El impacto económico de la guerra y los errores propios complican al Gobierno

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Por GERMÁN LÓPEZ

El impacto económico de la Guerra de Oriente ya es visible y promete extenderse en el tiempo, aun cuando la tregua logre consolidarse. Sin embargo, detenerse únicamente en ese inventario puede llevar a perder de vista una cuestión de fondo.

Para muchos actores del sistema internacional hay una verdad difícil de soslayar: Irán era -o es- una potencia militar hostil al mundo occidental, que se había constituido en una amenaza concreta para la paz y la estabilidad global, especialmente por el desarrollo de su programa nuclear. No se trata solo de una hipótesis estratégica, sino de un diagnóstico que ha guiado durante años la política exterior de varias potencias.

El componente ideológico del régimen iraní agrega un factor adicional de preocupación. Su concepción del poder y su forma de vincularse con el mundo están atravesadas por una interpretación religiosa extremista, que persigue y discrimina -y en muchos casos castiga con prisión o muerte- a quienes no se someten a su visión del Islam. Se habla de más de 30.000 muertos por la represión interna de las protestas y de unos 26.000 detenidos. En ese marco, la eliminación de Israel es un objetivo reiterado en su discurso político.

Desde esta perspectiva, el conflicto deja de ser únicamente una discusión sobre costos económicos o decisiones tácticas y pasa a inscribirse en una lógica más amplia: la de la neutralización de un actor que muchos consideran impredecible y potencialmente desestabilizador.

LOS ATENTADOS EN ARGENTINA

Los argentinos, además, tenemos una experiencia que vuelve este debate menos abstracto. Los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA mostraron hasta dónde puede escalar la lógica de la aniquilación del “infiel” cuando se expresa a través de acciones indirectas. Se trató, en los hechos, de episodios de violencia ejecutados de manera encubierta por un Estado contra otro, sin declaración formal de guerra -aunque muy cerca de actos de guerra- ni reconocimiento oficial, pero con consecuencias devastadoras.

Esa memoria obliga, al menos, a complejizar la mirada. Porque, si bien es legítimo cuestionar los errores, los costos y las derivaciones de esta guerra, también lo es reconocer que el escenario previo dejaba escaso margen para una diplomacia componedora.

En este contexto, las turbulencias que genera la guerra en Medio Oriente proyectan nuevas sombras sobre la situación económica argentina, justo en un momento de marcada fragilidad, cuando variables clave como la recaudación, el consumo y el empleo muestran números negativos y signos de estancamiento. La suba internacional del petróleo no hace más que agravar ese cuadro.

INCERTIDUMBRE Y DESCONFIANZA

Según el Índice de Producción Industrial Manufacturero (IPIM) que elabora el Indec, en febrero la actividad industrial cayó 4% respecto del mes previo y registró una baja interanual del 8,7%, con un retroceso acumulado del 6% en lo que va del año. La mayoría de los sectores exhibe descensos.

En este escenario crecen la incertidumbre y la desconfianza, mientras el malhumor social comienza a hacerse visible en la calle, donde la paciencia frente a un sacrificio sostenido en el tiempo empieza a mostrar sus límites.

Como si fuera poco, los ruidos que surgen desde el propio gobierno envían señales que desalientan la inversión. El caso Adorni compone una maraña de incongruencias que, tal vez, sólo pueda resolverse con aquella frase de Leopoldo Marechal: “Del laberinto se sale por arriba”, es decir, apartando al funcionario que no logra explicar su situación patrimonial.

A esta altura, resulta evidente que su continuidad está generando un daño creciente en la credibilidad del gobierno. La pregunta es por qué se lo sigue sosteniendo. ¿Existe la expectativa -acaso ingenua- de que el paso del tiempo recompondrá su imagen?

Los datos no parecen avalar esa hipótesis: según la consultora Zubán Córdoba, el 70,4% considera que debería renunciar y el 66% tiene una imagen negativa del funcionario.

LA FRASE DE MILEI

El propio Javier Milei reconoció que “los últimos meses han sido duros”. No es una frase menor, sobre todo viniendo de un presidente poco proclive a admitir dificultades. Y en ese escenario, incluso una oposición desgastada y oxidada encuentra incentivos para moverse, tomar nota de las debilidades y prepararse para tratar de convertir cada error del oficialismo en una oportunidad.

 

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