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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Estamos llegando al final del año maldito. Con lo que nos queda. Un almanaque exhausto y dañino nos mantuvo alertas y temerosos. Los muñecos de las esquinas barriales hoy están más impacientes que nunca. Quieren darle una despedida incendiaria a un año que se nos fue entre alcoholes y distancias. Nueve meses de amarga espera. Por eso las quemas suenan más a exorcismo que a celebración. Papa Noel trajo la vacuna, restituyendo en el imaginario la fuerza milagrosa del regalo más pedido. El año nuevo que se anuncia permite vislumbrar que algo mejor puede estar asomando. Hay que vivir ilusionados, pero sin hacerse ilusiones. Las palabras se agotaron a la par del ánimo. Pasamos el otoño, el invierno y la primavera con la mirada cansada de tener que ver las cosas de siempre. Padecimos un encierro acostumbrado. Desde las ventanas fuimos espiando la vida. Fueron nueve meses de lavados y barbijos, de manos vacías y caricias postergadas. Un año sin abrazos ni cercanías. Un año que se gastó en incertidumbre y desconfianza. Un año de adivinanzas sin respuestas.
El cuerpo, eso sí, ha recobrado su lugar primordial. El alma, lo espiritual y aquello de que lo esencial es invisible a los ojos, se han hecho a un lado. El COVID-19 nos recordó por si hiciera falta que el cuerpo ha vuelto para reclamar su mejor lugar en la vida. El organismo delata y nos obliga. Nos da vida y nos enferma. Por allí penetra el virus. Por el cuerpo tomamos distancias, sacrificamos abrazos, nos atamos a una supervivencia de pura lejanía y seguimos de cerca hasta el mínimo aviso que nos envía. El ser humano lo ha vuelto a sentir como termómetro infalible. Nos recordó que somos más vulnerables de lo que creíamos. Y que nos tenemos que adaptar a la servidumbre de un cuerpo que, sobre la marcha, está inventando un modo distinto de cuidarse y cuidar al otro. La tos, el estornudo, el apretón de manos y el beso se han vuelto sospechosos. Una nueva corporalidad reina sobre este mundo en pausa y afligido. Por el miedo a la proximidad han dejado de frecuentarse los espacios de encuentro. Las parejas han tenido que acomodarse a un nuevo equilibrio entre el deseo y la prudencia. Ahora, la emoción y el espíritu se han alejado para que el cuerpo asuma su lugar definitorio en una lucha que lo tiene como víctima y soldado
El 2021 es el año más esperado. Entre luces y sombras hay que valorar especialmente a ese ejército de hombres y mujeres que de manera altruista, sin calcular riesgos ni conveniencias, han puesto su cuerpo al servicio de la medicina y se han dejado vacunar para saber hasta dónde la ciencia podrá presentarle batalla a la pandemia. Es una infantería solidaria y corajuda que ha decidido ofrecerse como rata probadora. No sabemos sus nombres ni el porqué de una decisión tan crucial. Son personas curiosas, confiadas y generosas, que en lugar de esperar de brazos cruzados que llegue la vacuna, salió a desafiarla. Lo de ellos es fantástico. El anonimato les ha dado un plus de nobleza a su decisión de ponerse en manos de unas jeringas que nadie sabe con certeza qué pueden traer. Hubo en la etapa de pruebas algunos efectos no deseados. Y un par de casos de cierta complejidad que obligaron a revisar todas las fórmulas. Es el costo que paga la humanidad cada vez que un nuevo virus viene con ganas de aniquilarnos.
Por suerte este planeta, tan poblado de canallas, tiene una reserva inagotable de gente dispuesta a enfrentar cualquier desafío, sin prevenciones ni seguridad, con la frente alta y el corazón confiado. Hacia ellos va este saludo lleno de admiración y gratitud. Nada de aplausos, nada de homenajes, nada de leyes compensadoras ni cantitos celebratorios. No sabemos de dónde llegaron y qué sintieron cuando se arremangaron delante de la enfermera. Son tipos excepcionales que se dejaron inocular para poder salvar a millones. Cuesta imaginar qué habrán pensado cuando llegó el pinchazo y el organismo empezó a organizarle una bienvenida a estas gotitas de esperanza que venían a curar todos los miedos. Ya lo decían los clásicos: A vivir y a morir hay que aprender toda la vida.
Las quemas de muñecos suenan más a exorcismo que a celebración
Tipos corajudos y altruistas que se dejaron inocular para poder salvar a millones
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