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Mercedes Gamboa Campos

Mercedes Gamboa Campos

Por Redacción

Integrante de una tradicional familia platense, con arraigo en tiempos fundacionales, y protagonista de un fecundo paso por tierras fueguinas -que supo plasmar con fidelidad en las páginas de un libro- Mercedes Gamboa Campos falleció en la capital federal, donde se hallaba radicada, a los 96 años.

Hija de Lía Campos Otamendi y Ricardo Florencio Gamboa -subdirector general de Rentas bonaerense-, nieta del coronel Julio Campos, gobernador de La Rioja y diputado -caído en la Revolución del Parque de 1890-, y sobrina nieta de Luis María, Manuel y Gaspar Campos, Mercedes nació a metros de plaza Rocha, en un inmueble que hoy es propiedad de la Universidad Nacional.

En esa casona de 8 entre 60 y 61 compartió la infancia y adolescencia con sus siete hermanos. Tras completar los ciclos de enseñanza primario y secundario en el colegio María Auxiliadora y el Liceo de Señoritas, su formación como profesora de Historia quedó trunca como consecuencia de su casamiento con su primo, el entonces guardiamarina Ernesto Manuel Campos.

Acompañando a su esposo, vivió en diferentes puntos del país, particularmente en el entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego. Allí, en 1944, dio a luz a una de sus hijas. Y allí regresó cuando Ernesto, ya retirado del servicio activo con el grado de capitán de navío, fue designado gobernador por el presidente Arturo Frondizi.

Su actuación como primera dama fueguina, entre 1958 y 1963, le brindó la oportunidad de traducir en hechos su solidaridad, sumando al don de gentes y la elegancia natural que poseía la hospitalidad y discreción para contribuir con la gestión de gobierno de su esposo, aún hoy recordada por su pujanza y honestidad.

También lo acompañó cuando, en 1973, fue electo diputado nacional en representación del MID. Y volcó sus experiencias en un libro que llegó a ser presentado en el Senado nacional: “Un pionero de la Tierra del Fuego. Mi vida junto a un soñador”, en el que relata sus impresiones y experiencias.

“Mecha”, tal como se la conocía con afecto, transitó la última etapa de su vida en la capital federal, junto a los suyos y un núcleo de amigas incondicionales a las que deleitaba con su prodigiosa memoria: solía evocar sus estadías en la estancia materna “15 de febrero”, de Lobería, sus veraneos en City Bell, donde una calle lleva su nombre, sus bailes en el Jockey Club, y se explayaba acerca de temas políticos, sociales, históricos y geográficos.

Profundamente religiosa, cariñosa, viajera y “amiguera” -disfrutaba de largas partidas de naipes junto a sus amistades-, mantuvo siempre cercanos los vínculos con su ciudad natal, en la que vive gran parte de su familia.

Respetando su voluntad, sus restos descansan en el mausoleo que el pueblo y gobierno fueguino construyeron en homenaje a su marido en Ushuaia, próximo a los mares australes.

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