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se desarrollan las pruebas de la última tecnología que revolucionó al mundo / web
Sergio Sinay*
Sergio Sinay*
Así como se habla de una macro y una microeconomía, acaso pueda pensarse en una macro y una micro realidad. Lo que se conoce como macroeconomía es un territorio abstracto en el que los especialistas despliegan teorías, predicciones y explicaciones usando una jerga que deja afuera de toda posibilidad de comprensión a quien no pertenece a ese círculo. Esa es la función de las jergas. Impedir que los “ajenos” entiendan de qué se habla y generar la creencia de que el conocimiento es propiedad de los pocos y selectos capaces de descifrar el galimatías. Pero encubren el hecho de que, entre las teorías, las especulaciones y las hipótesis de los “expertos” y lo que de veras sucede existe un abismo. Así es como a la hora de la microeconomía, es decir de las experiencias cotidianas que las personas padecen en sus compras, ventas, endeudamientos, pagos, contratos, salarios y demás experiencias de la vida económica real, la macroeconomía se esfuma.
En lo que llamaríamos macro realidad, entrarían reflexiones, hipótesis, investigaciones y exploración de grandes y profundas cuestiones de lo humano, como la vida, la muerte, el sentido de la existencia, el origen y el futuro de la especie, la religión, los dilemas morales, los procesos psíquicos, las cuestiones espirituales, las preguntas de la ciencia, la deriva de la tecnología. Ese ancho mar, en fin, en el que navega la filosofía. También en este caso se usan jergas que, lejos de ampliar, hacer comprensible y compartido el espacio del pensamiento, tienden a crear guetos de sabihondos que, supuestamente, cuentan con las respuestas y crean categorías, jerarquías y lugares de poder. La micro realidad, a su vez, sería la vida tal y como la perciben, actúan, sufren y gozan las personas en sus experiencias y relaciones durante cada día de su existencia.
Tanto la macro economía y la micro economía, como la macro realidad y la micro realidad transcurren simultáneamente, ni se suceden una a la otra ni se desplazan. Y mientras en el primer caso parecen marchar, sobre todo en nuestro país, por paralelas que nunca se tocan, en el segundo la macro y la micro realidad comenzaron a converger, al menos públicamente. El 22 de marzo pasado en una entrevista con la cadena de noticias ABC, Sam Altman confesó estar asustado por el rumbo que va tomando ChatGPT. Altman es el CEO de OpenIA, empresa fundada en 2015 y creadora de ChatGPT, al que la cadena británica BBC define como “un robot virtual (chatbot) que responde una variedad de preguntas, realiza tareas por escrito, conversa con fluidez e incluso da consejos sobre problemas personales”. Lo hace en todas las áreas de la actividad humana: arte, ciencia, psicología, deportes, cultura, política, economía, etc. Tiene un alto grado de eficiencia, tanto como para que personas desinformadas, distraídas, mentalmente perezosas o con poco conocimiento en alguno de esos campos pueda comprar a ojos cerrados algo emitido por el robot convencidas de que proviene de una fuente humana o de que el contenido es fehaciente.
Entre las travesuras menos peligrosas (por decirlo de alguna manera) de ChatGPT están la de crear falsos textos de grandes escritores, emitir teorías científicas aparentemente bien fundamentadas, lanzar noticias falsas impecablemente vestidas de verdaderas, alentar movimientos y alzamientos sociales incontrolables, alentar creencias delirantes con argumentos simuladamente sólidos. Las más peligrosas las describen el historiador y antropólogo israelí Yuval Harari (autor de “Homo Deus” y “De animales a dioses”), y los estadounidenses Tristan Harris y Aza Raskin (dos especialistas en tecnología que desarrollaron varios de los más avanzados sistemas vinculados a Internet y la telefonía móvil y hoy se dedican a fomentar la ética en el mundo tecnológico). Estos pensadores presentaron en la última semana un documento titulado “Por qué la inteligencia artificial podría devorar rápidamente toda la cultura humana”. Hace tiempo que están preocupados por la cuestión e investigan sobre ella. “La IA (inteligencia artificial) tiene la capacidad de hackear y manipular el sistema operativo de la civilización”, señalan en su texto. “Al adquirir el dominio del lenguaje, la IA se ha apoderado de la llave maestra de la civilización, capaz de abrir desde las bóvedas de los bancos hasta los santos sepulcros”. Harari, Harris y Raskin llaman a detener y repensar cuanto antes la desbocada carrera disparada por la euforia tecnológica que, liberada de todo escrúpulo moral y alimentada por desmedidas ambiciones económicas, pone al mundo y la vida tal como los conocemos y experimentamos en el borde de un precipicio.
Estas tres personalidades son solo algunas de los varios miles que firmaron, y continúan firmando, una carta abierta publicada en el sitio de Future of Life, un instituto en el que influyentes pensadores de diferentes disciplinas exploran los riesgos de la tecnología. En ese documento ellos, además de Elon Musk y otras figuras destacadas en ámbitos universitarios, intelectuales, científicos, tecnológicos, económicos y políticos, llaman a pausar “de inmediato y durante al menos durante seis meses el entrenamiento de los sistemas de IA más potentes”. En el llamamiento advierten: “Los sistemas de IA con inteligencia humana-competitiva pueden plantear riesgos profundos para la sociedad y la humanidad, como lo demuestra una extensa investigación y lo reconocen los principales laboratorios de IA”. Para que no queden dudas dicen: “La IA avanzada podría representar un cambio profundo en la historia de la vida en la Tierra, y debe planificarse y administrarse con el cuidado y los recursos correspondientes. Desafortunadamente, este nivel de planificación y gestión no está ocurriendo, a pesar de que en los últimos meses los laboratorios de IA entraron en una carrera fuera de control para desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden entender, predecir o controlar de forma fiable”.
Este llamado proviene de mentes que se desempeñan habitualmente en lo que llamaríamos macro realidad, y que, a diferencia de quienes practican la jerga macroeconómica, tienen la lucidez, la decisión y el compromiso de descender a la micro realidad, que es el espacio preciso en el que la IA ya muestra sus efectos. Las primeras manifestaciones se dieron en las redes sociales, como explican Harari, Harris y Raskin: “En las redes sociales, la primitiva IA no se usaba para generar contenidos, sino para seleccionar contenidos generados por los usuarios (…) Por primitiva que fuese, la IA que está detrás de las redes sociales alcanzó para crear una cortina de ilusiones que fogoneó la polarización social, dinamitó nuestra salud mental y dejó a la democracia hecha jirones. Millones de personas confunden esas ilusiones con la realidad”. Más allá de eso la IA ya incide en el mundo laboral, en el político, en el económico, en el cultural. Corremos el riesgo de que nos hierva lentamente, como a la rana, mientras nos envuelve en una falsa y confortable tibieza, y que cuando pretendamos saltar fuera de la olla, sea demasiado tarde. Sin embargo, la advertencia está hecha y no proviene de voces sin importancia ni conocimiento.
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