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20.4.2018
Paisaje arbóreo, patrimonio cultural de La Plata

El mapa verde de la ciudad

Desde el gigantesco eucaliptus de Spegazzini hasta el álamo blanco de la Casa Curutchet, y la doble hilera de ginkgos del Museo

El Palo Borracho de Flores Crema o Yuchán, en la plazoleta de 18 y 61.

El árbol al revés del Parque Alberti, en memoria de los desaparecidos

El álamo blanco que proyectó Le Corbusier para la Casa Curutchet.

Martín E. Graziano

El 6 de febrero de 2017, en medio del ciclón extra-tropical que sacudió las calles de La Plata, un ruido paralizó a los vecinos de Plaza Italia. No era precisamente un ruido: era una secuencia de sonidos. Primero, una fractura en cámara lenta. Un desmembramiento que, en el centro, escondía un vacío. Luego sobrevino un silencio que era pura inminencia y, finalmente, la lluvia de estática. Para cada uno de los vecinos, todo sucedía afuera, más allá del horizonte visual: entre las ráfagas de cien kilómetros por hora y las alarmas disparadas de los autos. Algunos tomaron sus precauciones y finalmente se asomaron a la calle. Como en las buenas películas de terror, lo que sucede fuera de campo siempre es la peor parte.

Quebrado a la altura de la base, el gran ombú centenario yacía tumbado sobre el extremo norte de la plaza. Aunque solo había aplastado a un puesto vacío y en desuso, la caída era -a su modo-una pequeña tragedia. Una flecha apuntada hacia la fundación de la ciudad. Hacia el gran plan racionalista que, sobre aquella pampa despoblada de árboles, dispuso un trazado urbano y forestal: plazas cada seis cuadras, naranjos para perfumar la calle 47 y plátanos robustos para techar las avenidas 51 y 53; tilos germanos (Tilia viridis nothosubsp. moltkei, una variedad no medicinal) en la avenida 7, nogales negros, en 37, tipas, jacarandaes y araucarias punteando aquí y allá la sintaxis verde de la ciudad.

“El árbol prevalece entre los primeros componentes fundacionales escogidos y es materializado con mayor definición y perdurabilidad en el proyecto del Departamento de Ingenieros de la Fundación–dice Alfredo Benassi,titular de la cátedra de Paisajismo de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UNLP y autor del libro Ciudad Botánica-. A pesar de su fragilidad biológica, es el componente fundacional que más define (podríamos decir hoy en 3D) el paisaje del proyecto de ciudad junto a la cuadrícula basal de avenidas y calles. Asistimos actualmente y recibimos en nuestras manos, un precioso legado, que es este patrimonio paisajístico, ecológico y cultural de extraordinario valor paradigmático. Goza por lo tanto de una notable vigencia urbana y una altísima necesidad ambiental”.

Benassi no exagera una sola palabra: aquellos primeros árboles son los únicos testigos vivos de la fundación. Ahí, dispuesto a un lado y otro de la Plaza Brown, se levanta la plantación que marcó el punto de partida: el bosquecillo de robles europeos o robles de Eslavonia (Quercus robur) que corona la puerta del Paseo del Bosque y es el emblema de la Universidad Nacional de La Plata.

El botánico ítalo-argentino Carlos Luis Spegazzini, que ya entonces era uno de los docentes de la Facultad de Ciencias Agrarias, fundó el Jardín Botánico y Arboretum en esos mismos años. “Spegazzini empezó las plantaciones que ves acá –dice Néstor Bayón, titular de la cátedra de Sistemática Vegetal y actual director del Arboretum-. Desde la diversidad, esta colección es el lugar más rico que tiene la ciudad de La Plata. Tiene una historia centenaria y un rol cultural muy importante para la ciudad, que supo conservarlo y debe protegerlo. No hay registro, pero yo calculo que trajo muchos de los prosopis y las distintas especies nativas. Seguramente plantó esa Araucaria bidwillii gigantesca y el eucaliptus que uno cruza al entrar al arboretum. Si, esos monstruos”.

