Una muerte repentina puede dejar a la persona frente a una doble experiencia: la ausencia y el impacto de aquello que ocurrió. La conmoción, la incredulidad, la bronca, el miedo o las preguntas sobre qué podría haberse hecho de otra manera pueden aparecer con fuerza.
Para Gregorini, ante una pérdida inesperada lo primero no es intentar recuperar rápidamente la normalidad. Propone “tener mucha paciencia, reflexión, ser contenido”, bajar los cambios y los niveles de tensión para poder comenzar a mirar lo sucedido desde otra perspectiva.
“Empezar a ver las cosas desde otra perspectiva, qué anduvo pasando, qué pasó, investigar un poco para ver realmente qué es lo que anduvo pasando y llegar a tener por lo menos en principio una mayor comprensión”, plantea.
Comprender no significa encontrar una explicación capaz de hacer desaparecer el dolor. Tampoco supone aceptar inmediatamente aquello que ocurrió. Es comenzar a poner palabras y algún orden allí donde inicialmente hay desconcierto.
Después de una muerte inesperada, muchas veces la persona no solo tiene que enfrentarse a la ausencia, sino también a una realidad que todavía no logra incorporar. El mundo continúa, pero para quien recibió la noticia puede haber quedado suspendido.
El duelo es esperable y necesario para vivir sin aquello que se ha perdido
Y las emociones tampoco aparecen necesariamente de manera ordenada. La tristeza puede alternarse con la bronca, la incredulidad con momentos de aparente normalidad y, tiempo después, un recuerdo cotidiano puede desencadenar nuevamente una oleada de angustia.
No significa que el duelo haya retrocedido. Significa que sigue ocurriendo.
SUSCRIBITE a esta promo especial