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SERGIO SINAYsergiosinay@gmail.com
“Lo que sabemos de la crisis financiera mundial es que no sabemos mucho”. A pesar de haber ganado el premio Nóbel de Economía en 1970, Paul Samuelson (1915-2009) admitía con realismo los límites de la que muchos de sus cultores consideran una ciencia. Si la economía lo es o no, da para una larga discusión, más aún cuando la verificación de sus postulados suele ser continuamente errónea y sus predicciones de fenómenos específicos, según una característica que el filósofo político y de las ciencias Karl Popper atribuía a la ciencia, fallen continuamente. Vale decir que Samuelson fue un economista muy interesante, que además de haber integrado las matemáticas a la economía supo moverse con plasticidad entre los mercadistas (adversos a las regulaciones, fóbicos respecto del Estado y confiados en que los procesos económicos se autorregulan eficientemente, sobre todo cuando los benefician a ellos) y los keynesianos (seguidores del pensamiento del inglés John Maynard Keynes, quien proponía justamente la intervención estatal para estimular el consumo y la producción, a través de la emisión, en los momentos de crisis). Samuelson no negaba al mercado, pero tampoco era ciego ante los estropicios de este. Donde el máximo gurú del mercado, su colega Milton Friedman, veía al dinero como herramienta esencial de la economía, Samuelson observaba la presencia de personas y sus comportamientos, y las veía como las principales víctimas de las crisis. Confiaba en que, durante las crisis y la escasez, las personas eligen racionalmente las mejores opciones.
Curiosamente, esas mejores opciones no son, a la luz de los hechos, las que toman los responsables de conducir la economía argentina. De ahí, quizás, las crisis a repetición que periódicamente desbaratan sueños, proyectos, economías personales y familiares, emprendimientos y esperanzas. Vivimos hoy uno de esos procesos, con su secuela de desaliento, frustración y decepción. Según el filósofo francés André Comte-Sponville, autor de “El capitalismo, ¿es moral?”, las crisis tienen un aspecto favorable. Desbaratan las certidumbres, obligan a pensar, desentumecen las neuronas, nos desafían a revisar y transformar nuestros modelos mentales y, acaso, nuestra forma de vida. Comte-Sponville no cree que se pueda, ni que se deba, cambiar el capitalismo. Nadie ha ofrecido seriamente una opción mejor, dice. Pero piensa que es necesario refundarlo. Refundación significa para él “volver a sus fundamentos éticos”. Para ello propone recuperar las ideas del economista alemán Max Weber (1864-1920), considerado como uno de los padres (junto al francés Emile Durkheim) de la sociología moderna.
Weber sostenía que, en todas las latitudes, los seres humanos tenemos necesidad de alimentarnos, reproducirnos y relacionarnos, y en que cada caso lo haremos según la cultura, la historia, la religión, las tradiciones predominantes en donde nacemos y nos desarrollamos como personas. Las religiones que no consideran el lucro como pecado son las que impulsaron el espíritu del capitalismo, según él. El trabajo, el esfuerzo, la responsabilidad, el logro son en esas sociedades valores altamente considerados. Y en torno de ellos se construye, sostiene y transmite una ética. Para Comte-Sponville volver a Weber, es recuperar sus fundamentos éticos. La responsabilidad, la justa remuneración del riesgo y del trabajo, el ahorro, el rigor, la honestidad.
Esta línea de pensamiento conduce a la idea de que las crisis económicas y financieras son más que eso. Son también crisis éticas y morales. Cuando la moral es incapaz de regular el funcionamiento de la economía, afirma el filósofo francés, no se pueden evitar los efectos perversos y peligrosos del capitalismo. Si la rentabilidad fácil e inmediata, el lucro a cualquier precio y la conversión de todo en mercancía (incluidos el trabajo, los vínculos humanos, las funciones políticas y gubernamentales) se convierten en fines y justifican los medios, y no hay reglas de juego, se imponen los más fuertes, los más voraces, los más inescrupulosos. Los mercados. En ellos no hay responsabilidad, no hay nombres, sus integrantes actúan en las sombras, la moral les es ajena, las personas valen menos que la rentabilidad.
Los gobiernos no deberían someterse a ellos, dice Comte-Sponville. Si lo hacen, el Estado resigna una de sus fundamentales razones de ser, como es regular eficazmente el funcionamiento de la economía y de la sociedad velando por el bien común. Generalmente las graves crisis sobrevienen cuando el Estado vela por los mercados y no por los ciudadanos. También es cierto que a los gobiernos de turno les resulta más fácil disimular esto cuando la propia sociedad en su conjunto está distraída, con la atención puesta en intereses inmediatos e individuales, encandilada con la posibilidad del lucro jugoso y, en lo posible, cómodo, desinteresada de lo colectivo presente y de diseñar un proyecto que integre los intereses diversos que naturalmente anidan en ella y abra una visión compartida de futuro. Es que, como señala en “Guía ética para personas inteligentes” la prestigiosa filósofa británica Mary Warnock, miembro de la Cámara de los Lores, la moral pública no existe por sí misma. Es la suma de la moral privada de cada uno de los miembros de la sociedad.
Por este motivo las crisis económicas, sociales y financieras se presentan como una oportunidad de revisar la coherencia entre los valores individuales y su puesta en práctica en la vida de cada día, entre los principios y su modo de vivirlos. Esto vale para todos, desde el ciudadano anónimo hasta el principal gobernante. Porque las crisis de este tipo rara vez se presentan sin aviso, de manera abrupta. Se cuecen a fuego lento, en el caldo cotidiano de nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestro modo de trabajar, de cumplir con los deberes ciudadanos (o de eludirlos), de afrontar responsabilidades (o deslindarlas considerándolas “culpas” de otros).
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Según la actitud ante ellas las crisis pueden ser punto de partida para transformar nuestra manera de vivir, nuestras prioridades, nuestra manera de participar en las cuestiones vinculadas con el bien común. O pueden resolverse con un analgésico, como viene ocurriendo con cada una de las que nos tocó vivir desde hace 35 años, cuando se reinstaló la democracia. El problema con los analgésicos es que acallan los síntomas y generan una ilusión de alivio, siempre transitoria, pero no abordan su causa. La enfermedad sigue ahí, al acecho, hasta el próximo y más doloroso síntoma.
Las pasiones humanas son a veces más peligrosas que los intereses, advierte Comte-Sponville. Una crisis económica y financiera no es buena para el interés de nadie, e incluso quienes las promueven suelen terminar perdiendo en ellas. “Sin embargo, la codicia, que es la pasión por el dinero, los impulsa, incluso contra su propio interés”, escribía en marzo de 2009 en una columna para la revista “Challenges”. Y concluía que, mientras se los deje libres y sin regulaciones, normas ni control, los mercados siempre provocarán burbujas y crisis. Está en su naturaleza, como está en la del escorpión picar, aunque prometa no hacerlo. Exigir que el escorpión no quede libre es responsabilidad de quienes sufren su veneno. Un deber moral ciudadano.
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