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La inteligencia ausente y necesaria

Por: SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

12 de Julio de 2020 | 02:35
Edición impresa

En una de sus frecuentes intervenciones mediáticas el presidente de la Nación manifestó su temor a las “cuarentenas inteligentes”, como las llamó. En su tono y en el acompañamiento gestual y corporal de su declaración (conviene recordar que el 66% de la comunicación humana es no verbal), se podía percibir un cierto desprecio por lo considerado “inteligente”. El mandatario trajo así la cuestión de la inteligencia al complejo terreno de la pandemia de coronavirus y la consecuente cuarentena. No es simple definir a qué nos referimos al hablar de inteligencia. Durante mucho tiempo se resolvió la cuestión afirmando que inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Era una definición incompleta a la que se agregaron aserciones absolutamente erróneas, como la que confunde conocimiento con inteligencia y propone que quien acumula títulos y lecturas es inteligente.

Desde mediados del siglo veinte en adelante ya no se puede reducir la definición de inteligencia a un solo concepto. Y menos desde que, a comienzos de los años 80, el psicólogo y pedagogo estadounidense Howard Gardner presentó su teoría de las inteligencias múltiples, conclusión de un proyecto iniciado hacia 1967, a partir de su participación en el proceso educativo de varias generaciones de niños. Gardner, que hoy tiene 79 años, no dejó de profundizar desde entonces en su tesis, que básicamente sostiene que las personas no tenemos una única y excluyente forma o capacidad de inteligencia para aplicar a todos los campos de nuestra vida. En cada esfera en que nos movemos aplicamos diferentes recursos. No son los mismos para el deporte que para la cultura, la economía, las relaciones interpersonales, el arte, las matemáticas, la ciencia, la cocina o las actividades manuales. Según los cursos que siguen nuestras vidas y las situaciones que se nos presentan ejercitamos más intensamente y con más frecuencia algún tipo de inteligencia que otro. Así es posible que un gran campeón de ajedrez, que dedica horas y años de su vida al estudio y práctica de esa disciplina, sea bastante precario en las relaciones humanas o en la comprensión de una poesía. O que un brillante ingeniero fracase en sus emprendimientos económicos. Comentario al margen: a partir de las inteligencias múltiples sería higiénico para la salud mental de la población abandonar la creencia de que una persona exitosa en un área está habilitada para sentar cátedra sobre cualquier cosa, algo tan común en los medios y tan extendido en la opinión pública, dispuesta a creer que su ídolo futbolístico está a la altura filosófica de Sócrates o que una destacada figura política podría resultar excelente director técnico de fútbol (y viceversa).

LAS DOS MENTES

A todo lo anterior se sumó en 1995 el doctor en filosofía, psicólogo y divulgador científico Daniel Goleman con la formulación de la inteligencia emocional. El concepto se viralizó de inmediato y resultó pandémico, para usar palabras al uso. Desde entonces se usó, abusó, aplicó, comprendió y malinterpretó de mil y una maneras. Goleman partió de la idea de que estamos constituidos por dos mentes, una emocional que gobierna nuestros sentimientos, nuestras reacciones instintivas, nuestras sensaciones y afectos, y otra racional, que nos permite planificar, calcular, entender, modular el lenguaje. Emoción sin razón nos puede llevar a continuos naufragios, choques e incluso tragedias. Razón sin emoción nos convierte en seres incapacitados para los vínculos, analfabetos sentimentales. El cerebro emocional, planteó Goleman, introduce la emoción y el sentimiento, en tanto el cerebro racional los dirige y adecua. Quienes más y mejor consigan integrar y coordinar ambos aspectos serán las personas con mayor inteligencia emocional. Una inteligencia imprescindible en todos los aspectos de la experiencia humana, a menos que se pretenda pasar por la vida rozándola apenas, sin la menor comprensión o profundización en ninguno de sus aspectos.

“La capacidad de saber lo que siente el otro entra en juego en una alta gama de situaciones”

 

La inteligencia emocional es más que una teoría. Es un atributo esencial en la política, en la educación, en el arte, en la familia, en la pareja, en la amistad, en el trabajo, en la profesión, en la economía, en la relación con la naturaleza (medio ambiente, fauna, flora, recursos naturales). Su ausencia acarrea altos costos de todo tipo, que van desde los psicológicos y afectivos hasta los económicos y sociales. Quienes desprecian la razón en nombre de la emoción o minimizan la emoción en nombre de la razón demuestran carecer de inteligencia emocional. Juegan en el mismo equipo, aunque parezcan adversarios.

LA EMPATÍA VERDADERA

La empatía es evidencia de inteligencia emocional. Pero no la empatía declarada (cosa muy usual y exhibida en conversaciones personales o en apariciones mediáticas), sino la encarnada, experimentada y demostrada en conductas. La empatía se construye sobre la conciencia de uno mismo, escribe Goleman en su libro inicial; y cuanto más abiertos estamos a nuestras propias emociones, más hábiles seremos para interpretar y comprender los sentimientos de otros. Uno de los pioneros de la psicología conductista, Edward Lee Thorndike (1874-1949), había planteado hacia los años 20 una idea en la que abrevó Goleman. La “inteligencia social”, a la que definió como capacidad para comprender a los demás y actuar prudentemente en las relaciones humanas. Decía que es muy distinta de las capacidades académicas y que es clave para el éxito en la vida. Tras ahondar en aquella idea y expandirla, Goleman concluyó que “la capacidad de saber lo que siente el otro entra en juego en una alta gama de situaciones en la vida, desde las ventas y la administración hasta el idilio y la paternidad, pasando por la compasión y la actividad política”.

Cuando se trata de gobernar y de guiar a una sociedad en situaciones críticas y complejas la experiencia emocional es una herramienta fundamental, que no puede ser remplazada por lo que se suele llamar “cintura política”, habilidad para las componendas o aplicación ciega de la autoridad. No es una inteligencia muy cultivada en ese terreno, e incluso suele ser despreciada por gobernantes que se pavonean de que no necesitan conectar con la psicología ni con la filosofía porque ellos son sus propios y mejores psicólogos. Temerle a lo inteligente o sospechar de ello, no es un buen indicio de inteligencia emocional. Tampoco usar el temor como herramienta fundamental de gestión en una situación como la que actualmente vivimos. Y mucho menos expresar una sentencia tan desafortunada como la de la viceministra de Salud de la Nación quien afirmó esta semana que “cualquier resfrío que tengamos en este invierno es Covid-19 hasta que se demuestre lo contrario”. La gente que está sin trabajo, los que perdieron sus emprendimientos de años, los que están distanciados de sus seres queridos, los que ya ofrecen síntomas de depresión y otros dolores de la mente y del alma, los que están atemorizados y confinados por la sucesión de amenazas y cuarentenas no necesitan que se escarbe en sus heridas con frases como esa o con la profecía de que Córdoba y Rosario estallarán. El default de inteligencia emocional puede resultar tan grave como el económico con el agregado que de él, sí, no se vuelve.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

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