Menos retórica, más puentes: el rediseño necesario para el reclamo soberano
Edición Impresa | 4 de Abril de 2026 | 01:47
Ramiro Gamboa
eleconomista.com.ar
Se cumplieron 44 años de la guerra de Malvinas. Desde Argentina, el recuerdo nos obliga a mirar hacia el Atlántico Sur, pero hoy el escenario europeo es diferente. En el Reino Unido se avecina otra crisis del costo de vida. Las cuentas apremian y el gobierno laborista de Keir Starmer enfrenta un presupuesto muy ajustado. Sostener territorios a miles de kilómetros exige un esfuerzo financiero colosal. Ante esa estrechez económica, surge una pregunta inevitable para nosotros: ¿hasta cuándo Londres podrá sostener una obstinación imperial tan costosa?
Para muchos analistas, la diplomacia consiste en crear realidades, no solo en reclamar derechos. Diseñar un mundo nuevo implica salir de la queja perpetua para tejer lazos tangibles, construir puentes de confianza e inventar un contexto donde la disputa pueda resolverse por el peso de la realidad y no solo por la fuerza.
Las décadas de 1960 y 1970, según revela el historiador Sebastián Carassai en su obra “Lo que no sabemos de Malvinas”, demuestran un camino posible. La política exterior nacional implementó acciones concretas para acercar ambos mundos.
Todo comenzó a gestarse con fuerza bajo el gobierno de Arturo Illia. En su discurso inaugural, el Presidente había colocado el problema insular en el primer plano de las preocupaciones de la República. Esa voluntad política rindió frutos: la diplomacia nacional logró que las Naciones Unidas adoptaran la medida 2065 en 1965. Dicho dictamen reconoció la existencia de una disputa de soberanía e invitó a las partes a negociar sin demora.
Fue el punto de partida que jerarquizó y le otorgó un prestigio inédito a la causa en la agenda global. Por primera vez, ambos países estuvieron muy cerca de pactar una salida pacífica.
Las islas son argentinas. La afirmación no responde a un nacionalismo vacío, sino a fundamentos históricos precisos. El principio jurídico internacional reconoce a los Estados surgidos de las independencias como herederos legítimos de los territorios coloniales. La potestad pasó de España a las Provincias Unidas del Río de la Plata, que no eran otra cosa que nuestra Argentina en formación.
Bajo esa bandera, existió una comandancia política y militar en 1829 al mando de Luis Vernet, quien levantó una colonia rioplatense próspera y soberana. Fue un ejercicio de autoridad real, interrumpido a fines de 1831 por el ataque de la fragata estadounidense Lexington, que destruyó las instalaciones en represalia por la captura de buques pesqueros. Ese desamparo fortuito allanó el camino para que, a comienzos de 1833, el Reino Unido concretara la ocupación por la fuerza.
PUENTES
Para revertir ese despojo, Carassai describe cómo en los años setenta el Estado argentino se convirtió en el principal motor de la vida en las islas. No fue solo retórica. La Fuerza Aérea, a través de LADE (Líneas Aéreas del Estado), estableció un puente aéreo regular que rompió el aislamiento. YPF proveyó los combustibles para calentar los hogares y mover los motores isleños. Hubo becas estudiantiles para que los jóvenes de las islas cursaran sus estudios secundarios y universitarios en el continente, conviviendo con nosotros. Maestras argentinas viajaron para enseñar español y ENTel instaló los circuitos telefónicos. Argentina se volvió vital para el día a día del archipiélago.
Aquella etapa prueba que no existe el determinismo histórico, esa creencia fatalista de que el futuro ya está escrito y es inalterable. La historia no es una condena. Que el conflicto bélico de 1982 haya quebrado los vínculos no significa que la hostilidad deba ser eterna. Hay diversas formas de reivindicar una soberanía, y la más potente es la del pragmatismo y los hechos cotidianos que nos vuelven indispensables.
Esa imagen de intercambio pacífico contrasta con la parálisis y la incomunicación posteriores a la guerra de 1982. La ausencia casi total de relaciones directas suele dominar la escena actual. ¿Pero qué medidas podrían tomarse hoy para revivir ese clima de integración previa al quiebre?
El Reino Unido vive horas críticas y afronta un alto costo por mantener sus dominios australes. Replicar la inteligencia de los años setenta exige astucia: brindar beneficios materiales que resulten irrenunciables para mejorar la vida allí, desarmando la desconfianza local mediante la presencia práctica. Si una nación otorga salud, conectividad, educación y energía, la soberanía deja de ser un mapa para convertirse en una realidad vivida.
Porque al exigir titularidad sobre un territorio, se asume una responsabilidad sobre su gente. A cualquier dirigente político, la historia le pregunta: ¿Y vos qué vas a proponer a esos vecinos? ¿Vas a ignorar su realidad diaria o serás capaz de construir un nuevo puente? Las Malvinas son argentinas, y el camino para demostrarlo sigue siendo el de la audacia y la integración.
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