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Qué no hay que ver: “Cambio de papeles”, comedia con fines de lucro

“Cambio de papeles”, en Netflix

Por GERMÁN JAIME

Hay toda una industria en Estados Unidos de comedias descartables: desde Eddie Murphy a Adam Sandler, los grandes comediantes encabezan una de estas películas por año, escritas de forma veloz y desprolija, y que no tienen otra finalidad que cobrar un cheque que sostenga un estilo de vida y darle un poco de laburo a los amigos menos afortunados. Algunas, a veces, sorprenden: hay momentos hilarantes, y el carisma inagotable de sus protagonistas hace el resto. Algunas zafan, se dejan ver. La mayoría son inmirables: a esta categoría se acaba de sumar Drew Barrymore con su “Cambio de parejas”, una película tan horrorosa que duele, de esas en las que cuesta llegar al final.

La película, estrenada en Netflix hace una semana, tiene una de esas premisas ridículas que dominan este tipo de filmes. Candy Black (Barrymore) es una comediante exitosísima pero harta de trabajar en comedias chabacanas y harta de la fama; tras un incidente violento queda exiliada de Hollywood, y la mandan a rehabilitación. Candy, que lo único que quiere es paz (y hacer muebles) envía a su suplente, Paula (¡Barrymore!), una muchacha ambiciosa que no tarda en tomarle el gustito a esto de hacerse pasar por su exitosa doble y robarle el novio, el trabajo, la vida. ¡Comedia!

Ahora, la cinta, dirigida por Jaime Babbit, no se la juega por completo al absurdo: hay momentos de humor bizarro (con pocos aciertos) y mucho gag físico (varios, muy perezosos - evidentemente hay poco trabajo puesto en hacer reír, que es siempre un ejercicio en pensamiento lateral, en salir de la caja y sorprender), también parodias al género al que la misma película suscribe (comedia con fines de lucro) pero en busca de tener algo de corazón el guión agrega momentos dramáticos e introspectivos propios de un libro de autoayuda. El resultado es una película de tono dispar, deshilachado, que no sabe qué quiere ser. No causa gracia, y tampoco enternece o conmueve.

En ese contexto, el viejo chiste de un actor interpretando a dos personajes, del que ya estamos hartos a esta altura, se agota rápido, y a los 10 minutos la película ya revela que no levantará, que estamos condenados a una hora y media de mediocridad (y, lo peor en términos metafísicos: igual seguiremos mirando).

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