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La Noche de los Lápices: ¿por qué con los estudiantes?

Por: Miguel Angel Abdelnur

16 de Septiembre de 2020 | 03:30
Edición impresa

Abogado

“Innúmeras son ya las vidas truncas. Cadáveres sepultos no se sabe dónde. No hay cementerios de vencidos”, Jorge Guillén, de “Guirnalda civil”.

El 16 de setiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios fueron secuestrados en La Plata por un autodenominado “grupo de tareas”, integrado por miembros de las Fuerzas Armadas. Previamente estos niños-adolescentes se habían manifestado reclamando la reimplantación del boleto estudiantil, que habían obtenido en el año 1975 y que el gobierno militar, instaurado tras el golpe de Estado de marzo de 1976, había suspendido. Torturados hasta lo indecible y tras ser llevados a diversos centros clandestinos, 6 fueron asesinados y 4 liberados para que difundieran la masacre.

El episodio es conocido como La Noche de los Lápices ¿Porqué razón -si es que puede hablarse de razón- los dictadores perpetraron este acto siniestro en represalia por una simple estudiantina? La única explicación posible es que quisieron demostrar a la sociedad que ostentaban un poder ilimitado sobre la vida de cualquier persona -aún de niños- y que no vacilarían en usarlo las veces que fuera necesario a fin de mantenerlo. De Herodes para acá, la matanza de niños significa eso: el ejercicio del poder absoluto por medio del terror; la extrema crueldad.

Seguramente fue en ese momento que advertimos la magnitud de los acontecimientos que nos tocaba vivir. Ya no podían caber dudas sobre las intenciones del gobierno militar. Aquella bravata del interventor de la provincia de Buenos Aires, General Ibérico Saint Jean, cuando decía que “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos”, se materializaba en los hechos.

La conducta que asumimos, en ese entonces, una gran parte de los argentinos fue la no colaboración, la no complicidad, con la dictadura. En mi caso particular, y dada mi condición de abogado libre, integré el pequeño grupo de quienes firmamos hábeas corpus por los detenidos y desaparecidos. Pero cada uno en su ámbito hizo lo que pudo. Sin embargo, muchos de nosotros debimos previamente superar dos serios obstáculos: por un lado, el miedo por la seguridad y la vida de nuestras familias; y por otro, el repudio a la violencia armada -de cualquier signo- que se desató en pleno gobierno constitucional y que contribuyó a frustrar la incipiente democracia que habíamos conseguido en 1973, sumiéndonos en la dictadura militar de 1976 y el subsecuente terrorismo de Estado (en lugar de deponer las armas y encarrilarse en la vida institucional, los facciosos -reitero: de cualquier signo- decidieron hostigar y desestabilizar al gobierno democrático, con las consecuencias conocidas). Pero superamos estas objeciones de conciencia y obramos en consecuencia.

Ahora, analizadas las cosas con la perspectiva que da el tiempo, me convenzo que esta resistencia fue clave para provocar el deterioro y caída del gobierno militar. Es que las dictaduras no pueden sostenerse sin la colaboración, o cuanto menos la complacencia, de la sociedad civil. No les basta a los tiranos con alguna ayuda aislada. Necesitan una adhesión más amplia. Fue así que, encerrados en sí mismos y envalentonados por el “éxito” obtenido en el plano interno mediante su política de terror, se lanzaron temerariamente a crear, en el plano externo, conflictos armados, creyendo, en su delirio, que podían llevar a cabo una guerra en la misma forma solapada y cobarde que habían adoptado. Primero, desafiaron a la República de Chile por la cuestión del Beagle, pero la pasividad de los chilenos y la mediación papal abortaron la intentona. Luego, emprendieron la aventura de Malvinas, mandando a los jóvenes inexpertos a morir -quizás para que recordáramos la Noche de los Lápices- y quedando ellos, como era de esperar, en la tranquila “retaguardia”. Y los ingleses, que no son los chilenos ni sienten mucho respeto por el Papa, con fuertes pertrechos y militares veteranos, atravesaron el Atlántico y nos infligieron una dura derrota. Ante esta humillación, los dictadores debieron ceder el poder a los civiles.

Pero es preciso reconocer que hasta este derrumbe transcurrió un lapso bastante prolongado. En lo inmediato, el asesinato de los niños-adolescentes tuvo el efecto esperado por los opresores: los civiles, aterrados, se refugiaron en sus hogares; los militares de honor, que los hubo, permanecieron callados en los cuarteles; y los sacerdotes, salvo escasas excepciones, renunciaron a la valentía de su fe.

Pese a todo y entre tantas desgracias y horrores -y la Noche de Los Lápices fue quizás una de las mayores- aquella conducta de empecinada resistencia a la opresión pudo derivar en la instauración de la Democracia y el Estado de Derecho, a los que hoy nos aferramos como única garantía de nuestra dignidad. El recuerdo del martirio de los niños inocentes golpea nuestras conciencias y nos impele a seguir adelante en el camino de la Libertad y el Orden Constitucional, a despecho de nuestras discrepancias y recurrentes crisis y frustraciones.

 

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