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Séptimo Día |KAFKA PIDIÓ LA EUTANASIA PARA DEJAR DE SUFRIR
Los creadores y sus luchas contra los demonios de las enfermedades

La esclerosis de Fontanarrosa y Piglia, la ceguera de Borges y Sábato, la sordera de Beethoven. El argentino Macedonio Fernández “inventó” una penicilina antes que Fleming. La bailarina sin una pierna que volvió a bailar

Los creadores y sus luchas contra los demonios de las enfermedades

El escritor argentino Ricardo Piglia / Puig Joan

19 de Junio de 2022 | 04:35
Edición impresa

“En el cielo oiré…” fueron palabras de Beethoven, dichas antes de morir en 1827 a los 56 años de edad, luego de haber convivido más de treinta años con la enfermedad que lo llevó a la sordera total.

Ya sin poder oír compuso obras maravillosas, mundialmente conocidas como la Sinfonía Nº 5, los últimos cuartetos de cuerda, sonatas para piano, la Misa Solemne y la majestuosa Novena Sinfonía, que en 2002 fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco y adoptada luego como himno de la Unión Europea. Se dice que apoyaba su oreja en la tapa del piano para percibir las últimas vibraciones de aquella bella música.

Hay conexiones extrañas, por momentos mágicas o dramáticas de las enfermedades con los protagonistas de la literatura, la música o la pintura. Poetas que aprenden del cáncer, pintores que extraen colores de sus neurosis. Los padecimientos más críticos -la sordera, la ceguera, la polio, las enfermedades mentales, el ELA, la tuberculosis, las discapacidades físicas- fueron sufridos durante años por grandes escritores y artistas que pudieron superar esas barreras y llegar con sus obras al corazón de la humanidad.

Es claro que en cada uno de esos casos tuvieron actitudes diversas, que fueron desde el pesimismo y la desesperación, que en algunos llegó al suicidio, hasta íntimos heroísmos reveladores de un estoicismo admirable. Campearon también, frente a esas adversidades físicas o mentales, los fuegos y juegos del humor y la ironía, que tantas veces aparecen como tablas de salvación.

“Vamos a aprovecharla, vamos a contar en japonés los escalones”

 

Así, entre estos últimos, cómo no citar a ese filósofo singular de nuestro país que fue Macedonio Fernández, artesano de una medicina propia, inventor varios años antes que Alexander Fleming –aunque, claro, el escritor no patentó nada- de una suerte de penicilina doméstica para curar sus enfermedades.

Es verdad que los antiguos egipcios aplicaban una cataplasma hecha con pan cubierto de musgos en las heridas infectadas. Pero fue en 1929 cuando Fleming descubrió la primera penicilina que fue el origen de los antibióticos, ya que antes no había una terapia eficaz para combatir muchas infecciones. Como se sabe, el antibiótico es un compuesto producido en forma natural por bacterias y hongos, capaz de eliminar distintas especies microbianas.

Pues bien, años antes que Fleming, Macedonio –que en realidad era abogado, pero que a la vez poseía un conocimiento médico intuitivo- cuando sentía que venía el resfrío o alguna otra infección, cocinaba en su casa un gran caldo, lo dejaba fermentar varios días y luego retiraba con la espumadera la capa superior que se formaba, para administrársela, en dosis vía oral, dos o tres veces por día.

Y esto escribió Macedonio en un texto titulado “Autobiografía de encargo“, recomendable desde la primera palabra hasta el punto final: “Tengo un lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las combato porque no sé cuál es la que necesitaré mi último día, día que espero será muy concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon, que yo era buena persona (como lo proclamaba en vano)”.

LA CEGUERA

La ceguera de Jorge Luis Borges, como la sordera de Beethoven, fue gradual. De origen hereditario, se acentuó cerca de sus treinta años, cuando subiendo una escalera no advirtió que había una ventana metálica abierta y ésta le rozó la cabeza, originándose una infección. De a poco, sin jamás quejarse, llegó a dejar de ver, hasta descubrir que la ceguera no era negra sino, en su caso, una suerte de nebulosa amarillenta.

La ceguera fue tema central y casi obsesivo en la obra de Sábato

 

La inteligencia y sensibilidad de Borges se alimentaban con libros y con más conocimientos. Y de pronto los libros se cerraron para él. Sin embargo, enfrentó con sabiduría el desmayo de sus ojos. Sobre su ceguera escribió varias veces, en especial en su Poema de los Dones.

