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Política y Economía |EL DÍA DE LA RENDICIÓN EN MALVINAS
Ese triste 14 de junio de 1982

El papel que cumplieron los generales Jeremy Moore y Mario Benjamín Menéndez durante el último día de hostilidades. El acta de rendición redactada en una vieja máquina de escribir

Ese triste 14 de junio de 1982

HILARIO MOLLAR
Por HILARIO MOLLAR

15 de Junio de 2020 | 04:09
Edición impresa

“General Menéndez, todos estamos cansados y queremos volver a casa; terminemos con esto...”

Ningún general argentino pisó jamás el campo de batalla en Malvinas; ni siquiera un minuto para la foto. En cambio él, el mayor general John Jeremy Moore, sí pisó, caminó, transitó en vehículos terrestres y sobrevoló en helicóptero el campo de la lid, desde la Bahía de San Carlos hasta Puerto Argentino (Stanley).

Era un veterano avezado que había llegado a ser el jefe e instructor de las fuerzas de comando del Reino Unido y que ya tenía concedida su jubilación tras haber intervenido en operaciones militares de alto riesgo. Un hecho fortuito lo puso en Malvinas. El otro general, su enemigo, solo había estado en los montes tucumanos buscando sin encontrar a los guerrilleros del ERP.

Iba y venía el británico, de la vanguardia a la retaguardia. La artillería argentina lo tuvo en la mira varias veces y le picó cerca con sus cañonazos de 105 y 155 mm. Al punto de que sus custodios se alejaban de él por considerarlo “mufa” (donde estaba él caían los proyectiles).

A las 9 de la mañana del 14 de junio, las tropas británicas estaban en las afueras de la capital isleña formado un semicírculo envolvente. Debía llevarse adelante la “fase 3”, de irrupción violenta sobre las últimas posiciones argentinas. Moore en persona debía avanzar con sus marines sobre Sapper Hill. Y el resto, a Puerto Argentino. Pero al ver que pelotones de soldados argentinos arrojaban sus armas y se rendían y otros se replegaban sin disparar, ordenó un alto el fuego unilateral (sólo usar las armas en defensa propia, fue la consigna).

“El Ejército no se rinde. Será usted el que se rinda”, recordó Menéndez que le dijo Galtieri

 

Fue entonces que se iniciaron los contactos, primero por radio. Permitió que flamearan algunas banderas blancas y se organizara una reunión de oficiales superiores del estado mayor de Moore con Menéndez y algunos de sus adláteres. Fue en Moody Brook, afuera del área urbana. Regía de hecho un alto el fuego y se iniciaba la discusión de las condiciones de rendición.

Las conversaciones comenzaron a las 4 de la tarde. Los ingleses habían llegado con sus demandas, que inicialmente incluían hasta la indemnización por pérdidas de guerra. Lo que sí les preocupaba era que cesaran las operaciones de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval, que salían desde Río Gallegos o Comodoro Rivadavia, y que se entregaran las tropas que estaban en la isla Gran Malvina (entre mil y dos mil infantes argentinos). Temían los británicos, un eventual contraataque.

Menéndez tenía que asegurar el cese total de hostilidades. El comodoro Crespo, en Comodoro. Rivadavia, quería lanzar una contraofensiva aérea, Galtieri pedía continuar la batalla y los infantes de marina del BIM 5 del capitán Robaccio seguían a los tiros cuando el resto ya había acallado sus cañones y fusiles.

Menéndez le dijo a quien esto escribe que sus diálogos con Galtieri eran angustiantes, pues no resolvían nada. Le exigía continuar la batalla y no entendía que no había más fuerza física ni moral, ni municiones, ni artillería ni apoyo aéreo. “El Ejército no se rinde, en todo caso será Ud. el que se rinda y tendrá su consejo de guerra”, le advirtió el Presidente de facto y le cortó.

Menéndez me dijo que él creía que Galtieri deseaba que todos hubieran muerto para poder decir a la historia que el Ejército entregó hasta su última gota de sangre. “Pero yo soy católico, no podía permitir eso y además veo a mis soldados y oficiales y me doy cuenta de que ya no se puede hacer nada”, enfatizó en una charla 19 años después de la guerra.

“incondicional”

La palabra incondicional del acta de rendición era inaceptable para Menéndez, pero era una imposición de Londres. Y ahí se pusieron a redactar un acta bipartita de condiciones, entre las cuales el general argentino pedía que las unidades conservaran sus banderas, lo que fue aceptado siempre que no las hicieran ondear y que no hubiera manifestaciones de victoria. Se escribía en una sola máquina Olivetti Lexicon 80, no se aceptaba el uso de carbónicos ni correcciones al tipeado, amén de tener que traducirlo a ambos idiomas. Para más, aquellos oficiales del Proceso eran poco preparados: no encontraban uno que supiera inglés en serio, hasta que apareció el teniente coronel Doglioli.

Moore es trasladado en helicóptero hasta las proximidades del encuentro con Menéndez. “General Menéndez, todos estamos cansados y queremos volver a casa; terminemos con esto de una vez, lo más rápido posible”, dijo.

