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APARICIONES, RUIDOS Y SUCESOS INEXPLICABLES DESDE LA LÓGICA

Creer o reventar: historias de fantasmas en teatros platenses

Referentes locales los definen como “personajes que quedan”, “energías protectoras” e, incluso, “ángeles”. Dicen que son seres “amistosos”, que no buscan espantar sino proteger

Esteban Mostaccio y Leo Ringer, en la platea Pullman de la sala de La Nonna, por donde suelen desfilar los “seres protectores” que habitan en el teatro / Sebastián Casali

Gastón Marioni, en el altillo del Coliseo Podestá, un rincón con tensión esotérica / Gonzalo Calvelo

Durante el descanso de un ensayo de una ópera, Matilde vio a un compañero fallecido / Guillermo Genitti

Paula asegura que “un ángel” la ayudó a cantar un aria de “La Traviata” en el argentino / Guillermo Genitti

María Virginia Bruno

vbruno@eldia.com

(Si es escéptico, no se moleste en leer esta nota. O hágalo, y tal vez deje de serlo)

Para algunas personas, los fantasmas no existen. Para otras, sí. Entre los artistas, que tienen una sensibilidad especial, es un tema que no va a debate: los hay. Referentes escénicos platenses consultados por EL DIA concuerdan con ese dicho que indica que “un teatro sin fantasmas es un teatro sin historias”, y ellos tienen muchas para contar.

Para definirlos prefieren dejar el término fantasma para los cuentos de terror y apelar a otros como “seres guardianes”, “visitas” o “ángeles” porque coinciden en que estas presencias no son malvadas sino amistosas, que no buscan aterrar -a pesar de que algunos se lleven sus buenos sustos- sino proteger los lugares que habitan.

En Buenos Aires, teatros como el Maipo o el Lola Membrives tienen fantasmas ya institucionalizados, con nombre y apellido, y empleados que los ven frecuentemente. Y, al igual que sucede acá, la gente que hace teatro los respeta porque saben, como una vez contó la gran Norma Aleandro, “que hay funciones a las que vienen, y son las que mejor salen”.

De esto sabe mucho Leo Ringer. No tiene dudas de que cuando el artista espanta a estas criaturas de algún modo, con silbidos o usando el color amarillo, se van. “Y ahí tenés que remar en dulce de leche”, asegura el director de La Nonna, y enumera situaciones caóticas que pueden pasar en medio de una función, desde la caída de los decorados, la falla de las luces o el olvido de letras. Todo puede salir mal.

Leo, cuyo teatro fue construido sobre la base de una casona fundacional en la que su abuela -la famosa nonna- vivió desde 1923, atribuye la presencia a su profesión. “En un lugar donde tenemos tanto trabajo con personajes, para nosotros los personajes son los fantasmas”, advierte el director de la sala de 3 y 47, sobre esos roles que desfilan casi a diario por su escenario en el cuerpo de los actores y cuyas esencias, según él, quedan en la sala.

“Había dos personajes de época sentados en la fila 9, aplaudiendo”

Leo Ringer
Director de La Nonna

 

Las experiencias de Leo y su compañía, en general, han sido de madrugada, en el horario donde el teatro está cerrado al público y ellos tienen vía libre para trabajar los textos con tranquilidad. Tres son las que más lo han marcado y que relata con normalidad.

1) La primera sucedió hace veinte años, aproximadamente. Era un día de semana y en el escenario principal del teatro ensayaban “Romeo y Julieta”. Habían pasado las doce ya cuando el ensayo se detuvo por una situación, digamos, no convencional. “Había dos personajes de época sentados en la fila 9, aplaudiendo. Los vimos todos los que estábamos ahí. La fila 9 tiene dos plateas en el centro, donde termina el pasillo. No nos asustamos, ni nada. Fue mirarnos y decir: ‘nos vamos’. La actitud, cuando pasa algo así, es rajarnos para no interferir”. Dice Leo que la pareja de espectadores era una mujer y un varón. “Se veían en gris, desdibujados, pero no como algo cinematográfico. Se los veía felices, disfrutando del ensayo”. Eso es lo que a Esteban Mostaccio, gerente del teatro, y quien también estaba ese día, lo motiva a rechazar la palabra fantasma porque, entiende, es un término que está asociado a algo malo y, para él, estas criaturas son amistosas y no buscan hacer mal.

