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Las calesitas siguen girando y resisten el paso del tiempo

En nuestra ciudad quedan cerca de diez. Los fines de semana se convierten en la atracción del barrio

19 de Mayo de 2002 | 00:00
"Me encantan los chicos, y verles la cara cuando se suben a la calesita es alucinante. Les fascina, lo disfrutan muchísimo. No hay dudas, pueden pasar los años pero este juego sigue atrapando a todos los pibes del mundo, sea la época que sea". La que lo dice es Adelia San Martín (56), dueña de la calesita "La Pituquita", de la plaza Iraola de Tolosa, una de las casi diez que, entre vueltas, sortijas y luces de colores, todavía resisten el paso del tiempo en los parques y plazas de la región.
A contramano de los nuevos juegos que impone la tecnología y la era digital, en distintos barrios de la Ciudad siguen funcionando las viejas calesitas, con sus caballos de madera a veces despintados, sus melodías alegres, sus platos voladores a la manera de Ed Wood y sus viejos coches de carrera con volantes que casi nunca se mueven.
"Hace diez años que trabajo como calesitera, y no debe haber oficio más hermoso que éste", cuenta Adelia, que también se encarga de hacer girar a la calesita de la Plaza Azcuénaga, en 19 y 44. Según ella, "por más que pase el tiempo y cambien las modas, este juego va a seguir atrayendo a los más chicos. Tiene demasiada mística como para desaparecer".
Al margen de las que funcionan en predios privados o casas de fiestas infantiles, hoy La Plata tiene unas diez calesitas que alegren el paisaje de plazas y parques, donde todos los fines de semana decenas de chicos van con sus padres para sentarse arriba de los caballos, dar vueltas lentamente y, por supuesto, cumplir con el clásico rito de intentar atrapar la sortija para ganar así una vuelta más.
Según Daniel Dubort, director de Espacios Verdes de la Comuna local, estos juegos "han ido desapareciendo con el paso del tiempo, ya que forman parte de otra época. Así y todo, todavía quedan algunos que se llenan los fines de semana, como los de la plaza Azcuénaga o el parque Saavedra. Es más, existe un pedido para instalar otro en la plaza Güemes".
Algo parecido opina Adelia: "A principios de los ochenta había en la ciudad algo más de 20 calesitas, pero fueron cerrando por falta de mantenimiento y por las costumbres de los nuevos tiempos". Ella estuvo hace poco manteniendo una en la plaza Brandsen, pero desde hace unos cinco años que tenía ganas de trasladarla a la plaza de 2 y 530.
"La gente del barrio primero preguntaba de qué se trataba cuando vio el corralito para la calesita. Cuando le dije lo que era, la mayoría se puso muy contenta y hasta me agradeció por seguir defendiendo una tradición muy antigua de los barrios", contó la calesitera, que cobra 50 centavos la vuelta y se encarga ella misma de maniobrar la sortija.
Para Oreste Vattimo (83), un viejo calesitero de Berisso que en sus buenos tiempos supo trabajar en los parques de diversiones de la costa atlántica bonaerense, "la calesita es un entretenimiento fascinante, lleno de mitología. No es casual que un juego tan simple haya resistido el paso de los años y se siga transmitiendo de generación en generación".
La mayoría funciona los fines de semana, y cada vuelta cuesta entre 50 centavos y un peso. Según cuentan los calesiteros, los chicos no sólo van acompañados por sus abuelos, algo bastante común y que responde a una vieja costumbre, sino también por sus padres y hermanos jóvenes.
Tras opinar que "las calesitas nunca van a desaparecer", Vattimo comentó que "es bueno recuperar estas tradiciones, recurrir a los orígenes. No digo que haya que renegar de los nuevos juegos, pero éste tiene una mística y una tradición que ya lleva años. Por más que se la de por muerta, la calesita siempre está volviendo".
Así, con otras músicas y otras tecnologías, tal vez más pequeñas y humildes que las de antes, las calesitas siguen girando en varias plazas y parques de la Ciudad, y continúan sus caballos, sus platos voladores y sus autos de carrera fijos a la madera, ese eterno y obstinado viaje que empieza y termina en el mismo lugar. Como si no fueran a ninguna parte. O mejor: como si se fueran para poder volver.
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