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PRIMO LEVI, EL AUTOR QUE MOSTRÓ LA PEOR CARA DE LA CONDICIÓN HUMANA

“Si nosotros callamos, ¿quién hablará?”

A cien años del nacimiento del escritor judío-italiano que sobrevivió a los campos nazis de exterminio. Fue el primero en denunciar el holocausto. En su obra cumbre narró el cautiverio que sufrió en Auschwitz

Primo Levi

Campo de Auschwitz

Por MARCELO ORTALE

marhila2003@yahoo.com.ar

Hace pocos días fue recordado el escritor italiano Primo Levi (1919-1987), al cumplirse cien años de su nacimiento el 31 de julio pasado. Logró sobrevivir al crimen atroz de los campos de exterminio nazis y se convirtió en el primer intelectual que denunció la gran matanza, el holocausto. Al final de su vida quiso que en la lápida de su tumba, en Turín, figurara el número de prisionero que le habían asignado en Auschwitz: 174517.

De origen judío y familia liberal, le costó de joven ejercer su profesión de químico por las leyes raciales segregacionistas, por lo que debió trabajar en forma clandestina en una mina de asbesto en Balangero, en la región del Piamonte. En el oficio literario fue un destacado novelista, poeta, escritor de ciencia ficción y ensayista político.

Muy joven se convirtió en opositor y resistente contra el fascismo y la dictadura de Benito Mussolini. Como tal, las milicias fascistas lo detuvieron en 1943 y, por su condición de judío, decidieron entregarlo al ejército de ocupación alemán, que lo derivó al campo de concentración de Monowice, subalterno de Auschwitz.

En ese complejo conformado por tres campos nucleares (Auschwitz, campo original; Birjenau y Monowitz, más 45 campos satélites) se calcula que fueron asesinadas un millón cien mil personas, la gran mayoría de ellas judías, convirtiéndose así en el principal centro de exterminio de la historia del nazismo.

En su obra cumbre –“Si esto es un hombre” (1945/47)- Levi mostró con frialdad y sin énfasis la peor cara de la condición humana, la más sombría. Allí narró su experiencia cotidiana durante su cautiverio en Auschwitz y lo hizo, según advierten los críticos, de un modo casi impersonal. En sus escritos es como si las cosas que allí ocurrieron le hubieran sucedido a todos los hombres, no a Primo Levi.

“Aquellos que niegan Auschwitz estarían dispuestos a volver a hacerlo”, dijo poco tiempo antes de morir. Había alcanzado a ver y a palpar en sus últimos años la relativización del horror genocida y eso lo destrozó moralmente. En “Los hundidos y los salvados” escribió: “Estos son los hechos; funestos, inmundos y sustancialmente incomprensibles. ¿Por qué, cómo llegaron a producirse? ¿Se repetirán?”

“No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?”

 

“En el odio nazi no hay racionalidad: es un odio que no está en nosotros, está afuera del hombre, es un fruto venenoso nacido del tronco funesto del fascismo pero está afuera y más allá del mismo fascismo”.

En 1986 escribiría: “No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará?” Otra de las conclusiones de Levi, si no de las más amargas, de las más recordadas fue: “Después de Auschwitz es imposible escribir poesía”

¿Pero qué palabras existirán para describir un campo de exterminio? Levi encontró este idioma sin pompa, pero vitalmente dramático: “Una sala grande y vacía y nosotros cansados teniendo que estar en pie, y hay un grifo que gotea y el agua no se puede beber, y esperamos algo realmente terrible y no sucede nada y sigue sin suceder nada”.

El 31 de julio pasado escribió Sergio Lozano en “La Vanguardia”, de Barcelona: “Para luchar contra la desmemoria, para liberarse de la pesada carga del recuerdo que le atormentaba, Levi escribió “Si esto es un hombre” (1947), memoria de los diez meses que pasó en el campo de Monowitz, dependiente del fatídico Auschwitz, en 1944. Años después completó estos recuerdos con “La tregua” (1963) donde narra el viaje de retorno a Italia y, un año antes de su muerte, “Los hundidos y los salvados” (1986), una reflexión sobre el universo de los campos de concentración. Estos títulos forman la trilogía de Auschwitz, uno de los puntales de la literatura concentracionaria”.

¿Cómo será la sensación de haber pasado por una infalible fábrica de muerte y haber salido vivo? La respuesta la dio también el propio Levi : “El hecho de haber sobrevivido y de haber vuelto indemne se debe en mi opinión a que tuve suerte. En muy pequeña medida jugaron los factores preexistentes, como mi entrenamiento para la vida en la montaña y mi oficio de químico, que me acarreó algún privilegio durante mis últimos meses de prisión. Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad no sólo de sobrevivir (común a todos), sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado. Y finalmente quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aun en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual”.

