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DESTAORIYA 7

Por Redacción

En alguna vieja caja con fotos debe andar todavía por allí una imagen que nunca supe quien me tomó allá por principios de la década del ’50. Con mis tres o cuatro años, se me ve sentado en un silloncito de época ataviado con un muy almidonado guardapolvo blanco y portando una cartera -casi más grande que yo- de cuero grueso, seguramente llena de útiles escolares y demás implementos necesarios para vivir el Jardín de Infantes.

 

Si bien, obviamente, el documento está en blanco y negro, una de las cosas que “rompe los ojos” es un enorme lazo de cinta ancha, supuestamente azul oscuro, que rodea mi cuello y acicala, a modo de corbata, mi presencia de infante primerizo: el moño.

 

Como no era exigido en aquella época, allá en mis pagos entrerrianos, al pasar a ser alumno de escuela primaria, no tuve más referencias de él creo que hasta treinta años después -y ya siendo habitante de Montevideo- cuando mis hijos comenzaron a cumplir con sus obligaciones curriculares.

 

Y aquí en la tierra uruguaya supe que lo habían “sustantivado hacia el género opuesto” y lo llamaban “moña”. Y cómo me costaba asumir ese término para designar al adorno que, delicadamente planchado por mi esposa, lucían mis chicos cada día a la entrada a clase. Entiendo que no he podido nunca “hacer mía” tal designación.

 

Aquí el uso de la moña azul es obligatorio en los escolares, como en muy pocos países en el mundo, y su institucionalización imperativa dataría de alrededor de la misma fecha en que yo, casualmente, comencé a emplear este aditamento en Entre Ríos, tal como dije en el primer párrafo de estos apuntes.

 

Pero no solamente los uruguayos han optado por “feminizar” al moño, sino que también hallé que aquí a “mi guardapolvo entrerriano” le denominaban… túnica!.

 

Y, por supuesto que, valga la expresión, al tomar contacto con estas palabras, no pude hacer otra cosa que quedar “planchado”…

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