Desde 1955 debió recurrir al uso del bastón y enderezó su modo de caminar. Le avisaban de los accidentes que se presentaban. El platense Rafael Oteriño le avisó una vez en la entrada del Hotel Provincial de Mar del Plata: “Aquí viene una escalera larga…”, Borges entonces le comentó: “Vamos a aprovecharla, vamos a contar en japonés los escalones”. En sus últimos años se había puesto a estudiar el idioma japonés. Y a medida que avanzaba por los escalones empezó “ichi, ni, san, yon, go, roku, shichi…” (Uno dos tres cuatro cinco seis siete…)

Ya ciego, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional. Se podría presumir la alegría y angustia que lo embargaron. Eso dejó escrito en el poema antes mencionado: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ Esta declaración de la maestría/ De Dios que con magnífica ironía/ Me dio a la vez los libros y la noche”.

“La enfermedad me ha hecho descubrir la experiencia de la injusticia absoluta”

 

Cabría añadir que también padeció ceguera total en sus últimos años Ernesto Sábato, que junto a Borges formaron la pareja de escritores más leída de nuestro país y más admirados en el mundo, a quienes se sumó Julio Cortázar. Autor paradójico del inolvidable “Informe sobre ciegos”, la ceguera fue tema central y casi obsesivo en la obra de Sábato que, en su vejez, obligado ya por la oscuridad en que entraron sus ojos, debió abandonar la pintura y la literatura.

El escritor y humorista Roberto Fontanarrosa / Télam

MUCHOS MAS

La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es la enfermedad que acorraló y terminó con la vida de dos queridos escritores contemporáneos de nuestro país, Roberto Fontanarrosa y Ricardo Piglia. Se trata de un mal neurológico que limita la movilidad y ataca luego al organismo, aunque no afecta a la capacidad cerebral. Entre muchos otros, la sufrió también Stephen Hawkins. Los tres lucharon y no dejaron de crear hasta el final.

“La enfermedad –dijo Piglia en una entrevista- me ha hecho descubrir la experiencia de la injusticia absoluta. ¿Por qué a mí?, se pregunta uno, y cualquier respuesta es ridícula. La injusticia en estado puro nos hace rebelarnos y persistir en la lucha”.

Entre otras obras sobresalientes, Piglia dejó una maravillosa autobiografía en tres tomos –“Los diarios de Emilio Renzi” precedida por “Respiración artificial” (1980), “Plata quemada” (1997) o la varias veces premiada “Blanco nocturno” (2010), valoradas todas como hitos de la novela latinoamericana.

Hay muchos más artistas sufrientes, nunca dejará de haberlos. George Orwell vencido por la tuberculosis. La neurosis de Jonathan Swift por el sexo y la suciedad, un obsesivo TOC por la limpieza y el efecto de un vértigo continuo, que lo obligó a tomar muchos medicamentos extraños, incluyendo allí una “asafétida”, una hierba maloliente más conocida como estiércol del diablo.

O el drama que debió vivir Virginia Woolf, que sufría una enfermedad mental casi misteriosa en su época y que llevó a uno de sus médicos a decirle que su mal provenía de infecciones en sus dientes, de modo que para redimirla de sus depresiones le hizo arrancar tres piezas dentales. Claro que no se curó, juntó piedras pesadas, las puso en el bolsillo de su tapado y se ahogó en el muy británico Río Ouse, cerca de su casa.

El autor de Moby Dick, Herman Melville sufrió durante décadas ataques de dolor ocular –y también de dolor lumbar- que lo incapacitaban, así que escribió en medio de esas opresiones, acompañado por el reuma, por su declarado alcoholismo y por otros trastornos, mientras consumía grandes cantidades de opio que lo sedaban y no lo curaban.

Franz Kafka se anticipó a la eutanasia en varias décadas. Agonizaba por culpa de una tuberculosis y las últimas palabras que se le escucharon fueron dedicadas a su médico, al que le decía “mátame, mátame, o serás un asesino”. Le pedía una dosis letal de morfina. También pidió morfina en su último lecho, Antón Chejov, el autor de “Tío Vania”. Y también le pidió al médico champán: “Hace tanto que no bebo champán”.

La bailarina Adrianne Haslet Davis perdió una parte de la pierna izquierda / AP

BAILARINA

En la maratón de Boston de 2013 se registró un ataque terrorista que dejó tres muertos y 264 heridos. Entre los sobrevivientes estaba la bailarina Adrianne Haslet Davis, que participaba en la prueba y que perdió una parte de la pierna izquierda debido a las heridas.

El autor de Moby Dick sufrió durante décadas ataques de dolor ocular

 

Su parte amputada fue reemplazada por una pierna biónica- Volvió a correr la maratón en 2016 y volvió a ser bailarina. La primera pieza que bailó fue una rumba junto a su pareja de baile. Videos y fotos perpetúan este nuevo triunfo del arte frente a todo obstáculo, físico o mental.

La creatividad siempre encuentra resortes íntimos. La literatura, la música, la pintura, la danza no se detienen. Los escritores y artistas no son dioses, pero sí demostraron siempre que pueden contra los demonios de las enfermedades.

 

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