Atilio Molinari

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A los 97 años murió Atilio Molinari, lo que generó un profundo pesar en amplios círculos de la Ciudad.

Había nacido en La Plata el 19 de mayo de 1929, era hijo de Opilio Molinari e Isabel López, dueños de la empresa Transporte Molinari, que en sus inicios se dedicaba al rubro de camiones y más tarde incorporó grúas. De nacionalidad argentina, creció junto a sus tres hermanos: Victorio, Rodolfo y Nelly.

Realizó sus estudios primarios en la escuela de 8 y 38, en el que fue su barrio, y posteriormente continuó su formación en una escuela industrial.

Su mayor orgullo fue su familia, construida junto a Elba, a quien conoció en la adolescencia y con quien compartió su vida, formando un hogar con sus hijos Horacio y Nora, y sus cuatro nietos.

Siendo muy joven ingresó a trabajar en YPF y, tras los despidos que afectaron a la refinería en la década del 90, decidió emprender por su cuenta. En su casa de 532 entre 6 y 7 montó un taller de chapa y pintura, desde donde desarrolló su oficio y forjó un fuerte vínculo con los vecinos. En ese marco, también fue quien construyó los primeros juegos infantiles de la rambla de la avenida 32.

En su etapa adulta, también se dedicó a promover actividades para jubilados e incluso llegó a organizar viajes a distintos destinos para adultos mayores.

Apasionado por el campamentismo, actividad que practicó y disfrutó durante décadas, con el tiempo logró adquirir una parcela en San Clemente del Tuyú, donde solía vacacionar. En reconocimiento a su trayectoria, un quincho del Automóvil Club Argentino (ACA) lleva su nombre y también fue homenajeado con un mural.

Fanático de Estudiantes de La Plata, vivió con pasión momentos clave del club, como la conquista de 1968 bajo la conducción de Osvaldo Zubeldía, que lo marcó profundamente. Con los años, ese vínculo lo llevó a compartir encuentros con figuras de la institución. Su relación con el “Pincha” trascendía lo deportivo: disfrutaba ir a la cancha y al Country de City Bell, donde celebraba cumpleaños y se reunía con familiares y amigos.

Sus allegados lo recuerdan como un singular vecino de La Plata, que supo cultivar la felicidad propia y la de quienes lo rodeaban.

 

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