2) Tiempo después de aquella primera experiencia, sucedió el segundo “avistaje”. Montaban en el escenario la escenografía de “Los tres chanchitos” cuando, tras escuchar ruidos, miraron para arriba. “Vimos personas caminando por la platea Pullman (primer piso), que me parece que es el lugar ideal para ellos porque es como que están a la espera”, confiesa Leo. Rosa Mancuso, su madre, estaba presente ese día y le buscó una explicación lógica: para ella eran los reflejos en las ventanas del techo del teatro de los autos que pasaban por calle 47 generando sombras. Pero Leo está convencido de lo que vio: “Nosotros vimos personas, no vimos sombras”.

3) El tercer episodio sucedió una madrugada en la que algunos integrantes del elenco de La Nonna se recostaron a descansar por dónde podían en la sala, tras un ensayo que terminó más tarde de lo habitual. “Algunos nos habíamos quedado dormidos en la escalera que va al Pullman y empezamos a escuchar ruidos: alguien bajaba del quinto piso a la sala, se escuchaban pisadas; preguntamos quién era, no nos contestó, pero abrieron la puerta, alguien miró, la cerraron y subieron”. Este recuerdo es de Esteban, él le asigna este significado: “Querían ver qué hacíamos, miraron y se fueron”.

“No tengo fundamentos para decir qué existe y qué no, pero puedo decir que en el Coliseo presencias hay”

Gastón Marioni
Director del Coliseo Podestá

 

***

Después de haber escuchado estas historias, recorrer los mil y un recovecos de este teatro, con sus 15 laberínticas salas a oscuras es toda una aventura adrenalínica. Los telones enormes, los techos altos, las cuerdas que cuelgan, las paredes que parecen observar.

En una especie de visita guiada personalizada, muestra Leo dónde se manifestaron cada uno de esos seres, y anima al público a no tenerles miedo. “Acá no tenemos ‘maquinistas’ como en el Maipo, acá son artistas”, sostiene y habla de su buena convivencia. “No se ven pero están, se hacen sentir. Yo los llamo ángeles protectores o guardianes del espacio porque nos sentimos cuidados. Cuando algo pasa, los invocamos y nos ayudan. Por eso yo lo asocio a energías protectoras”, dice.

El recuerdo del incendio del teatro, hace ya quince años, se le viene a la mente y lo incluye en la charla. “Es interesante saber que a mí no me cabía duda que desde ese momento todas esas esencias que habitan este teatro estaban tratando de protegernos: por eso hay objetos que se salvaron, a pesar de haberse quemado casi todo, como la silla de la nonna, su máquina de coser, sus fotos, mis dos primeros trajes… Hasta el baúl de Podestá se salvó completo”.

Reconoce el teatrista que “son cosas locas, que no tienen explicaciones lógicas” y que sólo otros artistas quizás lo pueden entender. Pero es creer o reventar, y con creer no se pierde nada. Él no sólo está “protegido”, como asegura, por los personajes del teatro que quedan en la sala como en una especie de limbo sino, además, por los que llama “personajes propios”, y que tienen que ver con sus ancestros, específicamente con su nonna, que vivió entre esos muros y a cuya foto -que da la bienvenida a espectadores en el descanso de la escalera- los chicos de jardín que van a las visitas guiadas saludan con sonrisas y levantando la manito, algo que él no duda en relacionar con todas estas energías protectoras que habitan en el teatro.

LAS PRESENCIAS EN EL COLISEO PODESTÁ

En todos los años que lleva trabajando delante y detrás del escenario han sido muchas las veces que Gastón Marioni -hombre de teatro y, además, director del Coliseo Podestá- ha escuchado ruidos extraños, a los que no podía identificar con una situación real y concreta. Pero nunca tuvo miedo porque, dice, “uno se empieza a familiarizar”.

