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“Sentí un dolor inmenso”

José María Pallaoro, poeta. El autor de “Son dos los que danzan”, libro que acaba de ser traducido al italiano, y que se presentará entre el 8 y 12 de mayo en las ciudades de Triestre y Trento, recorrió La Plata para ver con sus propios ojos la devastación. Tanto sufrimiento y tanta muerte le hicieron sentir en carne propia el dolor de los demás. Pero también ver la capacidad de todo un pueblo para mantener viva la esperanza

Por LUIS PAZOS

- ¿Qué sentiste frente a la devastación?

- Un dolor inmenso. Las miradas perdidas, el llanto y los gritos, daban testimonio de la magnitud de la pérdida. Familias enteras lloraban a sus muertos. Otros a la pérdida de sus bienes materiales, producto del trabajo de toda una vida. Y estaban los que habían perdido los objetos que eran su memoria ancestral: recuerdos de familia, cartas íntimas, un libro con una dedicatoria... Pequeñas cosas que son inmensas para los afectos. También me enojé, claro.

- ¿Con quién? ¿Con la naturaleza? ¿Con Dios, tal vez?

- No. Me enojé, y mucho, con los que especularon con el dolor. Los que mintieron sabiendo el mal que hacían. La radio transmitía, por ejemplo, que había saqueos en City Bell. Yo vivo allí y puedo asegurar que no pasó absolutamente nada. El colmo fue cuando escuché que estaban saqueando el supermercado Disco...¡Yo estaba allí!. De pronto, en medio de tanta oscuridad, vi una lucecita.

- ¿Palabra que es sinónimo de esperanza?

- Así es. Esa luz que brillaba era los cientos de jóvenes que trabajaban, codo a codo, repartiendo agua, colchones, alimentos... Iban y venían todo el tiempo. A pie, algunos en bicicleta. Vi hasta una chica que tomó un taxi para llevar las donaciones. Esa visión fue un momento único, inolvidable. También saqué algunas conclusiones apenas el dolor me dio un respiro.

- ¿Cuáles?

- La primera, que yo no sabía qué había que hacer en medio de una catástrofe como la que estábamos viviendo. Nadie me enseñó nunca cuáles son las primeras medidas, con quién hay que comunicarse, qué hay que evitar. Esta carencia mía es la de millones de argentinos. No nos educaron para enfrentar una situación límite. Es más, ni siquiera sé qué hay que hacer junto a una persona tirada en medio de la calle.

- ¿Y la segunda?

- Hay que replantearse el tema inmobiliario. Hoy se construye con un solo fin: ganar dinero, sin que importe el daño que puede causar al medio ambiente. Por lo tanto, a la gente que habita el lugar. ¡Basta de construir dónde no se debe!. Con respecto a la catástrofe de nuestra ciudad, si hay responsables políticos deben ser juzgados. En una sociedad, si no hay justicia, no hay nada. ¿Quién iba a imaginar que los genocidas de la dictadura iban a sentarse en el banquillo de los acusados?. Nadie. Y sin embargo, allí están.

- ¿Cuál es el rol del poeta en una sociedad como la argentina?

- Comprometerse totalmente. Para un poeta (yo diría para todos los hombres) palabras como libertad, justicia, verdad, memoria, derechos humanos, deben escribirse y aplicarse con todo el rigor del caso. El poeta debe ser parte ineludible de la resistencia al totalitarismo. Debe golpear el alma del lector sabiendo que un libro, un poema, una palabra, a veces, pueden cambiar una vida.

- ¿Cuáles fueron las personas, poetas o no, que más influyeron en tu vida?

- Mis abuelas, por supuesto. Cada una a su manera, me enseñaron a no tenerle miedo a la vida. Mi abuela paterna, Amalia Passamani, era una italiana que estuvo de luto diez años por la muerte de su novio. Se casó por poder con mi abuelo, Luigi Pallaoro. Fue educada en Suiza y era lo que hoy se llama una mujer de vanguardia. Llegó a la Argentina con máquinas de coser para montar una pequeña empresa, pero le robaron todo. No se rindió, ni siquiera cuando murió mi abuelo. Tuvo ocho hijos, entre ellos Nerino, mi futuro papá. A todos los crió sola.

