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Billar Bolas: la historia jamás contada y algunos secretos de su distinguida clientela

Junto a la mesa donde el Indio escribía una canción, una banda planeaba un asalto a La Trattoría, Sábato tomaba un licor intomable y el Diablo se jugaba el alma en una partida de dominó

Hipólito Sanzone

Por: Hipólito Sanzone
hsanzone@eldia.com

24 de Octubre de 2021 | 05:22
Edición impresa

“¿Dígame dónde está la trampa, por qué vendió esta mina de oro?”.

En la noche de la tormenta de Santa Rosa de 1979, se asegura que el Diablo perdió el alma en una partida de dominó de las que se jugaban en las mesas de adelante, donde también había frenéticas partidas de ajedrez con reloj y generala. Los que no creen en “esas cosas” reaccionarán con una mueca de desencanto, dejarán de leer y dirán que no están para atender semejante pavada. Pero los que alguna vez pasaron por el Bolas y todavía lo recuerdan, los que conservan algo de aquellos olores fuertes y espesos y en la memoria abrigan esos ruidos y la tensión de haber jugado juegos sin empates, dirán que sí, que ahí adentro, al fondo de ese pasillo cargado de irreverencias e incorrecciones, todo era posible.

Si el Rancho de Goma, el Cine Roca, el Carrito del Pulpo, Elvira, Mateo y El Almacén San José dejaron una marca en la emoción de la Ciudad, el Bar y Billar Bolas, vaya si la hizo.

Aunque parezca ciencia ficción, en el local del legendario Bar y Billar Bolas hubo una estación de servicios y en la vereda de 49 entre 8 y 9, en lo que hoy es una librería, estaban los surtidores. Cuando aquellos tres amigos se largaron a la aventura de comprarlo, el Bolas ya era el Bolas. Pero su verdadera leyenda empezaría a escribirse a partir de aquellos días de finales de los 70, en los inolvidables 80 y en los agitados 90.

 

Dominó, Generala y Billar hasta que el Pool llegó “para incomodar”

 

TRES TIPOS AUDACES

De esa épica ciudadana, ciento por ciento platense, puede hablar y escribir un libro Alberto “Romerito” Romero, que cuenta que la propiedad donde funcionaba el Bolas era de la familia Orazi, que vivía en uno de los dos grandes departamentos construidos sobre el salón. Según Romero, los Orazi eran dueños de tantos locales que cada vez que iba a pagar el alquiler, una de las hermanas tenía sobre la mesa una pila así de alta de boletas de impuestos inmobiliarios.

“Era dueños de Montequín, de La Paris y de por lo menos 30 ó 40 más”.

En el otro departamento, cuenta Romero, vivía Luis Lima con su esposa y sus dos hijos, dos varones y una mujer. Lima era el “verdadero” dueño del Bolas si por verdadero se permite que el fondo de comercio era suyo. El negocio, cuentan, se lo había comprado a un tal Di Nolfo, cuyo asesinato a principios de los 70 se vinculó a una presunta acción de Montoneros.

Corría 1978 y el Bolas de la leyenda todavía estaba en pañales. Alberto Romero se había recibido de contador y trabajaba en la municipalidad de Brandsen, después de haber puesto en modo pausa a su gran pasión que era el periodismo. A Ernesto “Tito” Belinge lo habían despedido de la gerencia del Hipódromo de La Plata, cuando el Jockey Club se hizo cargo de ese circo hípico. Y Quique Rodríguez Dorrego estaba harto de viajar a General Belgrano, a la concesionaria de autos que había montado con un socio. Los tres se habían conocido a través de sus esposas, que eran docentes de la Escuela Especial 501, que funcionaba en la zona de Meridiano V.

“Habíamos puesto un kiosco en 45 entre 5 y 6 pero no daba para los tres, queríamos algo más. Un día un martillero amigo nos ofrece comprar una panadería, El Provincial, que estaba ahí cerca de la estación de ese ferrocarril. Fuimos a verla con Tito y cuando estábamos entrando oímos al panadero quejarse. Decía que era un mal día para atendernos porque se le había enfermado el maestro panadero y él se tenía que ocupar de amasar. Entonces lo miré a Tito y le dije: ‘mirá cuando el maestro panadero se nos enferme a nosotros, ¿quién se va a encargar de amasar?’. Y Tito me dijo: ‘Tenés razón Romerito, esto no es para nosotros’”.

Tiempo después el mismo martillero los llamó para ofrecerles un bar y billares a mitad de cuadra de la calle 49 entre 8 y 9.

