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Analisis

La Universidad de los silencios

Se apresuran lanzamientos para repartir los espacios de poder, pero no se discuten los temas de fondo. El debate interno parece anestesiado en la Universidad. Los fondos extrapresupuestarios y la caja negra de los “trabajos a terceros”

La Universidad  de los silencios

Una sesión del consejo superior donde se votó la ofensiva contra Medicina y se dispuso una virtual intervención “de facto” sobre esa facultad

Por LUCIANO ROMAN

Autoridades de todas las facultades, menos la de Medicina, se reunieron en estos días con la plana mayor del rectorado. No se habló de la problemática del ingreso, ni de los altos índices de deserción estructural, ni de las limitaciones para el desarrollo de la investigación; mucho menos de la calidad de la enseñanza ni de los nuevos desafíos de la formación profesional. Se habló, exclusivamente, de cómo piensan repartir las parcelas del poder universitario y de las candidaturas para una elección que recién se deberá hacer en el 2018. Sí, la Universidad de La Plata está preocupada, en septiembre de 2016, por definir quién será electo presidente desde 2018 hasta 2021, cómo se repartirán las vicepresidencias y cómo piensan asegurarse la continuidad del mismo esquema que ejerce el poder en la casa de estudios desde hace casi veinte años. Ni los partidos políticos se animan a tanto.

El apuro por precipitar definiciones políticas tampoco mereció debate ni reparos. Nada, en realidad, ha merecido mucho debate en la Universidad durante los últimos años. Las únicas pasiones que se han avivado han sido para arremeter todos juntos contra Medicina, a la que han atropellado por defender un examen de ingreso y por atreverse a discutir las condiciones de la formación de médicos. Fuera de ese tema, en el que tampoco ha habido debate sino un coro uniforme y altisonante contra Medicina, no se han planteado discusiones internas ni siquiera cuando todos los decanos y hasta los directores de los colegios fueron “invitados” a firmar una declaración de virtual apoyo a Scioli antes del ballotage. Aquella toma de posición, que arrastró a la Universidad a un embanderamiento partidario que había evitado hasta en las épocas de mayor identificación entre su conducción y la fuerza gobernante, no generó objeciones desde el claustro de profesores, ni tampoco provocó ninguna discusión ni debate en ámbitos institucionales como el consejo superior. ¿Todos sus integrantes tienen la misma camiseta política y creen que la Universidad debe identificarse con un candidato en cada elección nacional? En todo caso, tampoco se discutió.

La Universidad nunca ha debatido sobre el manejo de fondos ni sobre la “caja negra” de los trabajos a terceros

¿Qué es lo que ha llevado a la Universidad a anestesiar el debate interno? ¿Por qué ninguna voz se alza para plantear discrepancias ni matices? ¿Por qué no se discuten los temas de fondo y no se confrontan modelos de ningún tipo? Desde hace más de diez años no hay candidato alternativo en la asamblea que elige al rector. ¿Es natural que una Universidad transite una década completa sin discutirse a si misma?

Cualquiera podría pensar que sentados a una mesa matemáticos y psicólogos, lingüistas e ingenieros, filósofos y geólogos, economistas y arquitectos, debería haber -al menos- miradas diferentes y perspectivas antagónicas. Si se agrega el hecho de que esos profesionales provienen de distintos sectores políticos, pertenecen a generaciones diversas, y son, además universitarios (que, por definición, se ubican -o deberían ubicarse- en las antípodas de cualquier verticalismo y no responden -o no deberían responder- a ningún mandato de rígida obediencia), el resultado inevitable debería ser una suerte de debate permanente, constructivo, enriquecedor, y al mismo tiempo generador de naturales cuestionamientos y rebeldías. Cuando nada de eso ocurre, lo inevitable es preguntarse por qué.