Cita el libro de Joseph Campbell, “El héroe de las mil caras”, para hablar del tema que nos convoca: los fantasmas en los teatros o ¿su mito?. Estamos en su oficina, sobre la calle 47, es mediodía y acaba de parar de llover. Hay olor a humedad y a café recién hecho. Dice que “siempre hay un halo de misticismo alrededor de esta cuestión” y que desde que labura en teatros “siempre que vas a uno, ya sea en forma de chiste, un poco más en serio o de una manera más trágica te cuentan alguna anécdota de ese lugar” relacionada con fantasmas.

Marioni, que trabajó en el Maipo más de una vez, ha escuchado de la propia boca del famoso “Negro” José (alto, voz gruesa, bigotes), y del mismísimo Lino Patalano, las historias del ya mencionado “maquinista”, quien, en esa mítica sala porteña es “palabra mayor”. Él nunca lo vio pero lo respeta. Sabe que hay una delgada línea entre “lo real y eso que está más allá”, y que tiene que ver con el nivel de percepción sensorial o, como dicen las abuelas, con el creer o reventar (otra vez).

“No tengo fundamentos para argumentar qué existe y qué no. Pero puedo decir que en el Coliseo Podestá presencias hay, después está en cada quien ponerle el sentido que le permita su conciencia, alma, espíritu y fe”, argumenta Marioni.

“Para mí es una persona que viene de visita al lugar que le toca estar: el teatro”

Matilde Isnardi
Ex coreuta del Argentino

 

En los casi cuatro años que lleva al frente de la dirección artística del teatro municipal, ha escuchado cosas. “Desde empleados, artistas, gente muy conocedora y todas las voces todas están alrededor de los fantasmas que habitan el teatro”, cuenta y narra algunas leyendas que circulan por los pasillos de este edificio histórico.

1) Revela que José Podestá escribió en sus memorias (un relato que supo atesorar su nieta Marta, fallecida recientemente) que hubo un hecho el siglo pasado que podría asociarse a las presencias fantasmales en la sala: “Desde la parte más fáctica, hay algunos testimonios en la década de 1920 que dicen que en el teatro se realizaban fiestas ‘bastante intensas’ y que dos invitados de esas fiestas murieron en el teatro”. Las almas de esos muertos, de los que no se sabe nombre, profesión ni qué vínculo tenían con el teatro, desde entonces, sobrevolarían la sala.

2) El segundo dato curioso tiene que ver con una aparición frecuente, en un lugar puntual. Son muchos los que han tenido la experiencia de verse, cara a cara, con una extraña dama. “Hay también una reiterada presencia, vista por empleados del teatro, de una mujer en el primer piso de la Tertulia. Aparece justo en el centro, al lado de la baranda”, esboza Marioni, al tiempo que la piel de sus brazos experimenta, a la par de su relato, una leve modificación. La figura femenina es, suma Gastón, “una imagen difusa, como si fuera una tela blanca, que aparece y desaparece”.

3) En primera persona, reconoce el teatrista, además de las anécdotas que protagoniza en su propia sala, Teatro Estudio, en donde habita “Rebeca” (el espíritu travieso de la ex dueña -artística plástica y sensible mujer, ella- de esa “casa chorizo” que, hace 16 años se transformó en una sala teatral), admite que en más de una oportunidad, recorrer a oscuras el Coliseo, le ha dado una extraña sensación. “Es un viaje místico, los poros de la piel se te erizan, de verdad”, dice, y sigue: “No sé si es locura de uno por el contexto que genera pero sí te puedo decir que más de una vez, estando solos en el teatro, más de uno hemos escuchado cómo las butacas se abren y se cierran solas”. En un intento por esbozar una respuesta real ha pensado en la gravedad aunque no le cerró: “Qué casualidad que se caen tres butacas solas al mismo tiempo…”. Pero estas no son las únicas “aventuras” a las que lo ha enfrentado el teatro municipal. En su oficina, con las ventanas y puertas cerradas, sin posibilidad de alguna corriente de aire, ha visto cómo esa coqueta y antigua araña que ilumina el ambiente de trabajo ha empezado a pendular… de la nada. De acá para allá.

