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MIRADA ECONOMICA

Un dólar autista

Un dólar autista

Por MARTIN TETAZ (*)

Twitter @martintetaz

El 23 de enero pasado, en una de sus habituales conferencias matinales, el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, explicó que el Banco Central había decidido no intervenir en el mercado de cambios, dejando que la oferta y la demanda fijaran el valor del dólar.

Un día después, flanqueado por el ministro Axel Kicillof, dijo que el Gobierno consideraba que el precio del billete norteamericano había “alcanzado un nivel de convergencia aceptable para los objetivos de la política económica”. Ese día el dólar oficial cotizaba exactamente a ocho pesos por unidad.

Desde entonces, según las estimaciones de inflación del INDEC, los precios de la economía aumentaron en promedio un 20% (según las consultoras privadas un 30%), pero el dólar no se enteró. Cerró esta semana a $8,49 acumulando una suba de tan sólo un 6,1% desde enero, muy por debajo del resto de los precios.

Evidentemente, entonces, si tomamos a los funcionarios al pie de la letra, el dólar se habría alejado del “nivel de convergencia aceptable para los objetivos de la política económica”, puesto que de haber seguido la evolución de los precios de la economía hoy debería costar entre $9,60 (tomando inflación INDEC) y $10,40 (tomando privados).

LA SOJA EN PICADA

Para completar el escenario de atraso cambiario, la soja que a fines de enero se vendía en Chicago a U$S 469 por tonelada, perdió un 23,5% de su valor en nueve meses, cerrando este viernes a U$S 359. A eso hay que sumar el menor acceso a financiamiento externo por el default y la mayor necesidad de dólares luego de la sentencia desfavorable de la justicia estadounidense, puesto que cualquiera que sea el arreglo con los buitres, implicará necesariamente una mayor erogación de divisas que la que se preveía antes del revés judicial.

A contramarcha de la realidad, el dólar no acusa recibo de su creciente escasez ni refleja adecuadamente el estado de las principales variables. Metafóricamente hablando, aclaro por las dudas, el dólar es un autista que, encerrado en su propio mundo, no muestra capacidad de comprender lo que pasa en su entorno, ni reacciona ante el contexto.

Es comprensible que esto suceda cuando la política domina a la economía, porque ningún gobierno que devalúa gana las elecciones, tal y como lo atestigua la fuerte caída en la imagen positiva de la Presidenta que cayó desde una aprobación del 42% en octubre del 2013, a un magro 30% en febrero de este año, según las mediciones de Management & Fit, que fue la consultora que mejor pronosticó los resultados de la última elección de medio término en nuestro país.

Por esa misma lógica, cada día que pasa es más improbable que este gobierno devalúe, puesto que sería suicida hacerlo cerca del próximo compromiso electoral de agosto del 2015. De hecho, esta semana el Tesoro colocó satisfactoriamente un bono por 983 millones de dólares. Se trata de un instrumento financiero que aunque está nominado en pesos, se ajusta de acuerdo al tipo de cambio oficial, funcionando en la práctica como una suerte de seguro de cambio, que le garantiza al poseedor el beneficio de una eventual devaluación.

La operación es doblemente exitosa. En primer lugar porque le permitió al Gobierno conseguir 8.350 millones de pesos, que le sirven para financiar una parte del creciente déficit fiscal, sin necesidad de emitir esos billetes, lo que habría generado más inflación. Pero lo más importante es que con el lanzamiento de este bono el ministerio de Economía da una clara señal al mercado en el sentido de que no devaluará.

BOMBA DE TIEMPO

El problema es que si no se contiene la inflación, no mejora el precio de la soja y no aparecen dólares frescos del exterior, se está incubando una tremenda bomba de tiempo, porque cada día que pasa el atraso cambiario es mayor, forzando una corrección más brusca cuando asuma el próximo gobierno.

La sustentabilidad de la política cambiaria y más en general, del propio modelo, está entonces herida de muerte, porque un precio tan importante de la economía no puede estar tanto tiempo disociado de la realidad, tal y como lo demostraron los fracasos de la tablita de Martínez de Hoz primero, y la Convertibilidad de Cavallo luego.

Y no me malinterpreten; no estoy proponiendo una devaluación. A mí también me gusta tener un salario alto en dólares, irme a un all inclusive del Caribe o soñar con cambiar mi corsita por un BMW, pero el tema es si eso resulta posible y sustentable. Los salarios, medidos en moneda dura, subieron 75% desde que asumió la Presidenta en diciembre del 2007, generando una ilusión de riqueza que no se condice con la realidad, porque la economía creció solo 27% en el ínterin.

Lo que digo es que necesitamos deshacer la sobrevaluación artificial que sufrió nuestra moneda desde enero pasado y dejar flotar el dólar para que recupere su capacidad de representar la realidad, como cualquier precio de la economía.

Cuanto más tardemos en hacerlo, peor será.


(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) e investigador visitante del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS)

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