Germán usa las redes con criterio. Instagram para el ocio -memes, “boludeces”, dice él-, YouTube para noticias y documentales, Telegram para seguir política internacional. TikTok, Facebook y Twitter nunca le interesaron. Pero Instagram empezó a incomodarlo de una manera que le costaba ignorar: la publicidad y el algoritmo comenzaron a mostrarle contenido que parecía demasiado ajustado a lo que le estaba pasando en su vida. “Siento que el algoritmo sabe lo que estás pensando a veces”, describe. Ciertas situaciones personales empezaron a reflejarse en lo que le aparecía en el feed, en los videos, en los anuncios. “Llegó un momento en que dije: le pongo un freno.”
Antes de eliminar la cuenta quiso pausarla, pero la reactivó al día siguiente. Cuando intentó volver a pausarla, la plataforma le mostró un mensaje que no esperaba: no podía hacerlo hasta dentro de siete días. “Como que no tenés cierta libertad de activarla o desactivarla cuando quieras”, dice. Terminó borrando la cuenta directamente. Pasaron cinco o seis días y todavía no sintió el impulso de reinstalarla. “Creo que me hizo un poco mejor”, admite, con la cautela de quien sabe que es temprano para sacar conclusiones pero algo, por ahora, cambió.
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