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Séptimo Día |Argolis
Roger Santiváñez: por las aguas del río tiempo

Esta colección de piezas líricas del poeta peruano resulta una oportunidad extraordinaria para adentrarse en su universo luminoso y siempre arriesgado

Roger Santiváñez: por las aguas del río tiempo

El poeta Roger Santiváñez / Casa de la Literatura Peruana

Por: Augusto Munaro

16 de Enero de 2022 | 03:56
Edición impresa

Los climas y oleajes del libro Argolis, del poeta peruano Roger Santiváñez está forjado de una rigurosa sintaxis. Una respiración atenta a la variación, al equilibrado desequilibrio de la variación que fluye como intensa agua de río. “Soy la verde claridad que dijo Hernández / Despedidas del que está pedido barro que / Todavía me recorre en el borde del abismo / Abrazados los enamorados se besan antes de / Suicidarse sonríen & se les moja la canoa” (“Río Cooper”). A lo largo de los poemas encontramos desviaciones, disonancias, quiebres gramaticales, articulaciones sonoras puramente significantes, es decir aquello que generalmente la norma lingüística deja fuera. Sabe el buen poeta que lo real es siempre más vasto que el lenguaje que lo denota, y que la palabra escrita no alcanza sino por vías de la elipsis (ese arte sutil de las analogías). El resultado deviene en profundo ritmo, una música transparente: “Mi boca cincela agrada / Las gradas del deseo / Inventado para ti”. Contra la ilación “comunicativa”, la que parece ofrecer una sintaxis articulada según los códigos epocales, aquí, felizmente, brilla por su ausencia. Santiváñez, buscando sus propias coordenadas, se posiciona objetando la idea de que la poesía debe ser didáctica y entretenida. Metamorfosea, en cambio, al lenguaje como alteridad creativa. El poema no hace más que exponer: crea en su discurrir un espacio de crisis en que aquello que se dice, dice, simplemente, la complejidad.

En esta colección de piezas líricas, como en toda poesía exigente, hay un rechazo a la univocidad mediante la invención de lo diverso. “Costumbre del plátano majado / Arreboza el achiote & carnitas / Vanes & vanas líquidas pulcras // Lágrimas chorrean en lejanías / Azoradas ausente en la mezosoica / Son escritura delicioso recuerdo / Grama gramatical para echarse / A soñar calatos contigo en el / Lengash adivina qué dulzura” (“Combo piurano”). En Argolis, el verso es un espacio exento de definitoriedad. No obedece a ninguna función, salvo la de plantear su propia abertura: un fluir hacia otras orillas. Poesía como espacio imaginario. Aquí no existe realidad ni recreación, hay imagen, es decir, creación. Riesgo.

Argolis resulta, asimismo, generosa con aquel caro tejido llamado memoria, o tránsito de lo exterior hacia lo interior. Ese espacio de nostalgia proustiana, con reminiscencias del cubano José Kozer, que Santiváñez modula con buen tino. “Cuántas veces el amor me sorprende / Entonces vuelvo a los parajes de la infancia / Hallando la serenidad de aquella estancia / Con una sonrisa de mamá en el alfeizar / Donde Jazmín saltaba feliz entre los muebles”. Cada palabra no nos contiene, nos deriva hacia las cosas. Nos lleva por ese entramado barroco de relaciones. Ese estar en variaciones de variaciones. “La comida duerme como Gertrudis junto / Al fogón & el costillar mosca-mosca hu / Mea en el vecindario silvestre catacado // Deslumbran las chispas azules de la / Cocina saltarinas / membrana de Cecina / Me alcanza hasta estas landas”. Lo que el poema nos hace conocer es presencia, un lenguaje que se modula plural. Lo que implica para Santiváñez, ser fiel al gesto de liberación (la expresión), y no la apología de certidumbres (la comunicación como el imperio del lugar común). Trabaja la expresión de manera muy peculiar; expresa más de lo que se espera: “Costales de tierra nos protegen / De la inundación / Todo ocurre en tu cama / Pulpa de tamarindo en la boca / La tarde va agonizando / Cómo serán los estorninos / Tú lo sabes amor?”. El poema es indomesticable. Contra la tiranía de la conceptualización, escribir no es decir, nos recuerda el poeta, verso tras verso, mientras bullen, como mantra, ampliando el campo de lo probable.

Roger Santiváñez (Perú, 1956) estudió Literatura en la Universidad de San Marcos (Lima) y obtuvo un doctorado en poesía latinoamericana por Temple University (Filadelfia, Estados Unidos). Participó en el grupo La Sagrada Familia (1977), el Movimiento Hora Zero (1981) y fundó el estado de revuelta poética de neo-vanguardia denominado Movimiento Kloaka (1982-86). Sus más recientes libros son: Santa Rosa de Lima / Alana (2020) y Elysium (2021). Argolis lleva una luminosa contratapa firmada por Claudia Schvartz.

 

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