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Los virus detrás del virus

Por: SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

8 de Marzo de 2020 | 08:32
Edición impresa

La palabra virus es de origen latino y remite a violento y virulento. Describe a organismos microscópicos que solo pueden reproducirse dentro de las células de otros organismos, y que se instalan en esas células como agentes infecciosos. Periódicamente una familia de esas minúsculas partículas pone en vilo a la humanidad. Es lo que ocurre en estos días con el coronavirus, cuyo nombre oficial es COVID-19. Mucho más allá de sus efectos directos sobre la salud cualquier virus que provoque una epidemia tiene hoy resonancias sociales y económicas que ponen al desnudo mecanismos del mundo en que vivimos.

Hacia el final de esta semana la Organización Mundial de la Salud (OMS) había registrado poco más de 90 mil casos de personas infectadas por el coronavirus en todo el planeta. El mismo planeta en el que cada año, según el mismo organismo, mueren 650 mil personas víctimas de la gripe estacional común, propia de cada invierno, y alrededor de un millón 300 mil vidas son segadas por la tuberculosis, enfermedad relacionada con precarias condiciones de vida y de trabajo, y que en algún momento se creyó erradicada. Millones de personas, contando la Argentina y otros 20 países de América Latina, son afectadas directa o indirectamente, siempre de acuerdo con la OMS, por el mal de Chagas, dolencia transmitida por la vinchuca y favorecida en su expansión por la pobreza y las condiciones de vida miserables. La malaria, otra de las “enfermedades de la pobreza”, ataca a cerca de 300 millones de personas en todo el mundo (especialmente en el África subsahariana), de las cuales aproximadamente un millón mueren. Aunque no son transmitidos por un virus, también el hambre y la desnutrición matan a decenas de miles de los 1.200 millones de seres humanos que los padecen en el mundo.

LOS OTROS VIRUS

¿Por qué razón, si toda vida es importante, y si, como escribiera el teólogo y poeta metafísico inglés John Donne (1572-1631), ningún ser humano es una isla, si somos todos partes de un continente y cada vez que doblan las campanas lo hacen por cada uno de nosotros, existe alrededor del coronavirus un despliegue mediático y una epidemia de paranoia como jamás se registran en torno de otras enfermedades, como las mencionadas antes? Una explicación podría residir en la globalización, fenómeno por el cual han caducado las cuestiones individuales y locales, y en segundos se sabe todo acerca del mundo y de las personas, gracias a la hiper velocidad conque corren y se desparraman las noticias, tanto falsas como verdaderas, los rumores, los supuestos, los pánicos. Una velocidad que impide digerir la información, que se opone a todo intento de pensar, de reflexionar, una velocidad que elimina los filtros y hace que se expanda otro virus, el de la ignorancia. No hay otra explicación, por ejemplo, para el desabastecimiento mundial de barbijos, pese a que se haya explicado una y otra vez que su eficacia es casi nula y que el virus se ríe de ellos. Tampoco hay otra explicación para la sinofobia, una de las tantas y variadas formas de discriminación que afectan a la especie humana de un modo pandémico.

“El coronavirus pasará, la ciencia `triunfará´ sobre él, habrá un respiro y volverán los turistas”

 

Pero no solo los virus de la ignorancia y de la discriminación y el egoísmo (“Me salvo yo, aunque perezca el mundo”) acompañan al COVID-19. También el de la codicia, el del materialismo desembozado, el de la voracidad depredadora. Uno de los títulos principales del diario catalán “La Vanguardia” era, el lunes 2 de marzo, el siguiente: “¿Seguirá la crisis del coronavirus en las bolsas o es el momento de comprar?” En el desarrollo de la noticia, la autora de la nota, Pilar Blázquez, escribía: “El primer instinto nos lleva, inevitablemente, a las crisis similares como el SARS o la gripe aviar. En ellas, la recuperación de las bolsas fue casi inmediata tras el fuerte desplome. El problema hoy es saber si las caídas han terminado ya, o el castigo continuará”. Esto reflejaba el clima que se vivía (y vive) en los grandes centros financieros del mundo. Para los mercados, como para Calígula, el emperador romano recreado en su obra teatral del mismo nombre por el genial Albert Camus (1913-1960), autor de “El Extranjero” y de “La peste” entre otras obras maestras de la literatura, entre la vida y el botín, siempre prevalece el botín.

Las “enfermedades de la pobreza” (y el hambre y la desnutrición mismos) indican desde su nombre que no son negocio. Donde hay pobreza no hay dinero. Pero una vacuna para padecimientos como el coronavirus o cualquiera de las virosis que periódicamente ocupan las primeras planas ofrece jugosos costados económicos. Hay compras masivas de gobiernos, suben las acciones de los laboratorios que las producen, corren los fondos de inversión a posicionarse como accionistas privilegiados. La cara económica oscura de la epidemia es que, como en este caso, las industrias que, a lo largo del planeta, se abastecen de insumos chinos (como la automovilística o la electrónica) bajan su producción y sus ventas (y el precio de sus acciones en los mercados) por falta de esos materiales. Esto enferma a muchos, claro, pero no de coronavirus, sino de los nervios. De todas maneras, como escribe el ensayista británico Mark Fisher (1968-2017) en su implacable obra titulada “Realismo capitalista”, el capitalismo tardío, la etapa de este sistema que vivimos hoy, es capaz de metabolizar y absorber cualquier cosa, cualquier objeto, cualquier tema o fenómeno con el que tome contacto. Y como el fin último es el botín (Calígula dixit) los que hoy pierden en las Bolsas, mientras otros embolsan lo suyo, encontrarán su revancha mañana. Y lo harán a cualquier precio.

EL CÍRCULO SIGUE GIRANDO

En un revelador artículo que publica este mes la revista “Le Monde Diplomatique” la periodista Sonia Shah, especializada en temas ecológicos, muestra cómo la deforestación masiva en todo el mundo y la destrucción permanente del hábitat en nombre de la explotación económica contribuyen a la vulnerabilidad humana. Al destruirse ecosistemas, muchos virus y bacterias mutan, buscan nuevos escenarios, se transportan al organismo humano, del que se hallaban ausentes y lejanos, se hacen fuertes allí y generan enfermedades desconocidas. Y allí el círculo vicioso se reinicia: paranoia, tratamiento mediático desmesurado que escasamente investiga causas y se detiene en los efectos más espectaculares, arranques xenofóbicos (curiosamente las virosis no suelen descubrirse en los países centrales y desarrollados, el peligro viene “de afuera”, de los “otros”, los asiáticos, los africanos, los latinos, los animales, etcétera), y de, inmediato, la carrera por descubrir los aspectos económicamente lucrativos de las epidemias y exprimirles hasta la última gota o el último dólar.

Como ha ocurrido con sus antecesores, el coronavirus pasará, la ciencia “triunfará” sobre él, habrá un respiro, volverán las oleadas de turistas, los cruceros atracarán felizmente en todos los puertos, todo el mundo volverá a estornudar sin riesgo de ser excluido o internado, las acciones seguirán subiendo y bajando enloquecidamente al compás de los mercados, las enfermedades de la pobreza se perpetuarán desatendidas, la devastación de la naturaleza se extenderá al ritmo que le exijan diferentes negocios e industrias y así será hasta la aparición del próximo virus y de la próxima cumbia dedicada a ese virus.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

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