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OSVALDO BALLINA

La liturgia de la lengua

El poeta platense Osvaldo Ballina no sólo es un referente prolífico sino una voz lúcida y sólida en el mapa poético nacional / EL DÍA

Por SANDRA CORNEJO

Con un tono más luminoso, sin dejar de lado el trabajo siempre artesanal de la propia lengua, Osvaldo Ballina, poeta, traductor y viajero, en “breviario del vagante”, su libro reciente, habla sobre sus recurrentes obsesiones: la extranjería, la metafísica, el silencio. “Toda vida interior es soledad”, advierte y, como la rara avis que es, descansa así sobre un discurso que considera a la madurez un tiempo de reflexión, más cercano a la ermita que al bullicio. Sabe entonces que la búsqueda del sol es un acto individual y que el relámpago purifica “al filo y en lo profundo”. Ambos hechos mediados por el derrotero de un espíritu que atraviesa detritos y rincones para que al final llegue la alegría y abra sus puertas.

Ballina inicia un camino atípico en la poesía con “El día mayor”, su primer libro, en 1971. Ahí empieza un recorrido de ida y vuelta desde y hacia un país que aún hoy “sigue siendo inexplicable”: la nostalgia, la pérdida, el porqué del ser humano, serán una constante. Con una obra de más de 20 libros, publicado en diversas antologías y premiado por su trayectoria, el autor atraviesa una búsqueda de referencias y sentidos, muchas veces ante la nada misma; otras, en el páramo, donde refiere una certeza de lo cósmico e inconmensurable. Es así como suele preguntarse “qué”, “quién”, en un universo sin bordes. En esta “solitude”, estado del alma que no implica necesariamente sentirse solo, es donde generalmente abreva la creatividad, en ese espacio-tiempo despojado, brota la poesía como brota la plegaria, verso a verso.

En “breviario del vagante”- cuyo tono en algunos poemas nos remite a “Wanderers”, de Max Ehrmann - tres poetas entrañables para el autor aparecen con una fuerza sobrenatural: Celan y su despedida no anunciada; la sonrisa de Rimbaud, y Pasolini, el loco sin su madre. Estos diálogos sostenidos con otros escritores, en varias lenguas y vivos o muertos, llevan a una región donde la paz es posible. Es en esa zona de reflexión donde el destello aparece y hay “una invitación a estar de pie”. A pesar de la náusea, el aullido del rayo, la ceniza o “la carga del mundo” y sus ausencias. Claroscuros habituales en un vagante que, además, escribe poesía.

 

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