El malentendido

Por JOSÉ LUIS DE DIEGO

Un hombre está cubierto por una frazada, en un sillón, al lado de un hogar encendido. Otro se acerca y le pregunta: "¿Tenés frío?". "No, ¿por?". "Porque te veo envuelto en una frazada y cerca del fuego.". "Es que, precisamente, porque estoy envuelto en una frazada y cerca del fuego es que no tengo frío". Si el otro le hubiese preguntado "¿tenías frío?", habría evitado el malentendido, y el que estaba con la frazada no habría podido atraparlo en la encerrona lógica. Ojalá todos los malentendidos se originaran en ambigüedades lógicas y, en última instancia, inocentes, pero somos sujetos taimados que sabemos muy bien cómo fabricarlos.
Mucho se ha escrito sobre las diferencias que separaron a Camus del otro gran intelectual de su época, Jean-Paul Sartre. Esas diferencias se debieron, según Camus, a 'malentendidos intencionados'


Algunos malentendidos, los más comunes, son contextuales: no hay contradicción en el texto, sino en la interpretación que se hace de él. Malentendido en el tiempo ("Estaba segurísimo de que habíamos quedado a las siete y media."); malentendido en el espacio ("No ves que sos un imbécil; te dije Plaza San Martín, no Moreno. ¿cuándo nos encontramos en la Moreno?").

Un malentendido clásico es el metalingüístico. El gran lingüista Roman Jakobson afirmó que en un mensaje hay función metalingüística cuando el mensaje busca aclarar el código que utiliza. En discusiones de políticos: "¿Qué querés decir vos cuando hablás de 'democracia'?". En discusiones de borrachos: "Yo no te dije lo que vos decís que te dije; lo que yo te quise decir es otra cosa, lo que pasa es que vos me hacés decir cosas que yo no te dije o que no te quise decir.". Las discusiones de pareja suelen ser insoportablemente metalingüísticas, plagadas de este tipo de malentendidos.

Otro malentendido es el intencional, cuando la subjetividad de alguno invierte el sentido del mensaje. Como ejemplo, un chiste. Para su cumpleaños, la madre le regala al hijo dos corbatas, una roja y una verde. Días después, el hijo tiene que ir a cenar a la casa de su madre y, para valorar y agradecer el regalo que le había hecho, se pone la corbata roja. Llega a la casa, la madre abre la puerta, lo mira y exclama: "¡No te gustó la verde!".

Respecto del malentendido intencional, se puede citar otro chiste, muy conocido, que aparece en "El chiste y su relación con el inconsciente", la obra de Sigmund Freud.

Así lo cuenta el autor: "En una estación ferroviaria de Galitzia, dos judíos se encuentran en el vagón. '¿Adónde viajas?', pregunta uno. 'A Cracovia', es la respuesta. '¡Pero mira qué mentiroso eres! -se encoleriza el otro-. Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cracovia. ¿Por qué mientes entonces?". Si el judío que pregunta cree que le mienten aun cuando sabe que le dicen la verdad, es porque no está juzgando la verdad o falsedad de la respuesta, sino la intencionalidad del otro. Y aunque los ejemplos sean chistes, todos sabemos que el recurso es muy común, y que cuando sólo se juzgan intenciones, cuando la sospecha sobre el valor de verdad de los mensajes se generaliza, el deterioro en la comunicación y en la convivencia resulta intolerable.

"UN VIEJO TROZO DE PERIODICO"

El 4 de enero de 1960, en un accidente automovilístico, murió el escritor argelino-francés Albert Camus. Por estos días, en Francia se multiplican los homenajes y recordatorios al cumplirse los cincuenta años de su muerte. Novelista y dramaturgo, ensayista y agudo polemista, suele ser recordado por la repercusión que alcanzó su novela "El extranjero", publicada en 1942, en plena ocupación alemana.

Su protagonista, Mersault, está preso, acusado de cometer un crimen. Se lee en la novela: "Entre el jergón y la tabla de la cama había encontrado, en efecto, casi pegado al género, un viejo trozo de periódico, amarillento y transparente. Relataba un hecho policial cuyo comienzo faltaba pero que había debido ocurrir en Checoslovaquia. Un hombre había partido de un pueblo checo para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años había regresado rico, con su mujer y un hijo. La madre y una hermana dirigían un hotel en el pueblo natal.

Para sorprenderlas, había dejado a la mujer y al hijo en otro establecimiento y había ido a casa de la madre, que no le había reconocido cuando entró. Por broma, se le ocurrió tomar una habitación. Había mostrado el dinero. Durante la noche, la madre y la hermana le habían asesinado a martillazos para robarle y habían arrojado el cuerpo al río. Por la mañana había venido la mujer y, sin saberlo, había revelado la identidad del viajero.

La madre se había ahorcado. La hermana se había arrojado a un pozo. Debo de haber leído esta historia miles de veces. Por un lado era inverosímil; por otro, era natural". No sabemos si la noticia del periódico que utilizó en la novela en verdad existió; lo que sí sabemos es que dos años más tarde, en 1944, Camus da a conocer "El malentendido", una obra de teatro cuyo argumento es el que reseña la noticia del diario. Allí se plantea un tipo de malentendido que es mucho más que un mero equívoco. Se trata de la radical inadecuación entre el hombre y el mundo, del sinsentido que ocasiona el silencio de Dios, de la dificultad de encontrar sentidos trascendentes a nuestros actos; en fin, de uno de los temas centrales en la mejor literatura de nuestro siglo (el XX).

Mucho se ha escrito sobre las diferencias que separaron a Camus del otro gran intelectual de su época, Jean-Paul Sartre. Esas diferencias se debieron, según Camus, a "malentendidos intencionados".

Vaya este pequeño homenaje, entonces, a ese gran autor que hizo del malentendido una estética: ya no se trata de malentendidos pequeños o grandes, ingenuos o maliciosos; se trata de comprender que nuestra situación en el mundo puede ser, si lo miramos bien, parte de un gran malentendido.


dediego_jl@yahoo.com.ar

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