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Policiales |Ocurrió en nuestra ciudad
El Porra, la historia nunca contada detrás de Los Pitufos

Un amor venenoso, un camino equivocado, un hampón de novela que transitó las calles platenses con toda la policía detrás. “Fue el Gordo Valor de La Plata, no hay duda”

El Porra, la historia nunca contada detrás de Los Pitufos

MIGUEL ANGEL DA COSTA, "EL PORRA"

Hipólito Sanzone

Por: Hipólito Sanzone
hsanzone@eldia.com

25 de Octubre de 2020 | 02:59
Edición impresa

- Por favor, señor no me viole.

- ¿Qué esta diciendo? No me ofenda. Yo no soy violador. Tengo una linda mujer, no tengo por qué andar violando a nadie, señora.

- ¿Y entonces para qué quiere que me saque la ropa?

- Porque necesito tiempo para escapar y calculo que usted no va a salir desnuda a la calle a llamar a la policía.

- Bueno, entonces encierremé en el bañito de acá atrás.

- Señora, ese baño no tiene llave. Cuando usted fue; yo fui y vine dos veces. Desnúdese tranquila que yo me doy vuelta, no la voy a mirar.

Así era el Porra, Miguel Ángel Da Costa. Así lo pintan algunos de aquellos detectives de la Brigada de Investigaciones de La Plata que lo perseguían día y noche. Y avala el relato una de sus hermanas, que a más de 30 años de su muerte bajo el fuego policial lo sigue llorando.

“Ladrón, sí, pero asesino y violador no. Se dijeron muchas mentiras sobre él porque la policía lo odiaba y algunos hasta lo mandaban a robar. Y en la cárcel lo marcaron como el jefe de Los Pitufos, pero él ahí solo se hacía respetar para que no lo mataran”.

Para el Servicio Penitenciario Da Costa Gadea fue uno de los líderes de Los Pitufos, aquella banda que llegó a tener el control casi total de la cárcel de Olmos y que protagonizó una fuga de película por un túnel que nacía en una de las celdas y terminaba en la capilla del penal.

MENSAJES EN LOS PARABRISAS

Pero mucho antes todo aquello, el Porra ya había escrito su propia película como un delincuente “pesado” pero de especiales características. Trataba de “usted” a sus víctimas y odiaba a la policía tanto como la policía a él, al punto que en una de las tantas épocas en que anduvo prófugo, dejaba mensajes de burla en los parabrisas que, vaya a saber cómo, sabía que eran de los autos “no identificables” que usaban los que lo andaban buscando.

En esa inmobiliaria de la calle 49 entre 9 y 10 la policía encontró a la empleada desnuda, tapándose apenas con una toalla de cara que había en ese bañito que el Porra advirtió que no tenía llave. A la víctima le preguntaron decenas de veces lo mismo y siempre obtuvieron la misma respuesta: “No me tocó un pelo, se llevó la ropa porque decía que yo no iba a salir a la calle desnuda a pedir ayuda”, repetiría la mujer, temblando del susto y de la impresión.

En el amanecer de los 80, el Porra tenía en sus talones a lo más “operativo” de la policía de La Plata, incluyendo a un oficial llegado del conurbano con fama de bravo y al que años después la historia de los desencuentros (por llamarlos de alguna manera) entre policías y hampones le reservaría dos capítulos clave. Uno, conocido como La Masacre de Andreani y el otro, por haber sido el que le puso los ganchos a Luis Alberto Valor, alias El Gordo. Una leyenda. Ese oficial flaco y alto; de ojos achinados, humor ácido y siempre vestido con ropa de buena calidad, sería duramente criticado en los filosos 90, los tiempos de la llamada Maldita Policía. Era ni más ni menos que Mario “el Chorizo” Rodríguez que a pesar de sus diplomas, en La Plata no podría con El Porra.

LA Semillería DE 19 Y 54

Comercios, distribuidoras, inmobiliarias y hasta un camión blindado figuran en la lista de hechos que le dieron fama. Y entre ellos, una fijación: la semillería que funcionaba en la esquina de 19 y 54. El dueño había perdido la cuenta de las veces en que el Porra lo había sorprendido, con un 38 caño largo en mano, para llevarse la plata de la caja.

“Fue otra vez ese pendejo, encima se hace el educado, me trata de usted”, se quejaba el hombre cada vez que iba a la comisaría a poner una denuncia nueva.

