En ese circuito también aparece la pornografía, aunque los investigadores prefieren no convertirla en la explicación central. Luengo la define como un “laboratorio de fantasías”: un espacio en el que la persona puede encontrarse con imágenes y situaciones que ponen en escena deseos, curiosidades o fantasías que antes permanecían en su imaginación.
Dentro del ritual que describen, puede aparecer una secuencia: excitación, pornografía, consumo, desinhibición, paso a la acción y finalmente contacto sexual real.
La cocaína, al reducir los frenos inhibitorios, puede facilitar el pasaje de la fantasía a la experiencia. Y es en ese encuentro sexual real, según la hipótesis, donde se produciría el pico de recompensa que luego queda registrado. Por eso, dicen, poner todo el foco en la pornografía sería confundir “la puerta con la habitación”. La pantalla puede ser parte del ritual, pero lo que el paciente intenta recuperar posteriormente no necesariamente es una imagen o una escena pornográfica: es la intensidad del placer experimentado.
La diferencia también modifica el abordaje. No alcanzaría con preguntar si existe consumo compulsivo de pornografía. Habría que indagar qué relación tuvo esa pornografía con la sustancia, la excitación y el encuentro sexual.
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