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Séptimo Día |LAS DEBILIDADES DE LOS GRANDES EN LAS PANTALLAS
¿Ídolos con alas doradas o con pies de barro?

La difícil relación entre el arte y el deporte. Documentales, películas y series de Netflix sobre Vilas, Monzón, Michael Jordan, Gatica, Fangio, Ginóbili y otros deportistas. La mirada crítica de los intelectuales

¿Ídolos con alas doradas o con pies de barro?

Guillermo Vilas, el mejor tenista argentino de todos los tiempos / web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

15 de Noviembre de 2020 | 08:23
Edición impresa

Siempre fue cambiante la relación entre el arte y el deporte. El primero no dejó nunca de exaltar a los deportistas, pero, como contrapeso, tampoco se privó de ponerles banderillas al toro. La historia enseña que, después de los elogios, casi siempre fue ligera y horadante la mirada de los artistas –el rol de la letra impresa, de las cámaras y los guiones- para detectar el lado débil u oscuro de los héroes que fueron subiendo a los podios.

Pasó con los escritores de la Antigüedad y ocurre ahora con los directores de cine y de series de TV, cuando eligen a un triunfador y exponen sus grandezas en las pantallas, pero también escarban en sus debilidades. No sea que los públicos se queden sólo con la visión de las medallas, laureles y dólares que los triunfadores conquistaron. Los artistas que les dan renombre a los deportistas, también les recuerdan la ley del toma y daca. Como decían los griegos, primero los llevan a las alturas y después los abandonan. Mejor dicho, los dejan ver como realmente son.

¿Cuántos casos hay? Muchos, seguramente. Figuras estelares del box, del fútbol, del ciclismo u otros deportes, eclipsados luego y arrojados al olvido. Cabeza de oro, torso de plata, caderas de bronce, piernas de hierro y…pies de barro. Así está escrito en la Biblia el sueño de Nabucodonosor, rey de Babilonia. Soñó con esa figura y vio en el sueño cuando una piedra golpeaba esos pies y el ídolo –el ídolo con pies de barro, de allí viene la expresión- se desmoronaba.

Esto no es lo que ocurre la película sobre Guillermo Vilas, estrenada por Netflix hace pocos días. Vilas es uno de los diez ídolos deportivos de la Argentina junto a Juan Manuel Fangio, Diego Maradona, Roberto De Vicenzo,. Emanuel Ginóbili, Lionel Messi, Carlos Monzón, Luciana Aymar y Adolfo Cambiasso, elegidos en diversas encuestas, la mayoría de ellos con más de una serie o una documental en Netflix.

Vilas no sólo terció entre los mejores de tenis del mundo en la década del 70, sino que popularizó ese deporte en nuestro país hasta niveles nunca antes alcanzados. Su trayectoria fue límpida e irrepetible hasta ahora. Un arquetipo puro de campeón, pero debería hacerse notar que la película no refleja la esencia de su deslumbrante carrera –lo hace de soslayo- sino que transmite la obstinada pelea en que está enfrascado Vilas desde que se retiró, para que la asociación mundial de tenis le reconozca que fue el número 1 del mundo durante unas semanas en 1977.

‘Vilas: Serás lo que debas ser o no serás nada’ se titula el documental dirigido por el argentino Matías Geilburt que describe la lucha casi épica, casi inexplicable y desconocida hasta hace poco, que planteó Vilas hace 45 años ante la asociación mundial de tenis pidiendo que se le reconozca que fue el número 1 durante varias semanas en el año antes mencionado. El tenista contó con la colaboración del periodista deportivo Eduardo Puppo, que tomó la bandera de la investigación.

Aquí corresponde detenerse. En la película, en la que aparecen saludando a Vilas los principales tenistas de la historia y de la actualidad, el argumento se demora en la agotadora y administrativa búsqueda de torneos y los correspondientes puntajes, con fechas y cómputos volcados en computadoras, mientras que no refleja, con similar empeño, la enorme capacidad de irradiación deportiva de Vilas.

Salvo algunas referencias a sus primeros pasos como deportista durante su infancia en Mar del Plata y su ingreso al circuito profesional, se dejan de lado algunos capítulos glamorosos -sus muy promocionado romance juvenil con Carolina de Mónaco, su inclinación a la poesía y al rock, su orientalismo-, entre otros muchas facetas de una vida rica en matices y vivencias. Y, quizás, para no apartarse de la tradicional ecuación “arte-deporte”, lo que sí se exponen, en los minutos finales de la película y con desgarradora crudeza, son imágenes que conmueven al más pintado y que pudieran haberle ahorrado a los espectadores.

EL PRIMERO DE LOS MODERNOS

El atleta estadounidense de raza negra, Jesse Owens, fue tal vez el primer deportista que enfrentó el poder de los medios de comunicación, pero nada menos que los que pertenecieron al Tercer Reich de Adolf Hitler y, sobre todo, a su siniestro ministro de propaganda Joseph Goebbels. Alemania organizó los Juegos Olímpicos de 1936 y, después de superar trabas discriminatorias en su propio país, Owens llegó –sólo y su alma- para disputarle el triunfo nada menos que a los rubios alemanes, candidatos al oro en las pruebas de velocidad y salto en largo.