A la fuga de Olmos con los otros jefes pitufos, cinematográfica como todas las fugas, le agregaban a su prontuario otras dos, incluyendo una de la comisaría Octava de la que sin embargo no hay registros.

La del Porra, podría decirse que es una historia de manual, de las tantas de las que uno no se explica cómo es que un pibe de buena familia, de gente laburadora, con un padre honesto, una madre buena como el pan y dos hermanas para las que era su debilidad, termina convertido en hampón.

¿La droga? Por aquellos años existía pero todavía no había clavado sus garras infectas en esa parte del tejido social más débil, donde más daño haría y sigue haciendo. El Porra ni siquiera fumaba, aseguran, y le tenía temor y respeto a “la noche”. Cuentan que después de cada golpe, cuando sabía que media policía le andaba atrás, se encerraba y no salía. Y cuando agonizaba de tanto aburrimiento se descosía los botones de la ropa y se los volvía a coser, para ocupar las manos y la mente en algo que hiciera menos ruido que un televisor.

Sus hermanas jugaron en su vida un importante papel. Pero no les alcanzó para cambiar la historia. Le daban plata, le compraban ropa con la esperanza de que “sin necesidades”, el Porra no volviese a robar. Puede decirse que el hombre tuvo a su alcance el cuaderno para escribirse otro destino. Pero ya se sabe que esas cuestiones no son una ciencia exacta y hasta quien sabe no dependan de uno mismo. No tuvo hijos el Porra, aunque algunos cuentan que una vez admitió que era padre de un varón “igualito” a él pero nunca nadie pudo verlo.

A LOS 14, SU PRIMERA GRAN MACANA

Al Porra lo reconocían con facilidad, por su aspecto, su cabellera y sus modales y por la rara forma de empuñar el arma, casi siempre un 38 largo. Cada vez que la policía entrevistaba a una víctima de asalto, se encontraba con el mismo dato: “Me apuntó con el revólver pero lo puso al revés, lo torció a la derecha hasta dejarlo casi con el gatillo hacia arriba”, decían.

En la calle, por prudencia caminaba mirando el piso, salvo en Ensenada y en Barrio Monasterio donde lo saludaban y saludaba. Y se abrochaba la camisa hasta el último botón, con las mangas extendidas aún en pleno verano para no mostrar las marcas tumberas.

Su primera gran macana se la mandó antes de cumplir 14 cuando en una guerra de gomerazos le sacó un ojo a un vecino. Fue en una placita, a una cuadra de la cancha de Defensores de Cambaceres donde jugaba a treparse al mástil y enseñar boxeo a los pibes más chicos. Fanático del Lobo, cuentan que en esa hinchada brava también eligió mal y se quedó con los compañeros peores, con los chorros. Y con ellos empezó a robar hasta que cayó “de menor” en el Instituto Almafuerte.

Cuentan que de ahí se escapaba noche por medio y que su propio padre lo llevaba de vuelta, de una oreja, ilusionado el pobre hombre en que ese sistema pudiese rescatar a su hijo. Pero la realidad sería muy otra y en ese instituto no haría más hundirse más profundo en el barro del delito.

El Porra o “Miguelito” había nacido en Punta Indio, en el barrio Comandante Espora al costado de la Base de la Armada. Por cuestiones de salud de una hermana, su padre, que era personal civil logró el pase al Hospital Naval, en El Dique y la familia se asentó en Ensenada, en una casita a una cuadra de la cancha de Defensores de Cambaceres.

“No sé qué querés saber, lo único que te digo es que era un excelente hermano al que extraño con el alma y no pude disfrutar mucho. Que nos pasamos la vida yendo a verlo a la Unidad 9, a Olmos, Devoto, Caseros, la Alcaldía de Neuquén, Sierra Chica, otra vez Devoto y Olmos. Se bancaba tremendas palizas, se hacía tajos en los brazos y el pecho para que lo llevaran a la enfermería y así poder descansar un poco pero nunca fue sapo, ni violador, ni asesino”, repite una de sus hermanas, en medio del doloroso recuerdo y la impotencia que les queda por no haberlo salvado, por no haber podido convencerlo que, como decía su madre, “no tenía necesidad” de mancharse en el barrial del delito. Impotencia por no haber podido hacerle entender que aunque a él no le pareciera, había otra vida, una mejor.

EL TIROTEO DE 72 Y 135

A la fuga de Olmos con los otros jefes pitufos, de Netflix como todas las fugas, le agregaban a su prontuario otras dos, incluyendo una de la comisaría Octava de la que sin embargo no hay registros.