Al pie de ambos, la historia no es una abstracción: es un horizonte monumental que nos contiene. En diciembre del año pasado este eucaliptus perdió una rama que, en sí misma, tiene las proporciones de un ejemplar grande. Cada vez que se transmite un partido desde la cancha de Gimnasia y Esgrima, en el fondo de cada plano se adivina la corteza blanca del eucaliptus y la copa de la araucaria.

A fines de otoño, el camino de ingreso al Museo de Ciencias Naturales cobra un rotundo color amarillo. Donada por el emperador japonés Hirohito, la doble hilera de ginkgos es un emblema a la altura de cualquier de los edificios históricos. Su hoja en forma de abanico es, entre todas los hojas del Paseo del Bosque, la última en dejarse caer. “Los ejemplares femeninos dan semillas cubiertas por un tejido carnoso que segrega acido butílico, que tiene olor a manteca rancia –explica Bayón-. Los japoneses toman la pepita, la tuestan y hacen varias comidas. Tiene muchas propiedades. Sirve mucho para proteger a los pequeños capilares: para el Alzheimer, el Parkinson, para favorecer la memoria. Cuando entré en la facultad, lo primero que quise fue plantar ginkgos en mi casa. Pero, lo que me pasaba cuando iba al museo a cosechar, es que si los japoneses habían ido unos días antes no me dejaban ni una sola semilla”.

DOS EN LA CIUDAD

“Un árbol podrá ser plantado en el nivel 1, en el vacío disponible delante de la vivienda –leyó el cirujano Pedro Curutchet, concentrado en los planos-. Su follaje podrá subir a voluntad”. La carta estaba fechada el 24 de mayo de 1949 y su sello era francés. El remitente era el arquitecto Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más y mejor conocido como Le Corbusier.

Aunque no especificaba su especie, Le Corbusier había dibujado el árbol y desde el comienzo tuvo en mente un ejemplar alto y piramidal que atravesara todos los pisos de la construcción. De modo que un buen día de 1956, cuando Amancio Williams dio por finalizada la obra, el propio Curutchet plantó una variedad de álamo blanco o Populus alba conocida como “Álamo Mussolini” bajo la supervisión de los profesionales del Arboretum. “Yo creí que iba a ser difícil –dijo el cirujano-, pero Le Corbusier conocía tanto la inclinación de los rayos solares que la planta tuvo sol suficiente para desarrollarse desde el primer momento”.

A punto de cumplir 62 años de edad, un equipo de la facultad de Ciencias Agrarias y Forestales –encabezado por Benassi- extremó algunos cuidados para la salud del álamo. Algunos de sus retoños ya están germinando en el Arboretum y está casi todo dispuesto para hacerle un cateo o tomografía que arroje un diagnóstico sobre su estado.

En 25 y 38, un árbol biológicamente muerto es otro de los grandes monumentos culturales. Está emplazado en el Parque Alberti, tiene una placa que recuerda seis nombres (Gladis Mabel Amuchástegui, Leonardo Zanier, José Luis Romero, Ángel Coco Ponce, Delia García y “Pichila” Fonseca) y, por cierto, está al revés.

“Hacía tiempo que el grupo Raíces se había conformado y perseguían la idea de homenajear a los jóvenes militantes del barrio que habían sido detenidos y desaparecidos durante la dictadura militar de 1976 a 1984 en la Argentina” –cuenta el Mono Cohen: el célebre Rocambole detrás del arte gráfico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota-. Habían evaluado diferentes propuestas estéticas para la realización de un monumento que recordara a estos jóvenes. La mayoría de estas ideas hacían hincapié en las circunstancias dramáticas del final de sus vidas. Por lo que las imágenes propuestas y su materialización en diversos materiales fueron, en general, bastante lúgubres y hasta macabras. En un momento y, a través de diversas conexiones se acercaron a mí para preguntarme si tenía alguna idea y si quisiera participar en el proyecto. Se me ocurrió que, en vez de hacer eje en las circunstancias dramáticas de estos sucesos, podríamos acentuar más bien lo que estos jóvenes militantes pensaban como propuestas hacia un futuro en una sociedad soñada”.

