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El dia en venezuela

La casi imposible misión de sobrevivir en la tierra del chavismo y de Maduro

Más de tres millones de venezolanos cobran un sueldo básico que equivale a siete dólares. La batalla diaria de una pauperizada clase media es la de llevar un plato de comida a la mesa. Una economía devastada y dolarizada

Por: Luis Moreiro

lmoreiro@eldia.com | Caracas Enviado especial

En esta ciudad todo se compra y se vende en dólares, aunque suene extraño para el gobierno de un país que declama que su política es boliviariana, socialista y revolucionaria.

En Caracas la palabra clave es “divisas”. Ese es el eufemismo con el que los venezolanos se refieren al dólar.

Hay que pronunciarla en voz baja, casi como en secreto. Los caraqueños aconsejan al visitante: “Si en el supermercado vas a pagar en divisas, primero acércate y pregúntale al cajero si las aceptan; luego averigua el tipo de cambio y finalmente –y esto es lo más importante- se muy cuidadoso al sacar los billetes. Es por tu seguridad. Uno nunca sabe quién está mirando”. El cronista, luego lo aprenderá, no debe mostrar o usar billetes cuya denominación supere los 20 dólares y siempre debe hacer un esfuerzo para pagar con la suma exacta.

En almacenes y supermercados no hay desabastecimiento. Se consigue de todo, pero a precios prohibitivos para el común de la sociedad. En todos hay cajas especiales para el pago “en divisas”; los restaurantes y los bares también aceptan dólares al cambio del día y lo mismo ocurre con el comercio en general.

El problema para la mayoría es, precisamente, conseguir el dinero necesario para comer.

Muchos dependen de las remesas que desde el exterior envían los más de cuatro millones de compatriotas que dejaron el terruño natal, hartos de las privaciones, el hambre, las enfermedades y la falta de servicios de todo tipo.

Un inmenso cartel publicitario en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía refleja el fenómeno en toda su dimensión. “Desde afuera un ‘te extraño’ emociona más si le suman un ‘te transferí’”, dice el anuncio de la casa de cambio Insular.

Los bolívares -moneda oficial del país- coloquialmente son conocidos como “bolos”, pero aunque parezca aún más extraño, es difícil encontrarlos. El billete de mayor denominación hasta la semana pasada era de 500 bolívares, pero por un sencillo café en cualquier bar del centro hay que desembolsar 5.000. Una compra mínima de supermercado ronda los 250.000 “bolos”. Y si hubiera que pagarlos cash, se precisaría un maletín lleno de billetes.

Casi tres millones de asalariados viven con el sueldo mínimo de 40 mil bolívares, a los que se le deben sumar otros 25.000 de un bono alimentario. Al cambio vigente eso representa siete dólares.

Y por si hiciera falta poner en contexto a esos siete dólares mensuales, un ticket del Supermercado Excelsior Gama en el barrio de Los Palos Grandes, por la compra de un paquete mediano de pan lactal, tres botellas de agua mineral, 250 gramos de queso en fetas, 250 gramos de jamón cocido, un frasco mediano de mayonesa, una lata de arvejas, otra de lentejas, cuatro milanesas empanadas y un pack de 6 latas de cerveza, sumó 235.027 bolívares. Algo así como 32 dólares. Es decir más de seis meses de sueldo mínimo y una sencilla explicación de porque los venezolanos perdieron hasta 11 kilos de peso promedio. Un estudio oficial dio cuenta la semana pasada que, además, el consumo per capita de carne bajó a los 2,4 kilos al año. Aquí, todos son flacos.

No es extraño, entonces, que el común de la gente de clase media celebre la llegada de una remesa en dólares desde el exterior que puede marcar la diferencia entre comer, o no.

Agustín Berrios supo ser empresario. Hoy, ya jubilado, milita en la oposición. “Conozco gente que se fue al exterior con cien dólares en el bolsillo. Algunos, con el sueño de llegar a la Argentina aunque sea, a pie”, cuenta café mediante en una mesa del café Orleón. “Y si alguno de ellos tiene la posibilidad de enviar aunque sea 50 dólares por mes, aqui la familia festeja”, concluye.

El estado benefactor

Mas de 16 millones de venezolanos reciben la llamada “Caja Clap”, una suerte de Caja Pan como la que se distribuía en la Argentina durante el gobierno de Raúl Alfonsín. El plan se puso en marcha en 2015 y beneficiaba a a 6,5 millones de habitantes. Hoy son 16 millones los que la piden.

En un principo la caja contenía 50 productos básicos para la alimentación. Hoy, quienes la reciben, dicen que no tiene más de 27. La leche, por ejemplo, fue reemplazada por un producto chino elaborado a base de leche, denuncian.

Para acceder a ella hay que empadronarse y ahora, también poseer el “Carné de la Patria”. En las barriadas las cajas las reparte el Consejero Comunal, una suerte de puntero político que, antes de entregarla, controlaque el beneficiario haya votado y haya asistido a las movilizaciones convocadas por el chavismo.

Originalmente se entregaban cada 21 días. Hoy, entre una y otra pueden pasar dos meses. Sin embargo, un reciente video registrado en El Petare, la villa más populosa y peligrosa de Caracas, muestra como los productos de las Clap se venden al mejor postor en plena calle.