4) Pero no es sino el cuarto relato, el que él define como “tragicómico”, el más sorprendente y particular. Pasó hace dos años. Eran las cuatro de la mañana cuando, mientras dormía, recibió un llamado desesperado del celular de una de las dos agentes asignadas a la custodia nocturna del teatro. “Habían salido a la calle espantadas por los ruidos que escuchaban en la sala, que, según ellas, era un descontrol de ruido: escuchaban pasos, gente caminando, gritos, butacas. Vine apenas me llamaron, encendimos las luces, recorrimos y obviamente estaba todo en perfectas condiciones”, se ríe ahora Marioni, aunque, en aquel momento, cuando tuvo que tomar el toro por las astas no la pasó tan bien: “Confieso que atravesar el pasillo hasta el tablero de las luces, a oscuras, fue escalofriante”. Las chicas no volvieron a trabajar.

***

Más allá de lo misterioso del tema, Marioni, al igual que Ringer, reflexiona: “Distinto a lo que te puede generar una película de terror, donde lo que se busca es generar miedo, en el contexto de lo teatral siempre pensamos que son figuras protectoras. De hecho, hoy en día, cuando un artista muy querido fallecido decimos ‘se fue de gira’ (¿a dónde?) y también a veces decimos ‘vino de visita’”. Como sujeto psicoanalizado que es, Gastón saca de la galera un argumento y expone que uno “a veces trata de darle forma y ponerle palabras a la ausencia, a la muerte, la condición humana nuestra más misteriosa”, y con eso explicaríamos cómo es que “a veces a esas ausencias las releemos como presencias protectoras”. Y de la mano encadena un balance sobre las presencias en el Coliseo Podestá: “Son 136 años de historia argentina del teatro. Pasaron hitos memorables. Pasaron los grandes de la escena nacional. Yo no sé qué hay más allá de esta vida pero si algo hay, yo creo que si vienen de visita a este espacio porque es una catedral del teatro nacional”.

LOS ÁNGELES Y VISITAS DE LA ÓPERA

Está la soprano, el teatro lírico y un “ángel musical” pero no estamos haciendo referencia a “El fantasma de la ópera”, aunque haya algunas coincidencias. Nos ubicamos en el Teatro Argentino, año 2007. En el escenario, una producción de “La Traviata”, de Giuseppe Verdi, con régie de Oscar Barney Finn y dirección musical de Dante Anzolini.

Paula Almerares encarnó a Violetta Valéry, en una interpretación que siempre recordará por un suceso extraño, místico quizás, que ella elige contar.

“Sobre el costado derecho de la bambalina, en la pata de adelante, cuando venía una parte que yo tenía que cantar, en el aria específicamente, yo escuchaba una voz (que no era de mi ‘coco’) que cantaba junto conmigo, la misma parte. Entonces, yo me sentía súper relajada, porque era como que estaba haciendo un dúo, pero no un dúo con otro en otra tonalidad, él o ella, no sé quién... En realidad supongo ‘ella’ porque si estaba cantando de soprano… Yo escuchaba lo mismo y eso me pasó en todas las funciones. En el ‘Sempre libera’, específicamente”, recuerda Paula, con lujo de detalles, la única experiencia “sobrenatural” que sintió arriba de un escenario y, aclara, no cualquier escenario.

“Lo interesante es que sólo me pasó en el Teatro Argentino porque después hice la ópera con el Colón en el Chaco, en Pittsburg, en otros lugares de Estados Unidos, en Italia. Y no escuchaba nada. Sólo fue ahí”, suma la soprano platense sobre esa anécdota que la marcó porque, como nunca antes, sintió una sensación diáfana que nunca había manifestado, al menos, en esas circunstancias.

