El duelo no tiene una velocidad obligatoria. Algunas personas necesitan hablar constantemente. Otras necesitan silencio. Algunas lloran inmediatamente; otras atraviesan primero un período de cierta anestesia emocional. Algunas buscan compañía y otras necesitan estar solas.
“Cada uno lleva su duelo de la manera que puede y la manera con los recursos que cuenta”, sostiene Gregorini. No se trata entonces de encontrar una conducta correcta que deba ser imitada. Se trata de poder transitar el proceso sin negar lo ocurrido.
El entorno también cumple un papel importante. Muchas veces, después de los primeros días, familiares y amigos retoman sus rutinas. Para quien perdió a alguien, en cambio, la ausencia recién empieza a hacerse evidente cuando termina el movimiento inicial.
Por eso acompañar a alguien que está de duelo no significa necesariamente encontrar las palabras perfectas. Muchas veces consiste simplemente en permanecer.
El duelo tampoco significa olvidar. Una de las ideas más difíciles de aceptar después de una muerte es que continuar viviendo no implica dejar atrás a quien murió. Una persona puede volver a reír, trabajar, viajar, enamorarse o disfrutar y seguir extrañando a alguien.
El dolor cambia de forma. Una muerte repentina puede dejar preguntas que no tendrán respuesta. Una enfermedad prolongada puede dejar cansancio, recuerdos de los últimos meses y también la sensación de haber tenido tiempo para despedirse. Pero, en ambos casos, finalmente aparece una tarea similar: reconocer que alguien ya no está y comprender qué lugar ocupaba en la propia vida.
Así, aprender, de a poco, a vivir en una realidad que cambió. “Cada uno lleva su duelo de la manera que puede”, dice Gregorini.
SUSCRIBITE a esta promo especial