me dedico hace más de 25 años a la crianza y considero que es necesario hablar de estos temas. Por eso estas líneas y la necesidad de comunicar al respecto. Revisar nuestras prácticas de crianza será una de las claves y reconocer las propias violencias también es un gran desafío.
(*) Psicóloga psicopedagoga.
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