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Séptimo Día |Nació en la Argentina y vivió en Florencio Varela. Su casa está en pie
El hombre que escribía como crecen los pastos

“Días de ocio en la Patagonia”, el libro de Guillermo Enrique Hudson que “siempre es literatura nueva”. Valoración del autor “anglo-argentino” por parte de Piglia, Borges, Sasturain, Martínez Estrada y escritores universales de renombre

El hombre que escribía como crecen los pastos

Museo Guillermo Enrique Hudson / web

Por: Marcelo Ortale
marhila2003@yahoo.com.ar

19 de Enero de 2020 | 03:53
Edición impresa

Poco antes de su temprano final, Ricardo Piglia, que -según Raquel Garzón- “ha demostrado desde su muerte que sobre todo fue un gran lector de literatura argentina, sólo comparable a Borges”- demostró su veneración a Guillermo Enrique Hudson (1841-1922) y lo hizo en una entrevista publicada por la Revista Ñ, titulada “Ricardo Piglia propone volver a una literatura que es siempre nueva”.

La periodista Garzón de Ñ lo interroga en su condición de editor y le pregunta qué libros le gustaría publicar. Piglia habló entonces, entre otros, de “un libro de gran tradición”, así lo definió, como lo es “Días de ocio en la Patagonia” de Hudson.

En realidad, todo lo que escribió Hudson sigue apareciendo para el lector común como “una literatura siempre nueva”, que pudo haber sido escrita hace diez minutos. La música de los pájaros americanos, la fertilidad del valle del Río Negro, la vida humana y la de la fauna y la flora, las jornadas supuestamente descansadas de un naturalista en el Sur que no dejó nada sin ver y nada sin describir, la nieve, sus reflexiones sobre el diverso color de los ojos, todo eso y mucho más se despliega ante el lector con la dignidad sencilla del idioma argentino, identificado también a la tierra. “Días de ocio en la Patagonia” es un libro realista y espiritual, una foto fidedigna y emotiva de la patria intemporal de Hudson.

Elogiado por intelectuales y escritores de renombre -como Joseph Conrad (”Hudson es una fuerza de la naturaleza”), por Rabindranat Tagore, Roberto Cunninghame Grahan o D.H. Lawrence y admirado por Winston Churchill- sobre Hudson, de quien ya se escribió en esta columna por su “Allá lejos y hace tiempo”, se dio una referencia muy singular: que pensaba en argentino, porque aquí había nacido, y que, sin embargo, toda su obra la escribió en inglés, porque en Inglaterra vivió hasta los 80 años de edad. Se traducía interiormente a sí mismo y, por lo visto, no se traicionó.

“En una fría y brillante mañana de junio esperábamos el gran instante de la partida, entre gritos y ruidos, resoplar de caballos y rechinar de cadenas. Recuerdo muchas cosas de ese viaje, que empezó al salir el sol y terminó entre dos luces poco después de ponerse aquél. Al mirar hacia atrás, al poco tiempo habíamos perdido de vista el bajo techo de la casa, pero los árboles, la fila de los veinticinco gigantescos ombúes, fueron visibles, azules a la distancia. Divisábamos varios pequeños montes, aquellas arboledas parecían islas sobre el campo, chato como el mar. Al fin, el monótono paisaje fue palideciendo y se desvaneció. Sólo volví a recobrar mis sentidos cuando ya obscurecía y me bajaron del coche duro de frío. A la mañana siguiente me encontré en un nuevo y extraño mundo”.

Así recordaba desde Londres su primer viaje entre la ciudad de Buenos Aires y la casa en la que vivió hasta los treinta años, “Los veinticinco ombúes”, ubicada al sur de Florencio Varela, cerca de La Plata. Esas palabras fueron escritas en Londres por quien fue considerado, junto a José Hernández, principal testigo y narrador literario del campo y el desierto argentinos, según lo aseveran críticos de renombre. Cualquier cita de Hudson produce una suerte de encantamiento. Así define a su siempre extrañada Patagonia: “He pasado noches en el desierto, y al despertar allí, en los amplios espacios abiertos y llanos, la primera claridad del cielo por oriente, el grito del tinamú y el perfume del campo, me han parecido siempre una especie de resurrección”.

Fue allí, en Florencio Varela (entonces Quilmes), dice Guillermo Daniel Náñez en un trabajo titulado “Hudson, una mirada al sur”, publicado en Revista Mestiza, donde el todavía niño “descubrió la imponente naturaleza que lo rodeaba, las historias de los primitivos gauchos, de malones de indios arrancando cautivas, de luchas de unitarios y federales, cuentos de pulperías, pájaros desparramando ternura, lluvias y vientos crueles, pampa de horizonte infinito y el misterio de la muerte”.