Como si sobrevivir fuera una sencillez, una rutina. Aunque no lo haya sido para Levi. Alguna vez le preguntaron por qué escribió sobre el campo de exterminio y esto dijo: “Las cosas que había vivido, padecido, me quemaban por dentro... me sentía más cerca de los muertos que de los vivos, me sentía culpable de ser un hombre, porque los hombres habían construido Auschwitz”. En ese lugar, se sabe, los más niños eran arrojados vivos a una hoguera, para que se oyeran sus gritos.

LA MUERTE Y EL OLVIDO

A Levi le tocó vivir una época de muertes y guerras, que buena parte del olvido y de la irracionalidad intentaron negar desde entonces. Se había descendido hacia una Europa convulsionada hasta el hondo bajo fondo de su esencia. Escritores desorbitados y erráticos como el rumano Virgil Gheorgiu (1916-1992) dejaron libros desesperanzados como “La hora veinticinco” en donde los protagonistas –una pareja de jóvenes anónimos- son perseguidos en la tormenta de la segunda guerra por los alemanes primero, por los rusos y los aliados después.

En cuanto a Levi se ha dicho también que fue al nazismo lo que Solzhenitsyn fue a los campos de concentración soviéticos, a los temidos gulag, porque ambos denunciaron con un estilo casi despojado las crueldades más abismales de la humanidad. Sin embargo, ambos también temieron que el olvido de la humanidad pudiera borrar esos crímenes.

Pero también es cierto que Levi no estuvo solo en esos años de opresiones, de guerras y muertes que corrieron sobre todo entre las décadas del 30 y la del 50. De los campos polacos quedaron testimonios como el de Tadeus Borowsky (“Nuestro hogar es Auschwitz”), con la humanidad lastimada por púas, maltratos, números tatuados o gases letales.

Allí también están los conmovedores “Diarios” de Ana Frank, contemporáneos del genocidio, escritos por una niña de 13 años que esperó escondida y aterrada la llegada de las botas nazis que, finalmente, llegaron.

Con posterioridad a ellos escribieron sobre el genocidio Lawrence Rees (“Auschwitz, los nazis y la solución final”) con datos extraídos de un centenar de entrevistas a antiguos miembros de la SS y a judíos emigrados; también fue relevante el libro de Hannah Arendt (“Eichmann en Jerusalén”), que resume la cobertura de la filósofa Arendt para “The New Yorker” del proceso al criminal nazi detenido tiempo antes en la Argentina, en donde presenta a Eichmann como a un burócrata sin luz.

El famoso y obstinado cazador de nazis, Simon Wiesenthal, que sobrevivió de Mauthausen, condujo hasta distintos tribunales a cerca de mil nazis y escribió esa experiencia en “Los límites del perdón”, mientras que el Nobel de Literatura 2002, Imre Kertész escribe “Sin destino” (1975), que es la historia de un joven adolescente que pasa por diversos campos de exterminio, tal como le ocurrió al propio escritor.

Por su parte, Raúl Hilberg redacta entre 1948 y 1961 un testimonio monumental de 1.500 páginas, titulado “La destrucción de los judíos europeos’, en donde late como duda central este interrogante: “¿cómo se llevó a cabo el asesinato de seis millones de personas?”

“Haber sobrevivido y de haber vuelto indemne se debe, en mi opinión, a que tuve suerte”

 

EL FINAL

El escritor Jorge Carrión acaba de escribir en “The New York Times” un artículo titulado “Eso era un hombre: el centenario de Primo Levi” –reproducido por Infobae- en el que sostiene que al escritor “le horrorizaba que el revisionismo y el negacionismo crecieran en Europa”, reseñando que, antes de eso, “los lectores occidentales no estaban preparados, apenas dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, para leer un testimonio del horror extremo ni para aceptar que ese relato podría ser, además de histórico, gran literatura. Escribir poesía después de Auschwitz, etcétera. Calvino fue el único escritor italiano que elogió en prensa las recién publicadas memorias de Levi, que habían sido rechazadas por Giulio Einaudi y sus colaboradores, Pavese y Ginzburg. Aunque en la década siguiente se publicaron en inglés, en alemán y en otros idiomas, el mundo tardó mucho tiempo en asumir, digerir y canonizar los libros de los supervivientes”.

Cerca del final –sigue diciendo Carrión, Levi “sumó a los antidepresivos que ya tomaba unas nuevas pastillas: los antipsicóticos”. El 11 de abril de 1987 salió de su departamento, detalló, dio tres, cuatro pasos y se lanzó por el hueco de la escalera”. Y concluye: “para que su centenario tenga sentido tenemos que seguir imaginando estrategias contra el olvido”.

 

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