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Ya sea para aprovechar mejor el tiempo, poner freno a la compulsión o ganar bienestar emocional, cada vez más personas se proponen hacer una pausa o librarse de ellas
El deseo de tomar control del uso de las redes es una de las principales motivaciones para desconectarse
Cuenta Alejandra Iglesias (39) que su momento de quiebre con las redes sociales tuvo lugar este último verano mientras estaba de vacaciones con su familia en Pinamar. “Mis hijas jugaban en la orilla del mar, mi marido charlaba con unos amigos en la carpa de al lado y yo caí en la cuenta de que en la última hora y media no había estado en la playa sino sumergida en Instagram mirando pavada tras pavada de las que ni siquiera me podía acordar -relata-. Fue ahí qué tomé conciencia de que no era sólo un pasatiempo, sino algo perjudicial para mi familia y para mí”.
Como ella, aunque por razones tan diversas como “aprovechar mejor el tiempo”, “conectar con lo real”, “frenar con la compulsión”, o “vivir de manera más consciente”, cada vez más personas se cuestionan el uso que hacen de las redes sociales e intentan en algunos casos librarse definitivamente de ellas para ganar bienestar.
“En general el tema de la desconexión aparece como de corte moral y ético, en el sentido de que las personas se lo plantean como algo que debería hacer mejor a sus vidas. Está la idea de que eso sería deseable, del lado de la productividad, felicidad, calma, incluso protección del propio yo (una forma de autocuidado)”, señala la investigadora Mora Matassi, máster en Tecnología, Innovación, y Educación.
Matassi, quien investiga el fenómeno de la desconexión digital de redes sociales en nuestro país, afirma que si bien “se sabe mucho sobre cómo las personas se conectan, para qué actividades, y con qué expectativas sociales”, no así sobre cómo salen de ellas.
Aunque su trabajo se enfoca en las diversas redes sociales de mayor popularidad, desde Facebook a Tik Tok, Matassi reconoce que Instagram aparece como la red central a la hora de hablar de la desconexión, especialmente para los más jóvenes. “Una plataforma de la cual es difícil salirse, pero de la cual todos quisieran salir”, cuenta.
A su entender, esa peculiaridad tendría que ver con una característica propia de Instagram que “es la cultura de la presentación de la vida cotidiana en un entorno estético y deseable. Esta idea de que somos todos modelos de nuestras vidas y de que somos observados por los demás, en una infraestructura tecnológica que todo el tiempo nos dice quién nos está mirando y quién no nos está mirando”.
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“Las personas se lo plantean como algo que debería hacer mejor a sus vidas. Está la idea de que sería deseable del lado de la productividad, la felicidad, la calma, e incluso la protección del propio yo”
Mora Matassi
Máster en Tecnología y Educación
Como han observado diversos estudios, el hecho de que muchas personas utilicen las redes sociales para buscar ideales que aspiran alcanzar, a menudo termina erosionando su autoestima. Y es que en el afán por mostrar en ellas también nuestro “mejor lado” se construye una imagen que por su disonancia con la realidad muchas veces genera malestar y la sensación de que los demás son más exitosos, afortunados o viven mejor.
Este fenómeno constituye precisamente una de las razones por la cual muchos profesionales de la salud mental aseguran que limitar el uso de la redes sociales, especialmente en ciertas fechas sensibles, como Navidad y Fin de Año, contribuye a reducir el riesgo de sufrir ansiedad y depresión.
Pero lo cierto es que más allá del impacto sobre la propia salud emocional de la que algunos usuarios toman cada vez más consciencia, la transformación en la percepción de las redes sociales a lo largo de los últimos años constituye otra de las fuertes razones que están conduciendo a su desconexión.
“Al mirar hacia atrás desde un tiempo en el que la infraestructura de las redes sociales está finalmente bajo un mínimo escrutinio público, sorprende la ingenuidad con la que la ciudadanía les entregó sin reparos una parte de su mente y su cuerpo a estas empresas que rápidamente se transformarían en monopolios comerciales de la atención despreocupada y el narcisismo administrado”, señala el sociólogo Ezequiel Ipar.

“Contra lo que ofrecían las redes sociales -conexión pública con otros, autopromoción gratuita y una nuevo canal para estar informado-, hoy sabemos que en realidad eran los algoritmos los que exploraban y los ciudadanos los escrutados”
Ezequiel Ipar
Doctor en sociología
Contra “lo que ofrecían - conexión pública con otros sin intermediarios, posibilidad de autopromoción gratuita y una nuevo canal para estar informado desde el “aquí y ahora” de los acontecimientos-, hoy sabemos que en realidad eran los algoritmos los que exploraban y los ciudadanos los escrutados”, afirma.
“Distintos estudios (y filtraciones de datos) nos muestran que en este mundo de la vida digital son las mega-corporaciones del capitalismo las que han enredado a los sujetos contemporáneos en nuevas formas de vulnerabilidad, diferentes patologías psíquicas y un entorno de conversación pública dominado por la adicción al odio y el desprecio. Sería ingenuo pensar que los mecanismos del like y la cita terminaron transformados en tenazas de nuevas formas del linchamiento colectivo por un mero azar del uso libre de las tecnologías”, señala Ipar.
Lo cierto es que precisamente por la fuerte penetración que han tenido las redes sociales en nuestras vidas a lo largo de los últimos años, la plena desconexión de ellas no es algo fácil de materializar. Desde pedidos de trabajo, trámites, recursos educativos hasta el acceso a un turno médico, hoy existe un sinfín de actividades de la vida cotidiana que se gestionan asumiendo conexión.
Frente a esa realidad surge el concepto de “bienestar digital” que tiene que ver no solo con la idea de “estar bien”, de encontrar un equilibrio óptimo con las tecnologías en nuestra vida cotidiana.
“Esta idea de bienestar digital trae consigo la obligación del usuario de hacerse cargo de sí mismo, de lo que le pasa y encontrar también una propia solución”, señala Matassi, al afirmar que “somos seres sociales y hoy lo social sucede en lo digital”.
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