Nacido de padres norteamericanos radicados en la Argentina en 1830, Hudson sintió de entrada la imantada atracción de la naturaleza y creció entre pájaros y árboles. En 1874, cuando tenía 32 años, afectado por una dolencia cardíaca, se mudó a Londres Allí se casó con la británica Emily Wingrave y en 1889 cofundó la primera sociedad protectora de las aves. Una institución similar en la Argentina lo nombró primer socio honorario, lo que le permitió trabajar por las aves de su distante y añorado país. Hudson escribió, todos en inglés, textos que lo encumbran en nuestra literatura: “La naturaleza en el Plata”; “Días de ocio en la Patagonia”; “La tierra purpúrea”; “El gorrión de Londres” y “Allá lejos y hace tiempo”, el más famoso de sus libros. Falleció en Worthing -un pueblo costero sobre el canal de la Mancha, a 80 km al sur de Londres― el 18 de agosto de 1922. Su tumba se encuentra en el cementerio Broadwater and Worthing Cemetery.

Cualquiera puede ir hoy y visitar el rancho sobrio en el que nació Hudson. Construido en el siglo XVIII, necesitó una restauración profunda y hoy resiste de pie, convertido en monumento histórico. De los famosos veinticinco ombúes que escoltaban la entrada, hoy sólo quedan tres.

EL ESCRITOR DUAL

En un artículo publicado en Página 12, el escritor Juan Sasturain sostiene que “Hudson es, para nosotros, un autor insoslayable. Más allá de falaces chauvinismos -si es “nuestro” o “de ellos”: es obvio que pertenece a la literatura inglesa- su mirada y experiencias únicas y el testimonio personal riquísimo que ha dejado en textos luminosos sobre una época y ciertos ambientes de nuestra patria lo hacen de lectura imprescindible”.

La dualidad de la que habla Sasturain –el pensamiento criollo y su escritura inglesa- había sido analizada y, si se quiere, resuelta por Borges, según lo afirma la investigadora Eva Lencina en su trabajo titulado “W. H. Hudson en las lecturas de Jorge Luis Borges”. Allí comienza afirmando que “coincidentemente con su primera etapa criollista, Borges defenderá la argentinidad de Hudson y, dependiendo de esta premisa, argumentará que Hudson es uno de los mejores autores de la literatura gauchesca (a la cual se adscribe por derecho de nacimiento)”.

“En su segunda etapa -agrega Lencina- Borges no descarta la totalidad de su labor crítica con respecto a Hudson. Ahora lo remite a la literatura inglesa, renegando de su enfática campaña por conseguirle al naturalista nuestra carta de ciudadanía, pero aprovecha su anterior caracterización de Hudson como autor de la gauchesca para nuevas finalidades: si Hudson es inglés, pero ha escrito algunas de las mejores páginas de la literatura gauchesca, entonces ahora Borges puede hacer ingresar, por contigüidad, la gauchesca dentro de la gigantesca y prestigiosa tradición de la literatura inglesa. Esto concierta con su finalidad de “universalizar” la literatura argentina”.

Pero el “problema” de la nacionalidad se eclipsa pronto en los apologistas y críticos, que acuden a la esencia del autor. Ezequiel Martínez Estrada ofreció esta fórmula de acercamiento: “Hudson habla siempre de cosas y seres ciertos, pero nunca puestos sobre una mesa para examinarlos en una autopsia. La onda de vida que de ellos parte se propaga indefinidamente en un mar de vida circundante y comprendemos que todo es maravilloso y milagroso; hasta nosotros mismos nos contagiamos de esa devoción de belleza y nos asombra encontrarnos partícipes de un bien que poseíamos y desconocíamos...”.

Así empieza Hudson su libro siempre nuevo, “Días de ocio en la Patagonia”: “Un ventarrón había soplado durante toda la noche, azotando al tambaleante vapor que me conducía a Río Negro. Yo esperaba por momentos que el viejo barco, hostigado por tantas tormentas, se diera vuelta de una vez por todas para sepultarme bajo ese tremendo tumulto de agua”. Pero el vapor no naufraga y Hudson pudo llegar, por fin, a su deseada tierra prometida.

“No tardamos en subir a los médanos para observar el panorama que ellos escondían. ¡La Patagonia estaba allí, por fin! ¡Cuán a menudo la había visto en mi imaginación! ¡Cuántas veces había deseado ardientemente visitar ese desierto solitario, no hollado por el hombre, para descansar en la lejanía de su paz primitiva y desolada, apartado de la civilización! ¡Allí estaba completamente abierto ante mis ojos el desierto intacto, que despierta tan extraños sentimientos en nosotros; la antigua morada de los gigantes, cuyas pisadas en la playa asombraron a Magallanes y a su gente, y le valieron el nombre de Patagonia!”, dice.

Martínez Estrada ofreció una síntesis: “Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca”. Menos categórico, el novelista polaco Joseph Conrad definió así la escritura de Hudson: “Es como si un fino y suave espíritu estuviera soplándole las frases. Uno no puede decir cómo este hombre consigue sus efectos; escribe como crecen los pastos”.

Cualquiera puede ir hoy y visitar el rancho sobrio en el que nació Hudson

 

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