Donada por el emperador Hiroito la doble hilera de ginkgos es un emblema platense

El ombú de calle 60 terminó por ensanchar el boulevard entre 11 y 12

El grupo Raíces aceptó la propuesta y proyectó una elevación en el terreno donde “plantar” el árbol y un sistema de caminos que canalizarían el agua de las lluvias y representaría la sangre derramada de América. Una tormenta, que había dejado una tanda de ejemplares caídos en el Parque Pereyra Iraola, ofreció el material para el trabajo. Finalmente, el 29 de mayo de 1999 una grúa puso el árbol en su sitio y con las raíces hacia arriba “como metáfora de la idea de cambiar la sociedad y el mundo”.

NATIVOS Y EXÓTICOS

“Hoy el árbol más importante de La Plata es el fresno (Fraxinus pennsylvanica), un árbol que no es muy valioso desde el punto de vista paisajístico pero es rústico y prende fácil–dice Bayón-. Nadie se preocupó demasiado en cultivar otras especies más bellas o con otras cualidades. Las especies nativas, por ejemplo: especies que son propias del territorio argentino y son fundamentales para nosotros. Muchos años atrás, quizás se valoraba otra cosa… como los zoológicos, se intentaba mostrar lo exótico. Esa mirada rotó 180 grados y desde hace 25 años, con la titular de la otra catedra botánica que funciona acá, no se planta nada exótico. Salvo que sea una perla, algo muy excepcional como una sequoia que plantamos y se nos murió”.

Aquella muerte dejó el saldo de una sola sequoia en toda la ciudad, ubicada en el corazón cerrado del Parque Saavedra. Es, en muchos modos, una sobreviviente. No solo porque la distribución natural de la Sequoia sempervirens se ajusta al clima de la costa oeste de los Estados Unidos, sino porque es uno de los ejemplares que quedaron del Jardín Botánico que funcionó entre 1910 y 1938 bajo el nombre de Parque Uriburu.

Entre la población de árboles nativos, dos de los ejemplares más notables de la ciudad son el Palo Borracho de Flores Crema (Ceiba chodatii o Yuchán, según los quechuas) ubicado en la plazoleta triangular de 18 y 61 y el Ceibo de Jujuy (Erythrina falcata) que extiende sus ramas sobre los comensales de El Morenito. También, desde luego, las tipas (Tipuana tipu) de las entradas del Colegio Nacional y la Facultad de Ingeniería y los jacarandaes que, espejados entre la Plazoleta de los Lápices y la plazoleta de 8 y 43, vierten su nube violeta para beber la cerveza de la primavera.

Los árboles nativos, en ese sentido, han cobrado otro protagonismo. Así, merced a la acción de los vecinos del barrio, la valoración del ombú (Phytolacca dioica) de calle 60 modificó el plan urbano y terminó por ensanchar el boulevard entre 11 y 12. “El impacto en la comunidad ha sido de índole cultural, conformando una cultura forestal platense manifestada en el amor de nuestros vecinos por nuestros árboles, jardines, plazas y parques –reflexiona Benassi-. Como también por la defensa forestal de notables dirigentes a lo largo de esta historia paisajística-forestal. Como también en los medios institucionales, en los medios de prensa y televisivos locales, en las escuelas y facultades, ONG’s, etc. Lamentablemente, también se está descuidando hasta niveles alarmantes por parte del Municipio este patrimonio cultural y ambiental”.

La poda indiscriminada, la escasa competencia de las autoridades y la mera ignorancia son parte del problema. “Éramos la ciudad de los tilos pero, según los últimos censos, el tilo está quedando rezagado –dice Bayón-. Es una pena. El tilo tiene su valor paisajístico y, desde el punto de vista práctico, ofrece esa sombra increíble y fresca. Debajo, no pasa nada. Son cosas indefectiblemente platenses. Estando acá, mucho no te das cuenta, pero recuerdo que cuando era joven me quedó marcado. En noviembre, cada vez que regresaba, apenas entraba a la ciudad me recibía el perfume de los tilos. Esa señal indicaba una cosa: que estaba de vuelta en casa”.

 

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