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Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa. Cada uno atiende su juego / AFP
Carlos Barolo
Las tres patas del gobernante Frente de Todos transitan la paz que firmaron hace un par de meses, luego de la corrida cambiaria que siguió a la salida de Martín Guzmán del ministerio de Economía, con la aparente necesidad de tener agendas separadas. Difícil ver una foto de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa juntos. Objetivos y movimientos distintos; también, intereses disímiles.
El Presidente afronta diariamente una lista de actividades muy cercana a la intrascendencia. Alguna inauguración menor, reuniones que no merecen la comunicación pública. En su entorno detestan que se hable del despoder que ha sufrido al ceder una enorme cuota de influencia real a Massa. Pero es así. Está claro que ha delegado el grueso de la gestión en su ministro, porque también está clarísimo que el gran problema del gobierno es la economía.
El de Tigre se mueve como una suerte de ministro de Economía, cargo al que llegó empoderado al sumar otras carteras, y jefe de Gabinete de hecho. Más allá de que este último cargo formal sigue siendo del tucumano Juan Manzur. Por más que lo intenta, a Alberto F. le cuesta muchísimo fijar la idea en la opinión pública de que Massa es su subalterno y no un par.
Lo comprobó con la recepción que tuvo su reciente gira por Estados Unidos, visitando los mismos lugares y entrevistando a los mismos actores que una semana antes habían recibido a Massa: al ministro se lo trató, en general, con más expectativa y entusiasmo. Fernández quiso transmitir que su viaje fue el epílogo necesario para que Argentina reciba fondos frescos de organismos internacionales y para que el Fondo Monetario aprueba las metas del acuerdo correspondientes al tercer trimestre del año. En realidad, todo eso lo había conseguido antes Massa, que hasta tuvo con su gira más lugar en la prensa argentina.
Cristina Kirchner hace rato que está dedicada únicamente a su cruzada contra la Justicia, que viene de cuando ella era presidenta e intentó la fallida “democratización judicial”. Aquella pelea que entabla tiene dos capítulos. Uno: su obstinación por reformar la Corte Suprema, que es la cabeza del Poder Judicial y a la que considera un actor enemigo desde que el Tribunal volteó justamente aquella medida reformista. Dos: el juicio que se le sigue en la llamada causa Vialidad, por el que la fiscalía pidió para ella doce años de prisión e inhabilitación permanente para ejercer cargos públicos.
La vice logró mostrar una alta cuota de poder cuando consiguió la media sanción en el Senado de la ley que aumenta el números de miembros de la Corte, de los 5 actuales -hoy sólo hay 4 jueces en funciones por la jubilación de Elena Highton- a 15 integrantes. Difícil que pase Diputados, donde se comenta que hasta algunos legisladores kirchneristas cobijan dudas de acompañar una medida de semejante envergadura que no tiene ni el más mínimo consenso.
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También asoma dudoso que la jugada en la Cámara Alta haya tenido algún efecto amedrentador, como se especuló en el mundillo político, sobre los propios cortesanos, que deben resolver el destino de varias causas que la aquejan, o sobre tribunales inferiores, como el que la está juzgando por asociación ilícita en el direccionamiento de la obra pública a favor de Lázaro Báez o el que debe decidir si reabre el expediente “Los Sauces-Hotesur”, liquidado sin siquiera haber transitado por la etapa de juicio oral.
La causa Vialidad asoma como la gran obsesión de Cristina, incluso más que la investigación por el intento de asesinato que sufrió el 1 de septiembre último que inicialmente la sacudió bastante desde lo personal. Los que la frecuentan dicen que la idea de una condena, que podría llegar hacia fin de año, la exaspera por el impacto simbólico que eso puede tener en su capital político. Cualquier encuesta cualitativa que se analice arroja que el argumento de que ella es una perseguida por sus ideas políticas por una conspiración entre periodismo, justicia y oposición sólo tiene una cierta credibilidad en el llamado núcleo duro del Frente de Todos, que la venera con fascinación.
Cristina y el kirchnerismo duro se han resignado al ajuste de la economía, acaso porque entendieron que ya no tenían otro camino a seguir. Siempre estará Guzmán para buscar culpables de ese giro que se presume amargo y reñido con sus convicciones, porque el platense estuvo dos años y medio al frente de la cuestión y “sólo” logró una renegociación con los tenedores de bonos privados.
Pragmático, Massa jugó fuerte cuando agarró la papa caliente. El ministro es hoy el hombre fuerte del Gobierno y aplica un achique más profundo del que proponía Guzmán. No ha logrado que Cristina lo elogie en público o aplauda alguna de sus medidas. Pero claramente no lo esmerila y habla más con él que con Fernández. El tigrense se ha fijado como prioridad juntar dólares para las reservas del Banco Central donde sigue firme Miguel Pesce, una suerte de enemigo interno. Pesce parece el último bastión de resistencia de Alberto contra el avance de sus otros dos socios de la alianza.
En público, Massa esquiva las discusiones sobre política. No habla, por ejemplo, de las movidas para eliminar las Primarias Abiertas que impulsa el peronismo más allá de que, se comenta, las avala y habría dado el okey a sus legisladores para que lo voten llegado el caso. Menos habla de candidaturas, aún cuando un sector amplio del PJ y del empresario lo proyectan como postulante presidencial del oficialismo para el año que viene.
Pero Massa sigue sin mostrar un programa integral, algo que le critican los economistas no alineados con el gobierno, más allá de los dólares diferenciados, los trillados acuerdos de precios con sectores de la economía y el recorte en el gasto público. El ministro, por ejemplo, no habla de inflación, ese monstruo que desgasta al gobierno y al que, por ahora, enfrenta con una política más bien de parches. Y que genera innumerables problemas en la cotidianeidad: desde el alza constante del precio de los alimentos básicos hasta el hecho de ser un país en el que no hay neumáticos y ha empezado a sufrir la paralización de varias industrias ligadas a esa actividad.
La causa Vialidad es la gran obsesión de Cristina, más que la investigación por el intento de asesinato
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