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SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
Aunque se haya dicho y repetido miles de veces, cabe recordarlo. Los humanos somos seres sociales por naturaleza. De tal condición nace la moral, ese conjunto de normas que, a través de nuestra historia y nuestra evolución, acordamos y cumplimos para garantizar nuestra supervivencia como individuos y como especie. Esas normas pasan a formar parte del inconsciente colectivo y nos dicen qué se debería hacer y qué no. El filósofo Bernard Gert (1934-2011), referente en este tema, define a la moral, en la Enciclopedia Standford de Filosofía, como “un código de conducta que, debido a sus condiciones específicas, sería defendido por todas las personas racionales”. Hay, pues, una estrecha relación entre moral y razón.
Porque somos sociales necesitamos congregarnos y vivir juntos en tribus, familias, comunidades, sociedades. Y porque somos racionales comprendemos que esto sería imposible si no acordáramos no matar, no robar, no mentir, respetar, cooperar. La capacidad de razonar es fruto de la evolución de nuestro cerebro, desde el primitivo y reptílico que compartimos con las demás especies, hasta el desarrollo del neocórtex y los lóbulos prefrontales que nos permiten evaluar, comparar, imaginar, cuestionar, investigar, dudar, elaborar ideas complejas. Es decir, pensar. Empleamos este atributo ante la normativa moral.
Ser agente moral, lo que equivale a cumplir y respetar la normativa y sus valores, es una elección. Hay quienes eligen no hacerlo. Allí aparece la ética. Mientras la moral dice lo que se debe (en virtud de la preservación de la comunidad humana), la ética muestra lo que cada individuo elige. Hay quienes eligen actuar moralmente y quienes no. Pero nadie deja de tener una ética. Lo que resta observar es si esta se alinea con la moral o se desvía respecto de ella.
Estas disquisiciones derivan de la primera afirmación. Somos sociales por naturaleza. La misma naturaleza que nos hace frágiles y vulnerables nos impulsa a agruparnos, a cuidarnos, a cooperar. Mientras hacemos esto, que nos permite sobrevivir y desarrollar las potencialidades propias de cada uno, vamos dejando vestigios de nuestra existencia a través de lo que se llama cultura y civilización, fenómenos que cobran diferentes formas y manifestaciones.
Sobre nuestra sociabilidad la filósofa canadiense Patricia Churchland, reconocida autoridad en cuestiones de ética médica y de neuro ética, señala algunos aspectos muy interesantes en su libro “El cerebro moral”. Según Churchland, en tanto animales sociales y vulnerables el aislamiento es el peor castigo que se nos puede inferir. Necesitamos presencia y cercanía de nuestros semejantes. Nos necesitamos mutuamente para sobrevivir. En los mamíferos altamente sociales, como nuestro caso, quienes se valen de la cooperación y de la interrelación para hacer trampas o para sacar beneficios propios a costa de los demás, suelen terminar siendo rechazados, apartados y confinados. Y en esas condiciones aparece toda su vulnerabilidad.
En un principio, explica Churchland, nos apegamos a los nuestros, el grupo más cercano y conocido en cuanto a pertenencia, y es allí donde cuidamos y somos cuidados. Pero en la medida en que nos desarrollamos y evolucionamos y pasamos a participar en grupos más grandes y complejos, también desarrollamos nuestra capacidad de cuidado extendiéndola a otros. Esto es parte esencial de lo que se conoce como habilidades sociales. El perfeccionamiento de herramientas para la convivencia desde la diversidad, la capacidad para crear y formar parte de redes, la construcción de puentes de confianza.
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Impedir el encuentro entre seres queridos revela una ausencia de inteligencia emocional
En nuestra condición de seres sociales la consolidación y práctica de esas habilidades y capacidades no son ni relativas ni optativas. Se trata, en realidad, de una necesidad esencial de orden superior, es decir que trasciende a las necesidades básicas de supervivencia, como son la de comer, beber, dormir o contar con techo y abrigo. Como ocurre con toda necesidad, cuando no es atendida y satisfecha comienza a manifestarse de manera disfuncional. Está presente, se hace oír. Y es imposible acallarla con filminas y mensajes atemorizantes.
Quizás todo esto explique por qué, alcanzada ya una extensión que la convierte en la más larga del mundo (y con frutos cada día más escasos y discutibles), la cuarentena aplicada al AMBA resulta cada vez más difícil de cumplir y controlar. Y por qué la pretensión de legislar por decreto sobre la intimidad de los hogares, prohibiendo las pequeñas reuniones familiares, es un dislate que solo puede estimular transgresiones, más aún cuando se quiere aplicarla en el momento de mayor hartazgo y desgaste emocional. Como si algo no estuviera del todo bien en el área prefrontal del cerebro de quienes propusieron y avalaron el decreto, área en la que, como explica la doctora Churchland, se consolidan las estructuras emocionales y se produce la inteligencia social. En su libro, ella define a la CPF (Corteza Pre Frontal) como el órgano de la civilización. Por lo demás, afirma esta autora, las jerarquías que pretenden imponerse por la fuerza (física o simbólica, como es el caso de los decretos seriales), inhiben la cooperación y sólo intimidan, haciendo más débiles a los débiles y más desafiantes a los transgresores.
Tanto los aislamientos prolongados, como los confinamientos y los encierros debilitan las capacidades que son esenciales para la supervivencia y la convivencia de los mamíferos sociales, cuya máxima expresión evolutiva somos los humanos. En esos estados no solo aparecen y se extienden manifestaciones anímicas como la ansiedad, la angustia, el miedo o la tristeza, sino que se hacen epidémicas ciertas patologías psíquicas como la depresión o el pánico. Por mucho uso que se haga de la tecnología de conexión (celulares, computadoras) y de sus contenidos (redes sociales, portales de noticias, buscadores) estas actuarán siempre como analgésicos, pero nunca suplirán a la verdadera comunicación, que es la de la presencia, el contacto, el abrazo, la palmada, la voz natural (no mediatizada por micrófonos o audífonos), la mirada. Así como ver videos de personas desaparecidas no las trae de vuelta, el contacto a través de pantallas no corporiza a aquellos con quienes nos conectamos. En ese contexto, impedir el encuentro entre seres queridos, efectuado en ámbitos íntimos y en condiciones de seguridad, revela otra vez, como se viene insistiendo en esta columna, una pronunciada ausencia de inteligencia emocional. Más aún si se le agrega un galimatías como el expresado por la viceministra de Salud de la Nación al decir que lo que ahora se prohíbe nunca estuvo autorizado. Ni Fidel Pintos en su momento ni Cantinflas en el suyo lo hubieran expresado mejor.
Compartir tiempo y espacio con seres queridos (en tanto criaturas racionales sabemos y podemos hacerlo con inteligencia y responsabilidad) en una intimidad que no comprometa a terceros (y que no estimule la delación de estos si es que esta vocación les surgiera), aviva el afecto y fortalece, desde lo emocional, al sistema inmunológico. Se extraña la presencia de expertos que, más allá de estadísticas y protocolos, conozcan las complejas tramas y necesidades del alma humana.
(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"
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