 

Oscar, Osky o Chicho: una institución entre los mozos de La Plata

 

EL NEGOCIO DE LA LLAVE PERDIDA

“Nos llevó a verlo un sábado a la noche. Explotaba de gente. Con Tito nos mirábamos como diciendo esto es una mina de oro. Fuimos al banco de 6 y 48, el Banco Crédito Provincial y sacamos tres préstamos personales. Y yo puse un departamentito, Tito la indemnización del Hipódromo y Quique la parte que le tocó en la venta de la concesionaria. Y arrancamos”.

Dicen que esa noche el Rengo pidió un Cinzano con poca soda y el Diablo un Gancia con mucho limón. Que no se “usaba” la Coca con Fernet y que en ningún bar de La Plata a los mozos se les podía olvidar que con esas bebidas había que llevar unos platitos chiquitos de acero inoxidable, con unas papas fritas saladas de esas de paquete, unos maníes, palitos y aceitunas. De las verdes las aceitunas pero ojo, que en algunos lugares te ponían de las negras también. Y que tampoco era raro que incluyeran unos cuadraditos de queso. Que ahora eso ya no se ve y que si se ve es porque te lo cobran aparte, una fortuna que no vale la pena pagar. Que ahora los pibes y las pibas toman cerveza con gustos y colores raros y comen papas sin pelar y cebolla de verdeo, chorreadas con crema de leche y un queso de gusto fuertón. Cuando habían formalizado el desafío que era alma contra alma a una sola partida, mano a mano y sin revancha, el Rengo fue al baño y el Diablo lo siguió, discretamente.

”¿Y si me la gana qué piensa hacer con ella?”, preguntó el Diablo, apoyado contra la puerta, tapando la salida.

Cuando los tres socios tomaron el Bolas, se cerraba entre las 2 y 3 de la madrugada. En poco tiempo el horario se extendió hasta las 6 y un día directamente lo dejaron abierto “las 24 horas, los 365 días del año”.

“El negocio no tenía llave, se había perdido y como no la usábamos, nadie sabía dónde estaba”. Cree recordar que fue en uno de esos días de la Guerra de Malvinas cuando se vieron obligados a cerrar y al no tener llave, probaron con bajar la cortina. “Pero la cortina hacía tanto que no se bajaba que estaba toda oxidada y trabada. Entonces le dimos unos pesos a un muchacho peruano, que había venido a La Plata a estudiar y solía ir al Bolas, para que se quedara a dormir esa noche atrás de la puerta de vidrio”.

A LA SOMBRA

Un grupo de estudiantes peruanos que estudiaban Medicina dejaron también su marca en el Bolas.

“Cuando decidimos tener abierto todo el día nos había quedado un hueco entre las 6 de la mañana y las 2 de la tarde. Entonces arreglamos con estos muchachos que en ese horario se hacían cargo del alquiler de los billares y toda la ganancia era para ellos. Estaban chochos, venían a las 5”.

A las 8 de la mañana empezaban a llegar los primeros de las “rateadas”, pibes del secundario con uniforme o guardapolvos como los que iban a los Comerciales o al Normal 3 o a la Legión. A las 12 los reemplazaban sus “colegas” del turno tarde. A partir de las 19.30 era el momento de los empleados de los negocios de la zona. Lo que hoy se lama affter hour, en el Bolas era un vermouth, una partida de billar, una charla de esas cosas que se charlan en los cafés.

“Con los empleados de CAPLA (una concesionaria Ford) teníamos un problema. Nos pedían que no nos pusiéramos a freír milanesas porque el olor se les quedaba en la ropa y cuando llegaban a la casa las mujeres les decían de todo”, ríe Romero. Y a partir de las 22 llegaban, desde diferentes rincones, las criaturas de la noche. Eran hombres de entre 25 y 95 años. Había de todo. Taxistas, canillitas, poetas, filósofos, inventores, alquimistas, profesores, punguistas y adivinadores. La bohemia platense en su más puro estado. Y más también porque en una de las mesas del fondo a la derecha, casi sobre la línea de los primeros billares, se planeaban asaltos como uno muy comentado en esa época. Fue el robo a La Trattoría de diagonal 74 y 10, cuando el dueño todavía era El Vasco, mucho antes que la compraran los hermanos Leuzzi.

“Un día pregunto por los muchachos que se sentaban en esa mesa, porque venían siempre y hacía tiempo no los veía. Y uno me dice: ‘No los vas a ver por un tiempo, están todos en cana por el robo a La Trattoría’”.

 

Alberto “Romerito” Romero, uno de los tres socios del Bolas

 

CAPITÁN BUSCAPINA

En una de las mesas de adelante, donde se jugaba el dominó, el Indio Solari plasmó en un cuaderno la letra de Capitán Buscapina, una noche en que la tele del salón mostraba las alternativas de un Estudiantes-Rosario Central: “...sentado, en Bolas, watcheando la tele, donde se matan hoy, el Pincha y los Canallas...”.

