Cuando una persona muere después de una enfermedad prolongada -por ejemplo- el momento de la muerte no necesariamente constituye el comienzo del duelo. Puede haber iniciado mucho antes, cuando apareció el diagnóstico, cuando la enfermedad modificó la vida cotidiana o cuando empezó a ser evidente que aquella persona no volvería a ser la misma. Eso puede permitir conversaciones, despedidas parciales y preparación emocional. Pero saber que alguien va a morir no significa saber cómo se va a sentir uno cuando ocurra. También pueden aparecer emociones contradictorias. Tristeza, agotamiento, culpa y, en algunos casos, alivio cuando termina un período de sufrimiento. Ese alivio no significa querer menos a quien murió. Puede ser simplemente el final de una situación dolorosa que se prolongó durante mucho tiempo. La enfermedad, además, puede producir pequeñas pérdidas antes de la muerte. En ese sentido, el duelo puede estar compuesto por muchas despedidas sucesivas. Y, sin embargo, cuando llega la muerte aparece una ausencia definitiva que obliga a reorganizar nuevamente la vida.
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