Y tiroteos, varios. Entre ellos uno muy recordado en 72 y 135, cuando una batida policial lo emboscó en la casa de su amigo “El Beto Erre”, otro activo hampón de la época con el que solía hacer algunos “trabajos”. No falta quien, a más de 35 años de todo aquello, sigue sospechando que fue el Beto quien lo sapeó.

Esa tarde haría su bautismo de fuego un joven detective de la Brigada platense y el Porra recibiría un tiro a la altura de la ingle, herida con la que, sin embargo, lograría fugarse de la encerrona, operativos que la policía daba en llamar “ratoneras”.

El Porra siempre había tenido a su lado lindas mujeres. Alcira, entre ellas, fue su perdición

Ese balazo tiene una historia porque nunca se supo cómo hizo el Porra para sobrevivir y curar esa herida sin dejar rastros en ningún hospital. Varios años después, cuando le hicieron la autopsia a poco de haber sido abatido, uno de los forenses extrajo de su cuerpo esa misteriosa bala vieja clavada en uno de los huesos de la pelvis.

De aquel tiroteo en la calle 72 al Porra le quedaría una factura impaga que creyó cobrar tiempo después, cuando detectives de la Brigada La Plata lo llevaban detenido y creyó reconocer entre ellos al que le había metido el tiro. En un descuido le pegó un cabezazo que le partió el arco de una ceja. El Porra creía haberle pegado a “Jota Ele”, uno de aquellos sabuesos que lo perseguían cuando en realidad el golpe lo había recibido otro oficial, que también era José Luis y con el que su tirador tenía algún parecido físico.

Fugas y escondites inverosímiles hay en los archivos del Porra. Como cuando llegó a aguantarse en casa de un suboficial del Ejército, en Campo de Mayo. Cuando la policía de La Plata fue a buscarlo, el jefe de aquella guarnición militar decía que no podía ser, que estaban locos. Y no, no lo estaban.

Entre los golpes que se le atribuyen figuran algunos que conformaron gruesos botines, que con ellos llegó a comprar una casa y que más de una vez estuvo a punto de cruzar por tierra esa siempre débil frontera con el Paraguay para irse en busca de una nueva vida o, acaso, seguir con la vieja pero en otro escenario sin tanto riesgo. Pero cuando estaba por hacerlo, alguien le proponía un nuevo “trabajo” y se quedaba.

¿Fue el Porra el Gordo Valor de La Plata? La pregunta hecha a algunos policías de esa época tuvo un coincidente “sí”, como respuesta, aunque con matices.

EL GORDO VALOR PLATENSE

“Hubo otros más pesados que el Porra, lo que pasa es que no andaban por acá. Daban golpes en el Conurbano o en otras provincias, como el Viejo Ríos, alias Cajón de Piedras por lo pesado que era”. Enrique “El Viejo” Ríos murió a los 62 años en la cárcel, cuando su corazón con tres by pass dijo basta y después de una detención de novela en la zona del Puente Roma, en Berisso, su territorio. Había burlado a la Federal y a la policía rosarina que lo había seguido hasta La Plata por el sangriento asalto a una joyería donde uno de sus cómplices terminó muerto por la puntería de un pibe de 15 años, hijo de la dueña, y campeón juvenil de Tiro.

Cajón de Piedras Ríos, el Viejo, le hacía honor a su nombre, pero quienes lo conocieron y persiguieron, no le dan el mismo piné que al Porra Da Costa Gadea.

Para el Servicio Penitenciario Da Costa Gadea fue uno de los líderes de Los Pitufos

 

A pesar de ser reconocido como un hampón “bien platense”, al Porra lo buscaban las Brigadas de Investigaciones de Quilmes y de Lanús, por hechos en esas jurisdicciones entre ellos un asalto con fuga a los tiros donde una bala le dio a una nena de 9 años que salía del colegio. Uno de sus cómplices caería tiempo después por otro robo y se encargaría de quitarse de encima la responsabilidad en aquel desgraciado hecho mandando al frente a los otros tres ocupantes de aquel auto en fuga, entre los que estaba el Porra. Nunca se supo de qué revolver salió esa bala, si del 38 del Porra o de los otros fierros que ese día escupieron fuego.

Pintón, físico de boxeador pero con la cara intacta, sin rastros de esas piñas que se notan en el tabique, el Porra siempre había tenido a su lado lindas mujeres. Y no lo decían solo sus amigos sino otros jueces que en esas cuestiones suelen ser inapelables: sus hermanas.