Moore vestía uniforme de combate mimético, tenía el rostro tiznado y sus borceguíes embarrados. Menéndez estaba impecable (uniforme verde oliva planchado, peinado a la gomina, borceguíes lustrosos, rostro fresco y afeitado, los laureles en sus solapas y el bastón de mando en sus manos enguantadas). En su descargo, diría que se había acicalado exprofeso para recibir a tan dignos visitantes en ocasión tan especial, pero alegó que llevaba 36 hs. sin dormir.

El argentino reiteró que no iba a firmar si se mantenía la palabra “incondicionalmente” en el acta de capitulación. Moore respondió que sólo Su Majestad podía quitar esa palabra y que él no tenía posibilidades de llamarla. Menéndez amenazó con que, entonces, cada cual volviera a sus posiciones y continuara la batalla. Allí el militar británico pidió tiempo para consultar con la premier Thatcher, salió a la intemperie y “simuló hablar con Londres, yo creo que fue toda una puesta en escena”, opinó Menéndez a este periodista.

Volvió Moore, tomó una birome que había sobre el escritorio y tachó la palabra “incondicionalmente” (en inglés). Por encima de esa tachadura, Menéndez estamparía sus iniciales como refrendo. Pero, fiel a la burocracia y a la solemnidad castrenses, demandó rescribir el acta y hacer traducción simultánea, lo cual seguía demorado la cosa. Moore le habría contestado: “Firme general el acta esta, en inglés, que es la que vale para nosotros, y después haga reproducciones, traducciones, lo que quiera”.

LA CAPITULACIÓN

Moore necesitaba un papel firmado para calmar a las fieras de Londres, mientras que Menéndez necesitaba pasarlo en limpio en español para sacar la palabra invalidada y poner Malvinas donde decía Falklands, Puerto Argentino donde decía Stanley, Soledad donde decía West Island. Al gobernador en desgracia ni siquiera le atendían el teléfono en el Palacio San Martín de la Cancillería donde quería pedir instrucciones.

A las 20.59 hora argentina Menéndez firmó la capitulación. Inmediatamente salió un radiograma hacia el buque donde estaba el comandante de la flota británica, almirante Woodward, y de allí al número 10 de Downing Street, clasificado, secreto y sólo para entregar en manos de la premier Margaret Thatcher, quien llamó inmediatamente a la reina para informarle y de allí partió al Parlamento donde explicó lo que había reportado el general Moore. La BBC lo difundió con una sobriedad inusitada, como quien menciona un hecho rutinario.

“TARDÉ MÁS DE LO PREVISTO”

Patrick Watts, que dirigía la estación de radio de las Malvinas en 1982, y estuvo presente en la ceremonia de firma de rendición, recuerda: “Esperamos a que llegara el general Moore, pensando que veríamos a un oficial con un uniforme reluciente y limpio. Un pequeño individuo sucio y con crema de camuflaje en la cara subió los escalones. Obviamente era un soldado de que había experimentado las mismas dificultades que sus hombres, de ahí la gran consideración con la que estaba valorado”.

Moore pidió conocer a la población, que estaba a oscuras, y caminó hacia la Tienda Oeste, donde 100 personas se refugiaban bajo tierra. Se disculpó por “haber tardado más de lo previsto”.

Antes había acordado con Menéndez la evacuación más rápida posible de todos los soldados.

En el buque Canberra, que trasladó más de 4.000 soldados argentinos al continente, los combatientes comieron nutritivos y ricos alimentos, disfrutaron de duchas de agua caliente, camas cómodas y limpias y un tratamiento no solo civilizado sino honroso (lo sostienen los testimonios).

“Moore tomó una birome que había sobre el escritorio y tachó la palabra incondicionalmente”

 

Moore ya estaba retirado y jubilado, su convocatoria fue para asesorar a la plana mayor, primero en Londres y luego en la isla Ascensión. A último momento lo designaron como comandante de las fuerzas de desembarco para resolver una interna entre el jefe y los cuadros de la infantería de marina y el jefe y los cuadros de la infantería del ejército. Él era respetado por todos, por eso usó un uniforme neutro y una gorra que no correspondía a ninguna unidad, aunque él era de la marina real.

No tuvo altisonancias, no se atribuyó ningún mérito, declaró que “el mejor jugador del partido” había sido su segundo, el general de brigada Julian Thompson, al que virtualmente había desplazado en la toma de decisiones.

Volvió a su tierra, pasó a retiro y se dedicó a trabajar en el sector privado (director de la Federación de Alimentos y Bebidas) y a dirigir obras de caridad y a apoyar actividades eclesiásticas.

Murió 25 años después de la guerra, a los 79 y sus restos fueron despedidos sin fastos, solo los consabidos obituarios en los diarios de Londres. Ni se candidateó a nada, ni fue figura mediática, ni escribió libros.

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El acta de rendición, un ícono del final de la Guerra de Malvinas / Archivo

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