La Universidad tiene una lista de temas tabú. Una institución que debería caracterizarse por la duda y la revisión permanente tiene, sin embargo, temas de los que no habla. En esa lista figuran, por ejemplo, la calidad de la inversión y del gasto universitario; el sistema de ingreso a sus colegios (que se define por sorteo sin que se haya discutido en treinta años si ese sistema debe ser mantenido); la articulación entre los niveles secundario y universitario; los regímenes de regularidad, que han derivado en que el estudiante promedio tarde entre 8 y 10 años en completar una carrera de cuatro; la inserción laboral de los egresados, de la que la Universidad prácticamente se desentiende, etc. La lista es más larga. Pero incluye, entre los temas tabú, otros que quizá aporten, en su oscuridad y su falta de discusión pública, alguna pista para entender esta suerte de anestesia general sobre el debate interno en la Universidad.

PARTIDAS DISCRECIONALES

No se ha discutido en estos años, por ejemplo, el perverso sistema de las partidas extrapresupuestarias, que ha hecho que la Universidad manejara durante todo el ciclo kirchnerista fondos millonarios pero por afuera de su presupuesto (un presupuesto que, vale decir, ya supera, con 3.500 millones de pesos, al de la Municipalidad de La Plata). Fueron fondos que llegaban de manera discrecional y se administraban del mismo modo. Eso puede haber generado ciertas deformaciones y dependencias que la Universidad nunca se permitió debatir.

Tampoco se ha planteado un debate sobre los fondos que llegan por vía de “trabajos a terceros” y que también forman parte de una especie de gigantesca bolsa negra que manejan algunos decanos junto al rectorado. Nada se discute sobre el rol de fundaciones que operan como virtuales consultoras paralelas con el sello de algunas facultades. No se ha discutido nunca el convenio millonario que mantuvo la Universidad durante años para la supuesta auditoría de los bingos. La nueva administración provincial cortó ese contrato con consideraciones que echaban un manto de dudas que nunca fueron aclaradas. Pero nadie levantó la mano en el consejo superior para preguntar de qué se trataba. Otro tema tabú. ¿Otro pacto de silencio?

Desde que la Universidad fue contratada por la Provincia, durante la gobernación de Duhalde, para auditar el famoso Fondo del Conurbano, se abrió un camino que ha tenido múltiples ramificaciones y que, sin embargo, nunca se ha puesto en discusión dentro de la casa de estudios.

Por supuesto, hay debates de otro tipo, si se quiere sobre calidad institucional, que ni siquiera han asomado. ¿Se debe convalidar una suerte de “conducción calesita” como la que se propone ahora? (El presidente anterior pasó a ser vicepresidente para intentar ahora ser presidente otra vez desde 2018 ¿y así sucesivamente?). ¿Es aceptable que un decano ejerza, al mismo tiempo, otra función pública, como la de concejal o Fiscal de Estado? ¿Se puede exonerar a un profesor por desacuerdos ideológicos y sin juicio académico ni derecho de defensa? ¿Es admisible la denuncia penal del rector contra un decano por discrepancias sobre la interpretación de una norma? ¿Puede integrar el claustro de profesores el líder de una agrupación que ejerce la violencia política como Quebracho? Son apenas algunos de los temas que podrían, quizá, haber despertado algún debate interno y que sin embargo han sido digeridos sin discusiones ni reparos.

OTROS DEBATES AUSENTES

No hace falta decirlo: la Universidad debería ser un ejemplo y un faro inspirador. Los logros de una casa de estudios no se miden en metros cuadrados, ni en viandas ni en boletos gratuitos. También esas “conquistas” deberían debatirse en un país donde las mayores necesidades de asistencia y ayuda estatal no están -precisamente- en el segmento de los jóvenes que tienen el privilegio de acceder a la Universidad, sostenida por el conjunto de la sociedad. Pero ha sido, en todo caso, otro de los debates ausentes.

Nadie, hace cuatro días, cuando se reunió casi toda la dirigencia universitaria para hablar -supuestamente- sobre el futuro institucional, levantó la mano para esbozar, al menos, alguno de estos debates.

No hay institución en la que la uniformidad y los silencios llamen tanto la atención como en una universidad pública, autónoma y democrática.

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