Valentina estudia la Licenciatura en Comunicación en La Plata. Antes de cerrar Instagram, pasaba entre tres y cuatro horas diarias mirando stories. No era una adicción dramática, asegura, sino algo más sutil: la sensación constante de que en otro lado pasaba algo más interesante que lo que tenía enfrente. “Podía estar con mis amigas tomando un café y estar con el cuerpo ahí pero con la cabeza en otra parte, chequeando si alguien había visto lo que yo había subido”, cuenta. Un día, después de pasar dos horas mirando reels sin poder parar, decidió desinstalar la aplicación. Al principio lo vivió como un duelo, luego bino la abstinencia: “Los primeros días sentía que me faltaba algo, como cuando dejás de fumar y no sabés qué hacer con las manos”. Ocho meses después, todavía no volvió. “Aprendí a aburrirme de nuevo, y eso fue lo mejor que me pasó en mucho tiempo”, concluye.
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