"Fui con 18 años y volví con 90”: la increíble historia de un excombatiente y jugador de Albatros
| 2 de Abril de 2026 | 14:18
A más de cuatro décadas de la Guerra de Malvinas, un exsoldado y jugador de rugby, Norberto Santos, reconstruye su historia en una charla con este medio: el paso abrupto de la juventud al horror, y el esfuerzo por volver a empezar.
Santos había ido con compañeros del Regimiento 7 de Arana en La Plata. A las semanas de estar en las Islas un combate os sorprendió cerca de los galpones de los Royal Marines. Mientras intentaba socorrer a un compañero dos bombas lo alcanzaron provocándole heridas serias: fémur desplazado, estómago abierto y el brazo izquierdo prácticamente desprendido.
Fue trasladado al continente, donde ocurrió lo impensable. Norberto descubrió, 40 años después, el testimonio de Elsa Lofrano, una jefa de enfermeras en Comodoro Rivadavia. Ella relató que, al entrar a la morgue, escuchó gemidos dentro de una bolsa mortuaria. A pesar de que un capitán le ordenó cerrar la puerta diciendo que “salía más caro curarlo que dejarlo ahí”, Elsa se arriesgó, consiguió las llaves y rescató a Norberto, quien aún tenía latidos. Le salvó la vida.
“Me falta un día de mi vida”, explica Norberto al comparar sus fichas médicas, que confirman que entre el 12 y el 13 de junio hay un vacío documental que respalda el relato de la enfermera, a quien conoció años atrás y pudo decirle "gracias" en persona.
Otra pieza increíble de su historia es la recuperación de un telegrama que sus padres le enviaron a las islas. El mensaje, que decía “Estamos bien, te extrañamos, ánimo”, fue recogido por un soldado inglés de la trinchera de Norberto. Tras más de cuatro décadas, el soldado británico lo contactó a través de un tercero para devolverle el papel, que conservó “inmaculado” durante todo ese tiempo.
RECUERDO PARA TODA LA VIDA
El recuerdo de la Guerra de Malvinas sigue marcando la vida de quienes la atravesaron siendo apenas adolescentes. Tenían 18 años, proyectos por delante y una vida en construcción. Pero el conflicto de 1982 interrumpió todo.
Uno de esos casos es el de un excombatiente vinculado al rugby, que resume su experiencia con una frase tan breve como contundente: “Fui con 18 años y volví con 90”. Una definición que sintetiza el impacto emocional y psicológico que dejó la guerra.
En aquellos días de abril de 1982, la convocatoria al conflicto fue abrupta. Muchos jóvenes, que recién comenzaban el servicio militar o incluso estaban de vacaciones, fueron reincorporados y enviados a las islas en cuestión de días.
Sin experiencia suficiente y con escasa preparación, debieron enfrentarse a condiciones extremas: frío intenso, hambre, miedo constante y bombardeos.
Aunque no todos participaron directamente en combate, la exposición permanente al peligro y la incertidumbre dejó marcas profundas. La guerra no solo se vivía en el frente, sino también en la espera, en las noches sin descanso y en la tensión de no saber si se sobreviviría al día siguiente.
Uno de los aspectos más críticos que recuerdan los excombatientes es la precariedad logística. En varios testimonios, se mencionan dificultades en la distribución de alimentos y recursos, lo que agravó aún más las condiciones de los soldados.
EL REGRESO
El final de la guerra no significó el final del conflicto interno. Para muchos, el verdadero desafío comenzó al volver al continente.
En algunos casos, la decisión fue inmediata: retomar la vida cotidiana como forma de supervivencia emocional. Volver a estudiar, trabajar o entrenar se convirtió en una estrategia para no quedar atrapado en el trauma.
El deporte, especialmente el rugby, cumplió un rol clave en ese proceso. La disciplina, el compañerismo y la rutina ayudaron a reconstruir una identidad quebrada por la guerra.
Sin embargo, el peso de la experiencia nunca desaparece del todo. Muchos excombatientes coinciden en que no desean volver a las islas, no por falta de compromiso con la causa, sino por el impacto emocional que implicaría revivir lo vivido.
En 2007, Norberto decidió volver a Malvinas. Aunque el viaje estuvo cargado de miedo y llanto, asegura que le hizo “muy bien”. Pudo despedirse de sus compañeros en el cementerio de Darwin y visitar su antigua posición, de donde trajo tierra, arena y objetos personales que habían quedado allí hace décadas.
Hoy, con la voz firme, concluye: “No me considero un héroe; héroes son los compañeros que quedaron allá cuidando las islas”.
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