Romero cuenta que el Indio a veces llegaba solo, ocupaba una de esas mesas y bebía café o gaseosa mientras escribía. Que era común que al rato le cayeran algunos amigos a compartir la mesa. “Lo recuerdo como una persona tranquila, respetuosa”, afirma Romero.

El Bolas no solo dejó su marca en la noche del centro platense sino también en esas mañanas y tardes febriles de actividad comercial en esos años. La economía, sin duda, era otra y los empleados y empleadas de los comercios se podían dar el gusto del desayuno con medialunas todavía tibias o el cafecito de media mañana. Los mozos iban y venían del Bolas a los locales de las calles 49, 8 y 9 y entraban y salían de las galerías. Tenían una cancha de tal magnitud que ningún café llegaba ni chorreado ni mucho menos frío.

Lo conocían como Oscarcito, algunos le decían Osky y también Chicho. Oscar Enrique Lencina trabajó de mozo en el Bolas desde muy pibe y si bien su fuerte fue la mañana, donde a fuerza de llevar cafés conoció y se hizo amigo de personajes como Pablo Balat, el disc jockey que hizo bailar a generaciones de platenses, también conoció la “noche mágica” del bar y billares de la calle 49.

“Le llevaba café a Pablo, a Pilín Galliadi en la joyería Gaspardi; a César que tenía una casa de fotografía en la Galería Malvinas. También a Santiago cuando recién empezó con El Cencerro. Gente buena, que dejaba buenas propinas. Pero lo mejor era ir a cobrarle a Salomé, al padre de Ricardo, porque era el único que pagaba por semana entonces te dejaba el 10% de una cuenta que capaz que a plata de ahora eran cuatro, ó cinco mil pesos. Y con Pablo Balat hice una gran amistad. Yo lo ayudaba a llevar las cajas con los long play cuando él pasaba música en Casablanca, que era un boliche en un local que en la semana era restaurante, La Talavera de la Reina, en 9 y 40. Organizaban fiestas para gente grande, de 35 para arriba, con el Pingui y el Tano Tutti, que después fue el dueño de Chihuahua, un boliche que quedaba frente a la parte de atrás de la Gobernación”.

SÁBATO, EL DEL LICOR INTOMABLE

Personajes de la noche, de esa noche de aquellos años inolvidables, bisagra, únicos, irrepetibles.

“Había uno que decía que era hermano de Ernesto Sábato. Y nosotros para no contradecirlo le decíamos Sábato. Se sentaba a una mesa de adelante y escribía y escribía en un cuaderno. Y al lado se le sentaba uno que vivía en la calle, un ciruja que solía a entrar a tomar café con leche, y cogoteaba todo el tiempo para ver lo que el otro escribía”. El hermano de Sábato solía ordenar “traeme algo” y como no se ponía de acuerdo en lo que quería tomar, era objeto de raros experimentos.

“En el salón teníamos carteles de propaganda de la Ginebra Bols y los tipos nos pagaban con mercadería, pero no con ginebra sino con unos licores que, la verdad, eran intomables. Entonces yo le decía: ‘Sábato, hoy tengo un licor de oro para usted’. Y Sábato hacia señas de traémelo. Los licores que no tomaba nadie se los tomaba Sábato y los acompañaba con pasteles de dulce de membrillo”.

El Rengo siguió refregándose las manos porque en el baño no había toallas de papel y el aparato que largaba aire caliente había dejado de funcionar. La carcaza de acero inoxidable estaba abollada de las piñas que le habían pegado, hasta que un día dejó de andar.

“A alguno le va a interesar comprarme su alma y si no, la guardaré de recuerdo”, dijo el Rengo y pidió permiso para pasar y volver al salón.

El negocio era tan próspero que al mes Romerito, Tito y Quique ya habían reunido el dinero de los préstamos que le habían pedido al BCP.

“Ahí yo dije acá pasa algo raro. El dueño anterior bajaba todos los días a tomar café y una mañana no aguanté más y me le senté a la mesa. Y le pregunté: ‘dígame, dónde está la trampa’. El gallego me miró extrañado, ‘¿De qué trampa me habla’?. Y ahí le dije: ‘no puede ser que usted haya vendido este negocio que es una mina de oro, algo debe haber atrás. Dígame donde está la trampa’. Y el gallego casi me pega, se puso como loco. Me insultó, me dijo que quién me creía yo para dudar de su honorabilidad. Hasta creo que me tiró una trompada. Cuando se calmó me dijo ‘le voy a contar por qué vendí’. Nos sentamos a una mesa y ahí se puso a llorar”.

CONTINUARÁ...

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