Sofía trabajaba en un medio digital y Twitter era, en principio, una herramienta laboral. Pero con el tiempo la plataforma empezó a meterse en todos los rincones del día. “No soltaba el teléfono en el baño, en el subte, en el medio de una conversación. Y siempre salía de ahí enojada con algo o con alguien”, recuerda. Lo que más la afectó fue advertir que ese enojo se derramaba: llegaba a casa de mal humor, discutía con su pareja por cosas que en realidad no tenían que ver. “Un día me di cuenta de que estaba peleando con una persona que ni conozco a las once de la noche, y que eso me había arruinado la tarde”. Cerró la cuenta sin aviso. Extraña el acceso rápido a noticias, reconoce, pero no el estado de alerta permanente que le producía. “Bajé como tres cambios de angustia”.
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