“Al principio comencé a silenciar gente que quizás no me importaba tanto pero que no podía dejar de seguir en Instagram. Después me empezó a pasar con amigos e inclusive con familiares”, cuenta Pablo y añade: “Me pasó que no podía dejar de compararme con el otro. Eso me daba mucha ansiedad, como que siempre me faltaba algo para estar bien: un viaje, una profesión, más plata, una pareja”.
Después todo se complejizó. A las comparaciones le siguieron las reflexiones, el insomnio, el enojo con todo a mi alrededor. Dejé de ver gente, de tener ganas de salir de casa, de juntarme con mis amigos; apenas podía trabajar. Al final desinstalé todo: Instagram, TikTok, Facebook. Por semanas me seguí sintiendo así hasta que empecé a leer, a levantar la vista y ver el sol, a valorar un poco más los silencios. La verdad que fue lo mejor que hice.
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