LA más LINDA DEL ALMACÉN SAN JOSÉ

Pero siempre hay una linda más linda y esa fue para el Porra la peor de todas: Alcira. En la casa del Porra no la querían. Y es el día de hoy que se les enciende la bronca al recordar que la tuvieron comiendo en su mesa.

El Porra esquivaba la noche, pero cuando decidía enfrentarla pasaba por el Almacén San José, un lugar sobre el que podrían hacerse varios libros y películas. En ese caserón de diagonal 74 y 40, que decían que había sido posta de carretas en la época de la gobernación de Rosas, se juntaba lo más variopinto de una ciudad a la que el corazón le galopaba en emociones de toda naturaleza. Un lugar mágico donde entre vinos que raspaban hasta las guitarras y empanadas fritas que pateaban de punta, se sobrevivía a tiempos violentos, de dolor y de injusticias y también de ilusiones. Si hasta Mercedes Sosa terminó en cana en una noche de visita a ese legendario Almacén San José.

Dicen que ahí el Porra y Alcira se cruzaron las primeras miradas. Y para él fue un veneno dulzón, de esos que matan de a poco, que se disfrazan para esconder el dolor final que van a provocar a quien lo bebe.

La historia que se cuenta es que con el Porra fugado de Olmos en ese épico final de Los Pitufos, ella le habría dado a la policía el dato del “chanchero”, un pariente del Porra que criaba cerdos en un campo de San Miguel del Monte y donde se libró la batalla final.

Y que ese dato Alcira no se lo habría dado a cualquier policía, sino a quien a esa altura era su pareja y tiempo después padre de sus hijos; un detective platense que, se decía, conocía la noche como sí él mismo la hubiese dibujado.

Perdidamente enamorada, Alcira había dejado al Porra por aquel policía. Quién sabe si esa mujer no buscó escribirse una historia mejor, en un cuaderno nuevo donde no tuviese que andar gambeteando tiros, allanamientos y vergüenzas por ser la mujer de alguien como el Porra.

Cuentan que cuando el Porra confirmó sus sospechas, cuando supo que el amor de su vida se había ido nada menos que con “un vigilante”, no dijo una sola palabra. Y que al tiempo, ya sabiendo de quién se trataba, dijo, con una sonrisa triste: “Seguramente algún día nos vamos a encontrar”. Eso nunca ocurrió, aunque ese policía formó parte de los otros muchos que buscaban al Porra por sus delitos.

Buscado por cielo y tierra después de la memorable fuga de Olmos y abatidos algunos de los que habían sido sus compañeros de encierro, el Porra hizo yunta con uno de aquellos pitufos, el Flaco Menucci. Contra lo que dijeron los informes policiales, el Porra no cayó en la emboscada en la que terminaron los días de Menucci en el conurbano, sino en un campo de San Miguel del Monte, en un criadero de cerdos donde se aguantaba hasta un mejor momento para salir a robar.

En aquel intento de fuga un auto no arrancó, el Porra quiso empujarlo y ahí cayó bajo un fuego cruzado.

Sus allegados dicen que no murió en el barrial de aquella chanchera sino poco después, en la agonía de un cuartucho donde lo habrían llevado después del tiroteo.

BAJO UN CIELO SIN ESTRELLAS

“Te voy a contar. Cuando pasó todo teníamos que ir a buscar su cuerpo y nos fuimos sin darnos cuenta que mami quedaba sola. Mientras esperábamos para reconocer el cuerpo un policía se acercó y nos habló despacito, nos pidió perdón por no haber podido hacer nada, escuchando un largo rato los quejidos de mi hermano, tirado en un cuartucho de la comisaría”.

Sobre el lienzo retinto que a Dios se le da por tender en esas noches sin luna, boca arriba y herido de muerte, es posible que el Porra haya visto pasar imágenes de su película.

Y acaso habrá vuelto a ver el mástil de la placita de Cambaceres, sus travesuras, los guantes de boxeo, la bandera Tripa, los mimos de la Lucre y de la Susy, los ruegos de su madre repitiéndole una y otra vez: “Miguelito, hijo querido no robés más, no tenés necesidad”.

Y en una de esas fotos fantasmales, Alcira.

El amor venenoso.

Y todos esos sueños malos que al Porra se le fueron haciendo realidad en esa vida suya de novela.

Esa vida que quiso querer, pudiendo haber elegido otra.

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