- ¿Y la abuela materna?

- Se llamaba María de los Dolores Tapia y era una andaluza de ley. Vivió en City Bell cuando no era la ciudad que es hoy. Armó un teatro de títeres y los fines de semana recorría distintos lugares con sus nietas, dando funciones gratis para la gente. Murió pocos días antes de cumplir 100 años. Antes se dio el gusto de construir un altar en el que iban a rezar los creyentes.

- ¿Solo te educaron las mujeres de la familia?

- No. Mi abuelo paterno, José María Cruz, era lechero. Con su carro repartía la leche hasta que un accidente hizo que le amputaran las dos piernas. El tampoco se rindió. Siguió viviendo y con su ejemplo me enseñó que un hombre solo baja los brazos cuando llega la muerte. Ni un segundo antes. Digo esto porque gracias a él libré y gané mi batalla más dura. Entre los 6 y 8 años yo era tartamudo. Hoy dicto un taller de poesía y leo mis poemas donde me inviten a leerlos.

- ¿A qué edad descubriste la poesía?

- A los 7 años cuando descubrí las historietas. Los dibujos no me importaban para nada. Lo que me fascinaba eran los globitos con sus frases entrecortadas. Hay quienes sostienen que ese es la clave para comprender mi poesía actual. Pero antes que la poesía lo que descubrí fue la música. Toda la música: desde los Beatles a José Larralde. A los 7 años era un auténtico melómano. Hoy todo lo que puedo decir es que la poesía es mi vida. No hay otra.

- ¿Eras un buen alumno?

- No. Era el peor. Yo vivía en City Bell pero estudiaba en La Plata en el Colegio San Martín. Entré en 1972 y me echaron en 1976. Cada tanto traían al colegio un peluquero para que nos cortara el pelo. Yo me escapa por una de las ventanas. Así legué a 5º año hasta que la directora me dijo: “Si quiere recibirse va a ser en otro colegio”. Y así fue.

- No es fácil para un poeta platense ser traducido a otro idioma. ¿Cómo llegó tu libro “Son dos los que danzan”, a ser traducido al italiano?

- Gracias a una invitación del PEN Club Internacional. Me invitaron a participar en la 45 reunión que se realiza entre el 8 y 12 de mayo en Eslovenia. Allí presentaré mi libro en las ciudades de Liubliana y Bled. Y el 11 de mayo en Trieste, Italia. La publicación puede ser bilingüe o trilingüe. Una en italiano y otra en esloveno.

- ¿Qué te llevó a dar un taller sobre poesía y fundar un Centro Cultural que funciona en tu casa?

- La necesidad de romper el aislamiento. De todas las formas de comunicación la que más me seduce es la de conversar. No de trivialidades, sino de cosas que importan. Me apasiona hablar con gente que ama la poesía. Y no me importa si estoy de acuerdo o no. Lo importante es comunicarse. Yo siempre digo que la poesía es salvadora.

- ¿Qué significa la palabra “salvadora” aplicada a la poesía?

- Significa que la poesía es un bálsamo que en muchos momentos te hace repensar temas como la muerte, el suicidio o una vida más justa. La frase no es mía pero la comparto plenamente: “La poesía es un río majestuoso donde se pule la piedra”. El poeta puede aportar a los demás su mirada del mundo. Una cosmovisión que nunca es simple tener. El poeta debe intervenir en el mundo no solo con la palabra.

- Esa es toda una declaración política, más que literaria...

- Es cierto. Pero no es una propuesta partidaria. Yo participé de joven en todas las movilizaciones de los 70 pero nunca dentro de una estructura. Cuando digo “intervenir” pienso en lo que vi en la catástrofe de La Plata: hombres y mujeres de todas las edades, ayudando a los demás. Incluso, jugándose la vida.

Lo que vi no fue una utopía. Fue un hecho. La prueba irrefutable que una vida más justa es posible.

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