El desafío era absoluto, alcanzaba categorías étnicas. Los nazis invocaban en esos años la superioridad de la raza aria. Owens podía aguar esa fiesta. Pero existió además otro dato notable: los nazis contaban con una cineasta –Leni Riefenstahl- que debía filmar el documental completo de los juegos para dejar plasmado allí el predominio alemán.

Sin embargo Owens ganó en cuatro competencias y obtuvo otras tantas medallas de oro. Burlando las tácitas directivas de Goebbels, la cineasta consiguió llevarlo a Owens al estadio de Berlín porque no había podido filmarlo cuando ganó la medalla en salto en largo. De modo que la escena, que hoy sigue viéndose, está trucada. La filmaron varias veces hasta que la cineasta, que se jugaba, cuanto menos su trabajo, quedó conforme.

Owens fue así el primero de los atletas modernos en ser consagrado por las pantallas y nada menos que a través de las cámaras nazis. Cuando volvió a Estados Unidos, el presidente Roosvelt no lo recibió. Cuando le hicieron un homenaje en el Waldorf Astoria, por su color de piel no lo dejaron entrar por la puerta principal y tuvo que hacerlo por la de servicio del majestuoso hotel. Lo hizo por la de los empleados y subió al salón en un montacargas. Poco tiempo después, no consiguió trabajo y sólo logró ganar algún dinero corriendo en distancias cortas, en indignas competencias contra caballos de carrera. Más adelante llegaría la bancarrota para él, que era una leyenda.

LOS BOXEADORES

La saga mediática de los boxeadores –de todos los países y del nuestro también- no puede ser más elocuente. Se inició con Primo Carnera, aquel gigantón ítalo-norteamericano, que llegó a campeón mundial en la década del 30. Derrotado, lo acusaron de haber sido producto del tongo organizado por las mafias y vegetó después en la lucha libre y como actor de reparto. Le siguió otro estadounidense, Rocky Graziano, un fajador que llegó a la gloria y cuya vida interpretó después Robert de Niro, que aprendió box durante seis meses antes de filmar. En realidad, el arte cinematográfico le debe mucho a Graziano, porque en su vida se inspiró Sylvester Stallone para lanzar la millonaria serie “Rocky”.

Las películas sobre Carnera y Graziano tuvieron correspondencia en nuestro país con las dedicadas a José María Gatica y Carlos Monzón. Mujeres derrochadoras, alcohol, automóviles caros, gastos en joyas y tapados de piel, incidentes callejeros, drogas y hasta un homicidio se vieron reflejadas en las dos excelentes películas filmadas sobre ambos. Curiosamente, Gatica y Monzón murieron en la calle, en accidentes automovilísticos. También moriría atropellado por un auto de carrera otro campeón de boxeo, Víctor Galíndez.

Por cierto que el cine, la TV y ahora Netflix realizaron excelentes documentales y series con deportistas menos problemáticos y con ellos no pudieron aplicar la temida ley del “toma y daca”. Frente a figuras internacionales como Michael Jordan (una de las series más completas sobre deportistas), Juan Manuel Fangio, Emanuel Ginóbili (“La Generación Dorada”), Roberto De Vicenzo, Graciela Sabatini y Lucha Aymar, las cámaras no buscaron la cara oculta en ellos. Ellos y muchos otros no ofrecieron flancos, en los que poder golpearlos.

EL FÍSICO

En la Antigüedad se consideraba que la palabra “físico” servía para describir algo concerniente al cuerpo y no a la mente. El término deriva del griego –“physikos”- y significaba lo “relacionado a la naturaleza”. La actividad física, el deporte, se definía como “la acción del cuerpo”. No se trataba de una antinomia –de allí lo de “una mente sana en un cuerpo sano”, según definió Juvenal-, pero si de una suerte de distanciamiento.

Está claro que los griegos o romanos no despreciaban “las acciones del cuerpo”, sino que las integraban al ámbito educativo. Platón y Aristóteles coincidieron en la necesidad de incorporar la actividad física y la gimnasia en la educación de los jóvenes. No querían atletas, pero sí personas integradas.

Haría falta mucho espacio para señalar que ambas categorías, con el tiempo, se distanciaron. Hubo una depreciación cultural de la naturaleza por parte de los intelectuales. “El campo es el lugar donde se pasean los pollos crudos”, dijo una vez el poeta francés Max Jacobs. Con el surrealismo, literatura y deporte dejaron de verse emparentadas.

Ese fenómeno se revirtió en la actualidad. Los artistas vinieron ahora a reivindicar al deporte y a sus cultores. Les escriben poemas, los ensalzan, filman sus vidas, reflejan en series y documentales sus experiencias de vida. Eso sí, como se ha dicho ya, no dejan de mirar los pies de todos los deportistas. No vaya a ser que sean de barro. Porque entonces pondrán los ojos, los focos y las cámaras allá, para ver de qué material está hecha la base de los ídolos.

 

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