A los 33 años vive sola, comparte su hogar con sus dos perros y mantiene una búsqueda laboral permanente. Aunque asegura que nunca atravesó una crisis de los 30 en el sentido tradicional, admite que esta etapa trajo nuevas preguntas sobre el futuro.
“No me deprimió cumplir 30 ni sentí que el tiempo me estuviera corriendo”, cuenta. Sin embargo, reconoce que comenzaron a aparecer interrogantes sobre cuestiones centrales de la vida adulta: el trabajo, la maternidad, los proyectos personales y la posibilidad de cambiar de rumbo.
A diferencia de otras personas de su generación, nunca construyó una imagen precisa de cómo quería llegar a esta edad. Por eso, no siente frustración por metas incumplidas. Su principal preocupación hoy pasa por encontrar oportunidades laborales vinculadas a lo que realmente le gusta hacer.
Observa que las redes sociales pueden amplificar las inseguridades de quienes atraviesan situaciones distintas a las que muestran sus pares. Considera que la exposición permanente a modelos de éxito, familias idealizadas o empleos soñados puede generar ansiedad y sentimientos de fracaso, especialmente cuando esas imágenes parecen inalcanzables.
Entre las presiones más fuertes identifica la incertidumbre económica y laboral. Sin embargo, destaca que el paso de los años también le permitió desarrollar una mirada más propia sobre la felicidad. “Aprendí a reconocer qué necesito yo para estar bien y que eso no necesariamente coincide con lo que la sociedad espera que uno tenga o sea”.
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