Bachaquero puerta a puerta

Los rebusques para sumar un peso y aliviar las carencias alienta la imaginación. Aquí son famosos los “bachaqueros”, personajes capaces de conseguir lo que nadie tiene, en especial, alimentos.

Patricia Spadaro, usuaria del sistema, cuenta como funciona por WhatsApp ese servicio puerta a puerta. “Todo aquel que se sume al grupo de un bachaquero recibe, a la mañana un mensaje. ‘Hoy tengo azúcar a 4.500 bolos, harina a 5.000, tomates a 8.000 el kilo’, y así hasta agotar el menú de productos en existencia”.

El cliente, también por WhatsApp, le enviará su pedido y el bachaquero aparecerá, en moto, con los productos requeridos. Cobra en efectivo, pero también acepta pagos por medios electrónicos y con la mayoría hasta se puede regatear el precio final.

Para intentar contener una inflación que en doce meses se estimó en 168.000 %, Maduro resolvió “secar” la plaza de dinero en efectivo. Consiguió que desaparezcan los billetes, pero la inflación sigue el galope.

No hay billetes ni en los cajeros automáticos, pero todo el que puede está bancarizado. Hasta los caramelos se pagan con tarjeta de débito o billetera electrónica, popularmente conocida como “Punto”.

“Hay punto”, dicen los carteles de los cientos de manteros que rodean la céntrica plaza Bolívar, a metros de la Asamblea Nacional y del blindado Palacio de Miraflores, sede del Gobierno nacional.

“Hay punto”, se lee en los puestos de venta de baratijas en el Parque del Este, uno de los principales pulmones verdes de la capital venezolana. “Hay punto”, repiten en la infinita cantidad de fruterías y verdulerías ambulantes que brotan como hongos por toda la ciudad.

La falta de dinero en efectivo, a su vez, deja paso a una moderna técnica de usura. En las calles operan una suerte de “arbolitos” –generalmente instalados frente a locutorios- que en lugar de dólares, como en Buenos Aires, ofrecen bolívares en efectivo. Si un cliente necesita, por ejemplo, 20 mil bolívares cash deberá transferirle electrónicamente 40 mil al poseedor de los billetes, tras lo cual recibirá el monto requerido en papel contante y sonante.

Todos aquel que puede, trata de tener un “rebusque” en dólares. Las cuotas de los colegios privados se están dolarizando. En la administración pública todo trámite irá más rápido si se le agrega un soborno en dólares. Hoy miles y miles de venezolanos pugnan por conseguir un pasaporte. El gobierno reconoce que hay trámites que se iniciaron en 2015 y que aun no concluyeron. Sin embargo, todos saben que por 1.500 dólares un pasaporte se consigue en pocos días.

La diáspora es tan grande que recientemente el gobierno de los Estados Unidos informó que permitirá el ingreso de venezolanos con pasaportes vencidos de hasta cinco años, con la única condición de tener una visa vigente. Algo similar anunció el consulado de Perú, en cuyas puertas se amontonan de a cientos de personas que buscan salir del país.

La vida de los venezolanos está degradada hasta ribetes insospechados. Una silente mayoría espera que el régimen caiga. A cualquier argentino medio, acostumbrado a los piquetes por cualquier motivo le llama la atención la mansedumbre de esta gente. “Hoy nuestra mayor preocupación es comer. Conseguir comida y en eso se nos va todo el esfuerzo”, reconoce Roberto, típico representante de una más que devaluada clase media y empleado de una multinacional japonesa. “En casa hay cuatro autos. El de mi esposa, el mío y los de mi dos hijos. Dos no funcionan porque no tenemos dinero para los repuestos y los otros dos circulan sin seguro”, se sincera.

Una entrada al cine vale 12.600 bolívares. Hace dos semanas se estrenó la última película de Marvel. Dos adolescentes reconocieron ante EL DIA haber ahorrado durante cuatro meses para comprar sus entradas.

Calles vacías

El sol se pone alrededor de las 19 y como si rigiera un toque de queda, las calles se vacían de peatones. Los pocos autos que circulan más allá de las 21, difícilmente respeten la luz roja en los semáforos.

La vida cotidiana en Caracas se asemeja bastante a una vuelta en montaña rusa o a un viaje en el tren fantasma. “Si vas a recorrer el centro histórico de Caracas, mimetízate con los venezolanos”, le dijeron a este enviado. Cuando pidió que le explicaran como debía entender lo de la “mimetización” la respuesta fue asombrosa: “Vístete con ropa vieja”.

Culpan de la inseguridad a malandras que se colaron entre los miles de beneficiarios de un plan de viviendas sociales llamado “La Gran Misión”, que florecen por todo el éjijdo urbano. Son descomunales edificios levantados sobre terrenos , muchos de ellos céntricos, expropiados por el chavismo. Sobre las avenidas principales de Caracas se los distingue a la distancia. Es que sobre los frentes de ladrillos rojos, se les estampó en blanco y también en gran tamaño, la firma del fallecido comandante. En otros, en cambio, directamente aparece una reproducción de la cara del expresidente.

Con todo, Caracas es las joya de la corona. Los prolongados apagones no se repitieron , todavía se consigue combustible y el transporte público funciona. El interior del país, en cambio, es el acabose. Pero será la historia que se relatará mañana.

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