¿Fue un fantasma el que la ayudó a cantar? No. Paula le atribuyó otro significado.

“Para mí fue un ángel. Porque la voz era angelical, era lo que yo necesitaba en ese momento, porque yo pedía que me ayuden, espiritualmente hablando. Puede ser mi ángel de la guarda, no lo sé. Pero como soy muy creyente, y he tenido otras experiencias aunque no cantando, no lo considero un fantasma sino un ángel”, dice, convencida.

Esos días de Traviata, Paula sintió una energía pacífica. Se lo contó a su madre Leonor Baldassari (quien fuera una eximia bailarina del Argentino), a su marido Rubén, a su hermana, a su padre, a todos. “La voz era intacta. De hecho, yo, de momentos, cantaba más piano para ver si era verdad, y sí... Me sentía acompañada y por eso cuando llegaba ese momento, yo, ‘chauchita’, feliz de la vida y tranquilita. Lo aseguro, lo recontra re aseguro que lo escuché. Yo sé que era un ángel”.

“Mientras cantaba ‘La Traviata’, tras bambalinas, alguien cantaba a dúo conmigo”

Paula Almerares
Soprano

 

***

Las leyendas en el Argentino han sido tema de conversación entre artistas y empleados desde siempre. De hecho, el fatídico incendio del 77 se habría originado en el telón por un reflector tipo “pirata” mal ubicado que, según algunos testimonios, se dejaba encendido durante toda la noche para que se entretuvieran “los fantasmas”.

Más allá de las formas, qué los hay, los hay, creen algunos artistas, como Matilde Isnardi, ex integrante del Coro Estable, del que se jubiló hace cinco años.

“Dentro de los teatros hay muchas experiencias porque también la gente es muy supersticiosa. Durante muchos años yo cargué con esas supersticiones, entrar con el pie derecho al escenario, buscar clavos doblados en ele, he visto macumbas... Se cuenta que en el teatro viejo aparecían muñequitas de vudú pinchadas entre las patas del escenario. Es un ambiente muy especial de por sí… Pero a mí particularmente no me asusta, me lleva a pensar que hay que desear el bien o que esa energía o situación mejore”, confiesa.

Según ella, en el Argentino se han dado muchas situaciones para creer en presencias paranormales aunque, lo que más le da para pensar, es el ya mencionado incendio y todo lo que vino después, con mitos originados alrededor de la construcción. Pero no es sobre eso de lo que Matilde tiene para hablar sino sobre una presencia fantasmal concreta que, aunque no sucedió dentro del teatro, está sumamente relacionada.

“Es de hace muchísimos años, cuando todavía estábamos en el Rocha (tras el incendio, los artistas se mudaron a diferentes salas de la Ciudad hasta que se inauguró el nuevo edificio). En esa época, estaba becada en el Teatro Colón y estábamos preparando un concierto con los alumnos de Delia Rigal y entre las personas que iban a participar estaba un compañero mío del Coro del Argentino (Matilde no lo nombra para no herir susceptibilidades). La cuestión es que estábamos preparando un concierto y mi compañero falleció en plena preparación. Murió en Buenos Aires. Unos meses después, ya en La Plata, estábamos en un descanso en el Rocha, y yo iba por un pasillo que comunicaba para ir a la cafetería del teatro, que se cerraba con una cortina. De repente escuché pasos detrás mío y cuando me di vuelta, lo vi a él, a mi compañero, que iba saliendo de las cortinas, detrás mío. Estuvo un rato mirando el foso. Yo seguí mi camino y recé por su alma”.

Coincide Matilde con la definición de seres protectores y, por eso, dice, no siente miedo. “Para mí es una persona que viene de visita, es una persona que está en el lugar que le toca estar, y esa persona baja a ver cómo estamos nosotros y a darnos la esperanza de la vida eterna que tanto le preocupa al ser humano porque finalmente, ¿a dónde va todo ese tipo de supersticiones?”.

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