Ellos conocieron por accidente, como suelen empezar las historias que después parecen inevitables. Él buscaba refugio de la lluvia; ella esperaba que escampara con un libro cerrado entre las manos. Ninguno dijo nada al principio, pero compartieron el mismo silencio.
Volvieron a verse sin proponérselo: en la fila del café, en la vereda de la misma esquina, en el banco tibio de una plaza. Cada encuentro era breve, pero suficiente para que la rutina empezara a tener nombre propio. Un día hablaron, otro rieron, y sin darse cuenta empezaron a esperarse.
No hubo promesas grandilocuentes ni fuegos artificiales. Hubo mensajes a deshora, manos que se buscaban sin pedir permiso y tardes que se hacían cortas cuando estaban juntos. El amor, entendieron, no era un estallido sino una costumbre hermosa: la de elegir quedarse, incluso cuando la lluvia ya había pasado.
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